La verdad y otras mentiras | 14 FEB 18

Un gato para San Valentín

Acerca del amor, los gatos y la física cuántica
Autor/a: Daniel Flichtentrei Fuente: IntraMed 

El amor es un dispositivo frágil e impredecible. Solo nuestro desesperado deseo de verlo sólido y definitivo nos permite ignorar su verdadera naturaleza. Como el gato de Schrodinger, está vivo y muerto al mismo tiempo. Nadie puede averiguarlo sin abrir la caja que lo contiene. Pero sospechamos que, al abrirla, mataríamos al gato. O, lo que es peor aún, encontraríamos que la caja está vacía. Cuatro ojos hipnotizados mirando una caja negra. Nosotros, solos y desamparados, mordiendo la ilusión de que allí se guarde el conjuro que nos mantendrá unidos. Dos corazones galopando de terror ante la incertidumbre. Esa poca cosa es el amor. Un recipiente con un contenido incierto. Un estúpido gato que desafía a la muerte. Pero es lo único que tenemos. Y yo lo quiero, para vos y para mí.

*Imagen Duane Michals


La maldita palabra "amar"

A propósito de San Valentín y de una palabra imposible de definir

Es muy curioso el modo en que empleamos las palabras. Hay un diccionario secreto que cada uno guarda en su corazón. El eco feliz o sombrío de un sonido que encierra significados que no podríamos comunicar a nadie. Mientras suponemos que hablamos deslizándonos sobre un código compartido todos guardamos sentidos propios que los demás ignoran. La ilusión de transparencia del lenguaje oculta su opacidad y su misterio verdaderos.

Las palabras son promiscuas, traicioneras, “putitas”, como gustaba llamarlas Julio Cortázar. Inasibles como mujeres de humo. Traidoras e incorregibles, siempre le dan la razón a quien las pronuncia. Pero su desgracia es también su virtud. Su perpetua metamorfosis les concede el don de la posibilidad infinita y la libertad más salvaje. Así son, aunque nos neguemos a esa realidad.

Cuando decimos “amar”, ¿todos entendemos lo mismo?

Hasta qué punto la cultura, la formación disciplinar, la experiencia subjetiva, el éxito o el fracaso personal modulan los significados que les asignamos a esa palabra tan inasible. Cuentan que cuando se le preguntaba a San Agustín qué cosa era el tiempo respondía: “es eso que si no te lo preguntan sabes qué es pero si te lo preguntan no puedes decirlo”. Es posible que “amar” pertenezca a esa clase de términos que huyen de la definición derramándose sobre las personas sin que nadie pueda nombrarlo. El amor se define a través de sus historias. Es actuándolo como se acaba por comprenderlo. Sus razones se piensan con el cuerpo pero huyen del lenguaje. No hay más conocimiento acerca del amor que aquel que se saborea y no el que se sabe. El discurso que habla el amor pasa a través de la lengua y estalla en fragmentos de significado a los que Roland Barthes le dedicó uno de sus mejores libros.

Es muy posible que usted o yo hayamos sentido la potencia de esa fuerza que pugna por concretarse en acto. Una ebullición que nos confunde y nos estimula hasta los bordes de la razón. Intoxicados por sus vapores sin nombre, aturdidos y ciegos es cuando al fin comprendemos de qué se trata la cosa. Una búsqueda furiosa que nos atraviesa pero que en el preciso momento en que se encuentra con lo buscado alcanza su derrota. No hay amores satisfechos. Mientras vive el amor coquetea con la muerte. Se asoma al abismo, desafía a sus precipicios, desprecia la seguridad y los refugios. El amor nunca tiene futuro. Es un puro presente que estalla sin medida y que escupe a la cara de todo pronóstico su desprecio por lo que pueda pasar y su adoración por lo imprevisible. Sólo lo que tiene explicación es cauto, prudente, sensato. El amor es precisamente lo que se opone a eso. Una deliciosa forma de asfixia.

 

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