Congreso Asociación de Medicina Interna Rosario (AMIR) | 19 MAY 17

Algo muy extraño pasa en Rosario

Un congreso donde la medicina logra volver a reunir el conocimiento y la felicidad de aprender
Autor/a: Daniel Flichtentrei Fuente: IntraMed 
"Es detestable esa avaricia espiritual que tienen los que, sabiendo algo, no procuran la transmisión de esos conocimientos". - Miguel de Unamuno

Hace varias décadas que participo de congresos de medicina de distintas especialidades. Estoy harto de quedarme sentado largas horas escuchando conferencias de personas cuyo único interés es exhibirse como estrellas de cine. Eruditos y fanfarrones que repiten lo que las grandes investigaciones dicen pero no lo que significan; algo que yo puedo hacer por mí mismo. Nunca me animé a levantarme e irme. Creo que todos en esas salas sentíamos el mismo tedio pero lo soportábamos, estoicos y resignados. Desde hace algunos años las cosas ya no son así. Los más jóvenes nos han enseñado a perder el miedo y ese falso respeto. Ellos se miran primero, se hacen una seña después, se levantan en grupos y abandonan la sala. Y no vuelven, nunca más. Cada vez que encuentran ese nombre en un programa, arman el mate y salen al parque hasta que la exhibición termine; no le dan otra oportunidad. Aprendieron a identificar a quién habla para acortar la distancia entre el que sabe y el que aprende y a quién lo hace para agrandarla hasta hacerla imposible de remontar. Yo les agradezco su desparpajo, su honestidad brutal. Me ayudaron a despojarme de un pudor idiota que me hizo pasar cientos de horas en salas de las que debí haber huido de inmediato. Pero hay un extraño lugar donde esto nunca ocurre porque no es necesario. Una excepción que confirma la regla.

El Congreso de la Asociación de Medicina Interna de la ciudad de Rosario (AMIR) es diferente. IntraMed siempre los acompaña, nos gusta verlos en nuestro stand, revisar nuestros libros, comentar lo que leen en el sitio. Ellos no lo saben pero, algo que está en vías de extinción en la medicina, sobrevive allí como un adorable dinosaurio. Lo que pasa en ese encuentro podría servirnos para averiguar qué es lo que ya no ocurre en tantos otros.


Jóvenes investigadoras gana premio colección de libros IntraMed

  • 2700 inscriptos
  • 250 trabajos científicos
  • Decenas de residencias médicas representadas
  • Contribuciones desde varios países de latinoamérica
  • Participación de las Sociedades de medicina Interna de todo el país


Dr. Roberto Parodi (presidente del congreso AMIR)

Sed de conocimiento

La gente quiere estar allí, sonríen, se abrazan, están felices, disfrutan con el cuerpo. Se les nota, no pueden ocultarlo. Está repleto de jóvenes con un entusiasmo que les suda por los poros. Toman notas, apuntan citas bibliográficas, graban con sus telefonitos, cuchichean cuando alguien responde a sus interrogantes cotidianos en la sala del hospital como si les hubiera leído la mente. Son estudiantes de medicina y residentes de todos los rincones del país y del exterior. Algunos parecen no haber abandonado todavía una pubertad prolongada. Se apuran por los pasillos para no perderse nada. Se hacen recomendaciones. Gritan y festejan cuando encuentran a alguien a quien admiran en el programa de conferencias. Otros se agrupan abrazados en círculos y repasan los gráficos de sus presentaciones de casos clínicos. Los he visto dar saltitos y soplidos ansiosos mientras esperan el turno para pasar al estrado y mostrar sus trabajos. Es una fiesta. Allí se celebra la milenaria sed de saber, esa que tristemente se va apagando en tantos otros lugares.


Prof. José Manuel Porcel (España)

Una posta que pasa de mano en mano

Los mayores muestran el mismo entusiasmo que los recién llegados a la profesión. Gozan, son felices, se conmueven cuando reciben el afecto agradecido de sus discípulos. Participan, se entusiasman con las discusiones, aplauden como si estuvieran en la ópera. Los chicos los veneran con respeto y admiración. Están agradecidos porque esa gente no se guarda nada. No exhiben otra cosa más que una generosidad infinita que encuentra su propia recompensa compartiendo lo que saben. Los he visto conmoverse orgullosos ante el lucimiento ajeno. Se pasan la posta de generación en generación; los que dejan la presidencia se unen a la tropa y siguen trabajando como soldados rasos. Ya casi había olvidado que algo así podía ocurrir. No solo transmiten lo que saben sino la inmensa felicidad de aprender. Son mentores, como afirmó el profesor Alcides Greca. Un tipo alto, vertical, inconmensurable. Puede reunir el conocimiento clínico más riguroso con la literatura, el cine o la filosofía. Los alumnos lo siguen hipnotizados. Lo escuchan porque saben que es un modelo a seguir. Lo estudian para ver de qué se trata. Mientras tanto, esa gente les inocula la alegría del conocimiento verdadero en lugar de intoxicarlos con futilidad e irrelevancia. A veces me quedo mirándolos sin que lo adviertan. Me protejo de sus miradas, los espío como un fisgón indiscreto. Me gusta verlos sin que me vean. Me conmueven. Emociona saber que la pasión que agoniza por tantas partes, allí está más viva que nunca. No existe otra palabra que los nombre: son “maestros”.

 

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