Extraordinario libro de Vikram Paralkar (enfermedades imaginarias) | 01 AGO 16

Las aflicciones

Un mundo de enfermedades imaginarias en un libro que exalta la palabra y atrapa al lector
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"Todos creemos que la iluminación nos dará placer. Pero ninguno se atreve a mirar directamente el sol del mediodía”.

En su primer día como bibliotecario, Máximo descubre un libro privilegiadamente único. Se trata de una enciclopedia de medicina que contiene una colección extraña de enfermedades. Una herida crece con cada acto de maldad. Un sueño que permite disfrutar aquellos placeres negados durante la vigilia va invadiendo poco a poco todo el día. Un embarazo reversible. Un mal que imita a la muerte y cuyo diagnóstico solo puede realizarse en forma retrospectiva, muchas veces después del funeral.

Con una imaginación deslumbrante, Vikram Paralkar enfatiza el carácter narrativo de la palabra historial, desplegando el componente de ficción presente en toda enfermedad, su sentido lingüístico, religioso, filosófico, musical, sus consecuencias políticas y sociales. El encanto poético, la precisión y estricta lógica de los relatos, el lenguaje siempre apropiado y el afinamiento justo de la voz hacen que no se dude jamás de la verosimilitud de cada uno de los síntomas.

Inspirada en Las ciudades invisibles de Italo Calvino, con referencias a Borges y a Robert Burton, Las aflicciones es una quimera prodigiosa. El exilio, la memoria, el destino, la moral o el idioma pueden volverse los más terribles padecimientos mientras transcurre el espectáculo de una invención extraordinaria.


El autor

Vikram Paralkar nació en Bombay, India. Se mudó a los Estados Unidos en 2005 después de completar su carrera de médico. Actualmente trabaja como hematólogo e investigador en la Universidad de Pensilvania. Sus escritos fueron publicados en el New England Journal of Medicine y ganó el premio académico de la American Society of Hematology. Las aflicciones es su primer libro


"Las aflicciones" por Vikram Paralkar
ISBN: 978-950-9749-13-9
Páginas: 152
Editorial La Bestia Equilátera

Dictio aliena (fragmento del libro)

La Dictio aliena a menudo se toma por un inconveniente sin importancia. Es común oír que a quienes la padecen se les niega la entrada a la botica para dar lugar a aquellos cuyos dolores requieren atención urgente. Pero los amigos íntimos de las víctimas de esta enfermedad pueden dar fe de la profunda soledad que genera, ya que los aleja de la compañía de sus pares.

Granjeros y herreros afectados por la Dictio aliena despiertan un día en su humilde cama de heno con el discurso y la inflexión de un aristócrata. Consonantes nítidas, vocales altaneras, un estilo florido. En cuclillas alrededor de las hogueras, junto a sus vecinos sencillos y perplejos, hablan con insoportable amabilidad y una petulancia para ellos desconocida. Barones y duques experimentan un trauma opuesto. Su dicción cultivada degenera hacia el discurso franco y tosco de la gente del pueblo y los obreros, con sintaxis confusa y palabras carentes de cultura y refinamiento.

En el lapso de una sola noche el discurso de los enfermos se vuelve imposible de reconocer, y aunque su lenguaje sigue siendo inteligible, sus amigos y su familia ya no sienten afinidad con ellos, puesto que cada palabra que pronuncian lleva la marca de una cultura completamente ajena a la propia.

El tratamiento para la Dictio aliena es prolongado y meticuloso, puesto que requiere que quienes la padecen vuelvan a aprender una manera de hablar que alguna vez les fue instintiva. Incluso después de haberse desintoxicado de los hábitos de la enfermedad, y una vez que su comunidad logra volver a aceptarlos, albergan una profunda sensación de aislamiento. Hay miembros de la nobleza a
quienes sus escuderos oyen gemir y maldecir todas las noches con una voz sencilla y pueblerina, dando rienda suelta al único tono que verdaderamente sienten como propio, un tono que deben silenciar en compañía de sus pares.

Tan grandes son las torturas que inflige la Dictio aliena que un conde de Warwick abandonó su título y su derecho al trono cuando comprendió que nunca estaría totalmente curado. Durante meses vagabundeó como trovador hasta que encontró una aldea cuyos habitantes hablaban igual que él. Vivió allí hasta el final de sus días, durmiendo sobre toscas esterillas, comiendo platos frugales y hablando un dialecto humilde.

 

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