¿Cómo despedirse de uno mismo? | 11 NOV 16

Querido Leonard, gracias y adiós

La muerte de Leonard Cohen, un artista enorme, un hombre extraordinario
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Autor: Daniel Flichtentrei Fuente: IntraMed 

"You want it darker"

Sacks, Reed, Bowie, Cohen; somos nosotros los que empezamos a morir. ¡Mierda!

Cuando se logra atravesar el dolor de la muerte de alguien querido y admirado lo que aparece es nuestra propia muerte. Como si una mañana mientras tomás el café y leés las noticias te arrancaran una pierna o tu cerebro dejara caer, como una hoja en otoño, las horas felices de música y libros que construyeron tu vida. Quedan sus obras y el recuerdo que uno guardará para siempre. Pero ya no existirá la espera de su próximo trabajo, la vigilia ansiosa que anticipa la felicidad del descubrimiento. ¿Cómo despedirse de ellos sin comenzar a despedirse de uno mismo?

Hay artistas que por algún oscuro motivo se te incrustan bajo la piel. Reptan como gusanos y te aprietan allí, donde más se siente. Te toman por el cuello. Es inútil buscar razones para ese fenómeno. Cuando ellos suenan la inhóspita intemperie del mundo se pone a vibrar en tu misma frecuencia. Temblás. Alguien desactiva tus defensas. Te dejan desnudo y perplejo.

Leonard Cohen tuvo ese exquisito poder sobre algunas personas. Y lo sabía, pero jamás abusaba de él. Te acariciaba con una voz áspera y desgarrada como un cepillo de acero rascándote la espalda. Una gota de noche helada lamiéndote las manos. Te abría los ojos para que la verdad más cruel se hiciera visible pero vos pudieras tolerarla. Lo que nunca nos decimos, lo que no queremos saber, aquello a lo que le apagamos la luz. Leonard te lo mostraba mientras te decía: “Calma, entre los dos podremos con eso”.

Ese hombre que ha sido poeta, músico, amante y que perdió el rumbo más de una vez, tomó hace mucho tiempo la decisión de internarse en un monasterio budista y entregarse durante años al silencio y a la meditación. Tal vez en ese lugar, o en cualquier otro, encontró nuevas preguntas y la certeza de que las respuestas convencionales eran pura tontería. Se dedicó a buscar en el secreto de las palabras y los sonidos el modo de expresar lo que lo conmovía y nadie lograba nombrar. Recuperó la memoria de su familia y pudo volver a mirar con otros ojos todo lo que alguna vez rechazó. La figura poderosa de su padre, el sonido circular de las plegarias en el templo, la adolescencia irreverente, la filosofía, la literatura y el ácido sabor de algunas sustancias. Le puso música y poesía al amor prohibido hacia la mujer de su mejor amigo, a una noche de sexo con Janis Joplin en el Hotel Chelsea, al silbido lejano de algunos trenes, a los valses que nunca bailó y a los adioses que nunca pudo pronunciar, a la palabra de Lorca y al estremecimiento del flamenco.

Poco tiempo antes de morir le envió una carta de despedida a la noruega Marianne, el amor de su vida, enferma terminal de leucemia. Se habían conocido en el paraíso de la isla de Hydra, Grecia. La vida los separó en la geografía pero ninguno pudo olvidar jamás al otro.

Adiós a Marianne

Bueno, Marianne, ha llegado el momento en el que somos tan viejos y nuestros cuerpos se están desmoronando, que creo que te seguiré muy pronto.

Estoy tan cerca de ti que, si extiendes tu mano, podrás alcanzar la mía. Sabes que siempre te he querido por tu belleza y por tu sabiduría, pero ahora solo quiero desearte un buen viaje. Adiós, vieja amiga. Mi amor infinito, nos vemos al final del camino.

Leonard.

Ahora su obra será motivo de análisis en universidades y postgrados, de ensayos de especialistas y de homenajes de eruditos en todo el mundo. A mí me gusta creer que él se ríe de todo eso y que, cuando nadie nos mira, me sigue cantando al oído y esconde en mi bolsillo la llave de una puerta que solo él y yo conocemos. Es una estúpida mentira que los muertos se quedan solos. Solos, nos quedamos nosotros.

Daniel Flichtentrei


 

 

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