Nuevo libro del pediatra César Leo Kronwitter | 17 ABR 18

Lo imborrable

«¿Qué lleva a las personas a tomar ciertas decisiones? Elegir un camino que conduzca a olvidar toda su vida en otro lugar. Olvidar su familia. Olvidar sus hijos. ¿Hay razones de peso que lo justifiquen?
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Fuente: IntraMed 

EL LIBRO

«¿Qué lleva a las personas a tomar ciertas decisiones? Elegir un camino que conduzca a olvidar toda su vida en otro lugar. Olvidar su familia. Olvidar sus hijos. ¿Hay razones de peso que lo justifiquen? ¿El amor es una de ellas, o simplemente se debe aceptar como parte del intrincado y a veces inexplicable comportamiento humano?».

Stefan mira por la ventana de su departamento en Munich. La mañana es preciosa. Una taza de café en la mano y un recuerdo en la piel que todavía duele. Aquel sueño le devuelve la sonrisa. El abuelo Anton. Su infancia feliz. Una promesa. Lazos que perduran. Sentimientos que resisten por la fuerza del cariño. El paso del tiempo no puede con ellos. Son invencibles. Son imborrables.


EL AUTOR

César Leo Kronwitter nació en la ciudad de Cruz del Eje, provincia de Córdoba, en 1961. Es médico, egresado de la Universidad Católica de Córdoba. Especialista en pediatría formado como residente en el Hospital de Niños de Córdoba, donde también se desempeñó como docente de posgrado. Actualmente vive en su ciudad natal, donde ejerce su profesión. Se confiesa apasionado lector de autores latinoamericanos. Sofie, su primera novela, fue traducida al alemán. Publicó el libro de relatos Médico de niños y las novelas Soñar... todavía y Cuando ya nada importe.


Fragmento del libro

1

Aquella mañana se despertó con una sonrisa nueva. Había soñado con su abuelo. Miró el reloj de la mesa de noche. Las agujas marcaban las seis y veinte. En la soledad de su cama de soltero, Stefan recuerda el día en que estuvo con él por última vez. Tenía siete años. No alcanzaba a comprender la agonía de ese anciano que, ya cansado y con voz entrecortada, le rogaba que siguiese las huellas de Karl, “aquel que se fue”.

Se lo prometió. El pedido del abuelo quedó estampado en su corazón. Grabado por el fuego del cariño. Imborrable.

Tal vez este sea el tiempo de cumplir aquella promesa.

2

Elizabeth caminaba. Le encantaba hacerlo por la mañana. El verde de la campiña en primavera la seducía y con sus casi veinte años caminar la hacía feliz. Nació un día lluvioso del mes de agosto de mil ochocientos setenta y ocho en el pueblo de Pfaffenhofen, al sureste de Alemania. Era la mayor de tres hermanas. La familia Schweiger vivía en la finca adyacente al camino que lleva al rio.

Pfaffenhofen es un poblado pequeño perteneciente al estado de Bavaria y colindante con los distritos de Eichstatt, Kelheim y Freising. En la época medieval, fue propiedad de los poderosos monasterios de Ilmmuster y Munchsmuster y parcialmente dividido en diminutos estados seculares. Desde el año mil ciento ochenta, la región pasó a formar parte de Bavaria.

El joven matrimonio Schweiger vino desde el norte para instalarse en la región durante la segunda mitad del siglo diecinueve.  Según ellos, tenían una pócima mágica para la reproducción del ganado y con eso harían la fortuna que siempre soñaron. Johann y Christine formaron una familia con tres hermosas hijas y se afianzaron como habitantes respetables del lugar pero, la tan ansiada riqueza se hacía esperar. La pócima funcionaba en cuanto a la reproducción del ganado vacuno en cantidad, pero las crías nacían muy débiles y pocas sobrevivían. Tuvieron que aceptar su fracaso y comenzar el trabajo de cultivar la tierra y esperar la reproducción natural que les garantizara animales sanos y fuertes.

De a poco fueron remodelando y ampliando la casa que al principio, cuando compraron la finca, se encontraba bastante deteriorada producto de años de abandono. Construida con noble y fuerte madera, se erguía a pocos metros de la entrada al terreno, por delante de los establos. Dos plantas y un techo con pronunciadas caídas para soportar la nieve del crudo invierno.  Una galería antecedía a la puerta de ingreso.

En la planta baja, un hogar, cuatro sillones enfrentados y la gran mesa familiar en el centro; al fondo, la cocina con dos grandes ventanales. Una escalera a la derecha llevaba a la planta alta donde se encontraban las habitaciones. Decorado con cortinados blancos y varias repisas con trofeos de caza, en el hogar de los Schweiger se respiraba armonía y felicidad. Para Christine y Johann lo más importante eran sus hijas Elizabeth, Marga y la pequeña Christine.

Johann trabajaba duro la tierra. El arado, tirado por dos viejos caballos removía la tierra,  una y otra vez, hasta dejarla óptima para la siembra. El trigo, esa noble gramínea, necesitaba de un suelo blando y húmedo. El grano se distribuía a mano recorriendo los surcos. El riego llegaba desde el rio por una acequia. En tres meses el terreno se teñía con el amarillo oro de las espigas que flameaban libres con la suave brisa del otoño. En la cosecha participaban todos.

Después la trilla, que separaba el grano de la cascarilla que lo cubría y la molienda donde se obtenía la harina con la que fabricaban el pan de consumo familiar y también para vender. Una parte de los granos se apartaba y guardaba para la fabricación de Weizenbier, la cerveza de trigo característica de la región de Bavaria. Cereal fermentado y aromatizado con lúpulo, la Weizenbier se elaboraba con malta de cebada y elevada proporción de malta de trigo que la da la característica tonalidad blanquecina y aspecto turbio con ligero sabor a vainilla.

Envasada en barriles de cinco litros aguardará, pacientemente, la ocasión propicia para ser degustada. Elizabeth caminaba con la canasta pletórica de pan fresco. Con su madre y sus hermanas lo preparaban todos los días desde muy tempano. Christine amasaba con expertas manos, habilidad que heredaron sus hijas. Un pan ácimo, sin levadura; otro con ella y diferentes variedades con cereales, que tenían un sabor especial y eran muy solicitados por las familias vecinas. La hermana mayor se encargaba del reparto a media mañana.

Recorría las fincas haciendo las entregas. Una vez que terminaba, volvía feliz por el sendero contiguo a su casa. Bajaba hacia río. Se sentaba a contemplar el agua correr e imaginaba, anhelaba conocer al amor de su vida. Mientras, la brisa jugaba con su larga y rubia cabellera.

-    Militar, quiero enamorarme de un militar –se decía mirando el cauce cristalino juguetear entre las piedras.

Lo suponía alto y esbelto, de ojos claros y mirada profunda, con impecable traje de ceremonia esperándola en el altar. Ella vestida de purísimo blanco ingresando del brazo de su padre a la iglesia para prometer, ante el supremo, una vida junto a ese hombre quien sería el padre de sus hijos.

-    ¡Hijos! Seis hijos me gustaría tener –proyectaba recostándose en la gramilla fresca.

-    ¡Elizabeth! ¡Elizabeth! –el llamado de su madre le interrumpe el vuelo.

Presurosa regresaba para no recibir la reprimenda materna por llegar tarde al almuerzo. Una vida simple, es cierto, pero muy dichosa junto a sus padres y hermanas en la tranquila campiña de Bavaria.

Con la construcción de un molino de agua junto al río, el primero en la zona, los Schweiger comenzaron la molienda de granos con rodillos o cilindros de hierro. Un adelanto sumamente importante en cuanto a rapidez y cantidad de cereal que podía triturarse.

Un cambio radical para la economía familiar. Recibían la cosecha de una vasta región. Llegaban los carretones colmados de granos, a la mañana, bien temprano. La gran rueda se ponía en funcionamiento gracias a la fuerza del agua. El resultado de la molturación se almacenaba en grandes sacos que se cosían a mano y se cargaban en los mismos carretones que habían traído el cereal, previo pago del servicio; algunas veces con dinero y muchas otras con un porcentaje de la molienda.

Los ingresos familiares se triplicaron. La tan ansiada fortuna que vinieron a buscar a Pfaffenhofen comenzaba a ser una realidad. Esto les permitió ampliar la casa, construyendo dos habitaciones más y arreglar el establo para mejorar las condiciones y el cuidado de los animales. También la construcción de un gran galpón de madera para el almacenamiento de los sacos de harina tanto propios como ajenos hasta que, estos últimos, fuesen retirados por sus dueños. Una época de bonanza económica que se prolongaría en el tiempo, llevándolos a ocupar un lugar privilegiado en la escala social de la región.

El siglo diecinueve estaba llegando a su fin. Los grandes avances de la industrialización a nivel mundial no alcanzaron al pueblo que todavía respiraba aires de pureza y tranquilidad.

3

Stefan mira por la ventana de su habitación. Münich es preciosa de madrugada. La mañana promete ser espléndida. Se ve poca gente en la calle. “Es temprano todavía”, piensa. Camina hacia la cocina para preparar un café. Enciende la radio. El silencio lo atormenta. La música llega suave y se mete en su cuerpo. Aparece el recuerdo. Siempre aparece. Todos los días. Han pasado casi tres años y no puede olvidarla. Es presente. Michelle está en cada rincón de sus pensamientos. No se fue.

Se conocieron en Miami, por casualidad. Stefan había ganado una beca junto a dos compañeros. La empresa SYS TEC Electronic GMBH los enviaba a Estados Unidos para perfeccionar su inglés y asistir a la presentación del último adelanto en microcontroladores para sistemas integrados y de automatización.

Se alojaron en la zona de Miami Beach. El hotel Ritz-Carlton, sobre la calle Lincoln Road, los recibió en un verano caluroso y húmedo. Por la noche salieron a caminar para conocer la ciudad y encontrar algún lugar para cenar. Llegaron a la pintoresca, ruidosa y concurrida calle Española Way. Múltiples y coloridos carteles con luces de neón dan cuenta de una variada oferta culinaria.

Al terminar la primera cuadra, justo en la esquina, un restaurante de comida mejicana les llamó la atención.  Stefan, Jean y Mario, con paladar europeo, decidieron probar algo verdaderamente distinto. Una llamativa decoración, donde el rojo y el verde son los colores predominantes, los sorprende y parece llamarlos. Eligieron una mesa en la vereda contigua a la calle. Pidieron cerveza y unos tacos con salsas variadas. Un cielo estrellado, la música de mariachis y la amena conversación entre amigos daba cuenta de un momento especial, agradable, distendido.

Hasta que ella llegó. Separados apenas por cincuenta centímetros, se sentaron a la izquierda dos mujeres jóvenes. Stefan las observó mientras miraban la carta antes de realizar su pedido. De cabello negro, sujeto hacia atrás con una trenza cocida, una de ellas le explotó en la cabeza. Una belleza extraña, sobrenatural que se completó con un acento francés y un perfume exquisito para hacerla insoportablemente hermosa. Magia, pura magia que transformó aquella noche en eterna. Después de terminar la cena y con la excusa de que les tome una fotografía, Stefan le habló en un francés básico, pero entendible. La joven accedió con una sonrisa que terminó por hechizarlo.

  • Busquemos un lugar con mejor luz- les indicó a los tres amigos.

El flash iluminó la noche. Stefan quedó encandilado por aquella mujer que, máquina en mano, estampaba aquel momento en el sensor digital de la Canon compacta.

  • ¡Gracias! -dijo Stefan mientras recibía nuevamente la cámara.
     
  • Fue un placer- respondió ella con la misma sonrisa encantadora.

De regreso y ya en la habitación del hotel, esperó en vano a que llegara el sueño. No pudo dormir en toda la noche. Desde la cama, con el control remoto del televisor, transitaba una y otra vez la grilla de canales en busca de alguna película que pudiera sacarlo de aquel trance de insomnio y confusión. Si, estaba confundido con ese sentimiento que nacía dentro suyo, que nunca había sentido y que no podía controlar. El amanecer lo encontró mirando el techo, tratando de descifrar el acertijo que lo desvelaba. El mañana y la gran pregunta a responder: ¿La volveré a ver?

La conferencia del día era lo suficientemente aburrida para justificar estar pensando en otra cosa.

  • ¿Te pasa algo? – le pregunta Jean por lo bajo.
     
  • No dormí bien anoche y me duele un poco la cabeza –explica Stefan señalándose la frente.

Decidió salir a caminar. No soportaba estar un minuto más en la sala de convenciones escuchando un sinfín de datos inútiles y estadísticas vacías. Con la secreta esperanza de avistarla recorría las calles y avenidas de South Beach pletóricas de turistas. Suerte, algo de suerte, aunque sea pequeña, iba a necesitar. No soportaba la idea. Precisamente él que puede programar todo o casi todo en un sistema informático siguiendo una ruta prestablecida, establecer conexiones aquí o allá para llegar a un resultado satisfactorio. Precisamente él, programador experimentado y audaz, estaba en manos del más puro azar para encontrarla. Lo deseaba, lo ansiaba. La veía o, mejor dicho, creía verla en cada esquina, en cada mesa de cualquier bar o caminando por las avenidas Lincoln Road, Collins u Ocean Drive.

La primera semana en Miami pasó sin pena ni gloria. El domingo, Stefan decidió hacer playa. Un sol a pleno, una suave brisa y el mar tranquilo invitaban a tirarse en la arena, a no pensar en nada. Menos en ella. Mucho menos en ella. Lo despertó un alboroto. El griterío provenía de un grupo de gente que, a unos cincuenta metros, sobre una especie de tarima colocaba dos sillones de ratán color chocolate, una tela blanca que flameaba y tres reflectores. Paraguas, trípodes, grandes bolsos completaban la escenografía para lo que, seguramente, sería una sesión fotográfica.

Por curiosidad, Stefan se fue acercando, caminando descalzo por la arena tibia. Enfocaba su atención en el despliegue de las modelos que se preparaban para exponer sus rostros de finos rasgos y sus cuerpos esculpidos casi a la perfección por un cincel angelical. Banderas y banners de una marca de lencería femenina hacía mucho más interesante lo que pudiera llegar a verse en la muestra.

Así lo sospechaban también todos los turistas, especialmente a los de género masculino, que fueron buscando la mejor ubicación. Sonaron los primeros aplausos y se escucharon los primeros gritos cuando las jóvenes comenzaron a posar para la cámara. Algo llamó la atención de Stefan. Quien estaba detrás del visor de la Nikon y disparaba con movimientos precisos para captar las imágenes, era una mujer.

Con shorts de jean y musculosa de un color turquesa, la fotógrafa, captaba cada pose de las modelos con la precisión de un profesional. Al acercarse por detrás pudo reconocer la trenza cocida con la que sujetaba su cabello y percibir la inconfundible fragancia Chanel. La taquicardia fue un reflejo. La sudoración de sus manos, un anuncio. La sonrisa esbozada en su rostro, un alivio. Esperó pacientemente a que terminar todo el show de luces, flashes, gestos, poses y sensualidad. Se aproximó tímidamente a la mujer que guardaba todo su equipo en los bolsos:

  • Hola –dijo Stefan en un francés esperanzado.
     
  • Hola –respondió ella levantando sorprendida su rostro.

Sus miradas se encontraron para siempre. Un imponente y maravilloso atardecer los abrazó en la costa de la Florida.

  • Michelle. Mi nombre es Michelle –agregó extendiendo su mano.
 

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