Historias de un médico forense (Dr. Julio Cesar Guerini) | 09 JUN 19

Personas, cosas y roles

Un nuevo relato del joven médico forense que narra con maestría sus experiencias cargadas de dramatismo donde lo profesional se mezcla con el dolor más humano
Autor/a: Julio César Guerini  

La situación del país cambiaba mes a mes, semana a semana y día a día. Pero jamás se me hubiese ocurrido que mi cabeza cambiaría segundo a segundo, yendo y viniendo rápidamente en el mismo espacio.

Como médico forense del poder judicial, había escuchado innumerables historias y anécdotas, casi siempre magnificadas, modificadas y sobre todo adaptadas al contexto en que se contaban, haciendo quedar bien alguno y pésimo a otro. Como toda historia, el que la relata observa los rostros, las miradas de los oyentes y tantea las palabras justas para producir el efecto deseado con su relato.

Escuchábamos en cada hecho que trabajábamos, las experiencias de nuestros compañeros con más antigüedad. Ellos se las sabían a todas, habían pasado por todas, habían tenido cientos de casos iguales. Más allá de la soberbia o supremacía con la que solían hablar, trataba de aprender y sacar esos pequeños datos sutiles, que probablemente ni siquiera notaban que dejaban entrever.  Uno siempre aprende, incluso de los que saben menos.

Por la dinámica de esa guardia y el azar (o el destino), estuvimos desde las nueve de la mañana hasta las once de la noche, viajando por diferentes puntos de la provincia (Toledo, Laguna Larga, Sebastián Elcano, San Francisco, Arroyito). La gente nos decía “la parca”, simplificando nuestro trabajo a la minimalista función de “levantar muertos”. Desconocían, por supuesto, que la simple tarea de levantar muertos, no sólo traía aparejada la changuita de convivir con la muerte a diario. No era la muerte en sí, sino el entorno, la familia que quedaba con el estigma de la muerte violenta. Cuerpos víctimas de la violencia y la miseria humana. Cuerpos víctimas de otros cuerpos. Cuerpos que antes fueron abuelos, padres, hijos, hermanos, amantes, esposos, empleados. Cuerpos que antes eran personas. Personas que ahora, cuando llegamos nosotros a levantarlos, pasaban a ser cosas. Aprendí con el correr de los años, que la muerte te cosifica. Antes de morir, sos alguien, después de morir, sos algo (por lo menos para la justicia). Eso me quedó claro desde muy temprano. Si en un ataque de locura y violencia descuartizabas (literalmente) alguien con vida, alguien a quien aún el corazón se le contraía, alguien a quien el cerebro le descargaba un estímulo eléctrico, estabas matando o despedazando a una persona. Pero si ese alguien justito antes que lo mataras, se moría del susto por verte con un cuchillo y con cara de loco, y después lo descuartizabas, para la Justicia estabas trozando una cosa. Eso lo había entendido muy pero muy bien.

 

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