La residencia médica y la pedagogía de la humillación | 30 NOV 19

El sargento Kirk y yo

Un relato del libro "La verdad y otras mentiras" de la colección de Medicina Narrativa de IntraMed
Autor/a: Daniel Flichtentrei 

Soñaste angelitos muy profesionales
que iban al grano jugando a los gangsters.
Dormís colgado en la rama
que soldaste con primor
y el carozo del asunto es tu temor...
J. C. Solari

Sabés Pablo, todavía lo recuerdo como si estos veinte años no le hubiesen podido quitar nada a los hechos de aquella noche. Hay cosas a las que el tiempo degrada, las maltrata hasta despojarlas de significado y las convierte en cáscaras vacías, inútiles cajitas que ya no guardan nada. Pero hay otras, Pablo..., hay otras que se conservan salvajes como animales feroces. Hay sucesos que la memoria alimenta, que los años fortalecen y que, cuando menos lo esperás, regresan intactos a morderte la garganta. ¿Vos también te acordás, Pablo?

Yo recién ingresaba a la residencia e intentaba adaptarme como podía a tu pedagogía de la humillación. Todo era nuevo y yo no sabía que era posible pasar por la universidad sin que ella pasara por vos. Creía que los mundos profesionales estaban a salvo de la arrogante mediocridad con la que más tarde tantas veces me iba a encontrar. Hacía uno de esos calores insufribles de las noches de verano porteño. El sueño acumulado, el agotamiento de más de 24 horas de trabajo ininterrumpido y la ansiedad de mis primeras guardias le daban al clima un carácter más agobiante de lo que el termómetro sugería. Quería bañarme, quería comer, quería dormir. Pero vos me lo impedías. Vos, que habías hecho todas esas cosas mientras tus nuevos esclavos trabajábamos hasta el desfallecimiento. Vos, que habías visto demasiadas películas en las que esos imbéciles sargentos americanos —a los que admirabas tanto— hacían marchar a la tropa con sus mochilas cargadas con piedras, al rayo del sol, en el patio del regimiento con el único fin de verlos desmayarse y soñar así con un patético poder que nunca alcanzarían y con una autoridad que jamás merecieron. Entonces, nos decías: “Si las señoritas querían un hotel cinco estrellas, no tendrían que haber ingresado a una residencia médica”. En secreto te decíamos “Kirk”. Y vos lo sabías, pero lo peor era que te encantaba que lo hiciéramos. ¿Te acordás, Pablo?

 

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