Escepticemia por Gonzalo Casino | 26 JUL 19

Comprensión y malentendidos

Sobre el modelo de déficit de información científica y otros déficits
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Autor: Gonzalo Casino Fuente: IntraMed / Fundación Esteve 

“¿Por qué tanta gente se resiste a los hechos y verdades de la ciencia?”, pregunta el padre.  “Papá, creo que en realidad estás haciendo más de una pregunta a la vez. Si tu pregunta es: ¿la gente desconfía de la ciencia y de los científicos? La respuesta que mis colegas han estado dando durante las últimas dos décadas es: no, no lo hacen. La ciencia ha sido, y es, un campo muy respetado”. La conversación sigue y ahora le toca al hijo: “¿Sabes cuántas personas se oponen firmemente a la vacunación obligatoria en este país [Italia]?”. Él mismo responde: “Menos del 5%”. A lo que replica el padre: “¡Eso no es posible! Sigo leyendo cosas ridículas sobre las vacunas”. El hijo: “Bueno, ciertamente hay una minoría muy vociferante, sobre todo en las redes sociales. Una proporción significativa de personas piensan que solo unas pocas vacunas deben ser obligatorias, y con las demás, la persona debe decidir”. Y el padre: “¡Ajá! ¡Tenía razón! Esto debe ser porque son ignorantes”.

La ecuación “más comunicación = más conocimiento = más apoyo” no es correcta

Este fragmento de conversación entre Massimiano Bucchi, director de la revista Public Understanding of Science, y su padre es parte del editorial del número de julio de 2019 en el que, mediante un diálogo imaginario, el sociólogo italiano deja la dirección de la revista con una reflexión sobre la comunicación científica. En un momento de la conversación sale a relucir el llamado modelo de déficit de información (information deficit model), el modelo teórico concebido en la década de 1980 que explicaría el escepticismo sobre ciertas implicaciones y aplicaciones científicas (las vacunas, por ejemplo) por ignorancia y falta de información. Como el propio Bucchi desgrana en su editorial, muchos estudios muestran que la ecuación “más comunicación = más conocimiento = más apoyo” no es correcta.  De hecho, las personas con más formación pueden ser más críticas con la ciencia, mientras que las actitudes más optimistas y positivas hacia la ciencia y sus aplicaciones no se asocian necesariamente con una mayor comprensión.

El modelo del déficit de información y conocimiento, centrado en los expertos, ha ido perdiendo crédito en beneficio de otros modelos que dan más importancia al público y sus circunstancias. La información, transmitida unidireccionalmente desde los expertos a los legos, no es lo único que importa para dar cuenta de las complejas relaciones entre ciencia y sociedad. Como se ha comprobado, disponer de más información no implica que la gente vaya a cambiar su punto de vista. Cuando las personas tienen que tomar decisiones en las que la ciencia tiene algo que decir, no solo pueden considerar los hechos científicos, sino otros muchos factores, como su experiencia personal, sus valores y sus convicciones políticas y religiosas. Últimamente, el público también quiere dejar oír su voz y participar en el rumbo de la ciencia, algo que ha facilitado la revolución digital. Y así, el conocimiento público de la ciencia (la idea que da nombre a la revista) ha dado paso a la participación pública en la ciencia (public engagement with science), un marco teórico más amplio que contempla la interacción y la colaboración entre los científicos y el público.

Por lo demás, la ciencia es algo complejo y sobrecargado de información, cuya comprensión requiere un esfuerzo. Según la teoría de la baja racionalidad de la información, este esfuerzo no tiene sentido para muchas personas, a quienes les basta con una comprensión limitada, aunque esto implique déficits y malentendidos. Para hacer comunicación científica, no basta con ser científico y conocer la ciencia: hay que conocer los agentes y los procesos, incluyendo cómo funcionan los medios y cómo se forman las opiniones y los malentendidos. Porque, como apunta Bucchi, estos malentendidos son en realidad una forma de comprensión.


  • Gonzalo Casino es licenciado y doctor en Medicina. Trabaja como investigador y profesor de periodismo científico en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona.

 

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