Escepticemia por Gonzalo Casino | 01 JUL 19

Empatía y compasión

Sobre la capacidad empática y el acercamiento de las ciencias y las humanidades
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Autor: Gonzalo Casino Fuente: IntraMed / Fundación Esteve 

La foto de los salvadoreños Óscar Martínez y su hija Valeria de 23 meses, ahogados al tratar de cruzar el río Bravo de México a EE UU, ha dado la vuelta al mundo para ilustrar, una vez más, el drama de la inmigración. La imagen es similar a la del niño sirio Aylan Kurdi, que apareció ahogado en una playa de Turquía en 2015. En ambas fotos, las personas aparecen boca abajo, con la postura deshecha del cuerpo muerto y sin mostrar la inconveniente imagen del rostro del cadáver, lo cual ha facilitado su difusión en los medios de comunicación. Conocemos sus nombres y retazos de sus biografías, y esto también ha ayudado a despertar en muchas personas sentimientos ante el dolor de los demás. La palabra que más usamos ahora para esta comunión emocional es empatía, signifique lo que signifique este término, en detrimento de otras menos modernas, como compasión o conmiseración. La empatía tiene sin duda buena prensa, por más que no sepamos qué es exactamente.

La empatía pasa por ser un sentimiento y una capacidad, la de sentir lo que otros sienten y ver a través de sus ojos. La primera vez que se utilizó esta palabra fue en 1974, en Argentina, según documenta en su selección de textos la Real Academia Española (RAE), que la introdujo en su diccionario de 1992 (empathy, en inglés, se remonta a un par de siglos atrás). La nube de palabras de la RAE la empareja con asertividad, comprensión, tolerancia, compasión, identificación, simpatía, sentimiento, intuición y emocional, como términos acompañantes más frecuentes. Y, efectivamente, por estos derroteros del lenguaje vaga la empatía, con esa aura de algo bueno y moral que tiene la expresión “ponerse en la piel de otro”.

La empatía es sesgada (se tiende a empatizar con los semejantes), corta de miras, pasajera y puede conducir a decisiones irracionales y políticas injustas

Aunque los conceptos de empatía y compasión (sympathy) son relevantes en ética, siguen abiertos al debate entre escuelas filosóficas y carecen de suficiente precisión. Tampoco parecen claros en las ciencias sociales, pues hasta el sociólogo Richard Sennet se hace un lío con ellos en su libro Juntos. Rituales, placeres y política de cooperación, según aclara su traductor. Ambos términos remiten a lo que sienten y piensan los demás, pero la empatía implica en general una identificación emocional que no existe en la compasión, en la que prima la preocupación y el deseo de ayudar. En su versión más puramente emocional, la empatía no es una buena guía para tomar decisiones, como advierte el psicólogo Paul Bloom en su iconoclasta libro Contra la empatía. El mundo no necesita más empatía sino menos, argumenta Bloom, porque la empatía es sesgada (se tiende a empatizar con los semejantes), corta de miras, pasajera y puede conducir a decisiones irracionales y políticas injustas. Quizá funcione como indulgencia emocional y coartada moral, pero no resulta útil para resolver problemas complejos como los de la inmigración.

La difusa raya que separa la empatía y la compasión no es solo léxica. También es probable que tengan mecanismos cerebrales diferentes, aunque esto es algo que precisa mucha más investigación. Las humanidades pueden aportar mucho en la comprensión de los sentimientos más sociales, como la ironía y la compasión, pero para ello necesitan el concurso de la biología y de otras ciencias fronterizas como la antropología, la psicología y la biología evolutiva. Esta necesidad es más evidente si queremos explicar los sentimientos más primarios, como la empatía, y en general las emociones más animales, desde la ira a los celos. En este sentido, la empatía sería uno de esos nudos gordianos que solo podrían resolverse con la colaboración de ciencias y humanidades. Si supiéramos qué es exactamente la empatía, cómo se ha desarrollado evolutivamente y para qué sirve, probablemente miraríamos de forma distinta la foto de Óscar y Valeria y actuaríamos de forma diferente.


Gonzalo Casino es licenciado y doctor en Medicina. Trabaja como investigador y profesor de periodismo científico en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona.

 

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