Entrevista a José María Ordovás | 27 MAR 16

“La dieta puede cancelar los efectos dañinos de la genética”

José María Ordovás es uno de los padres de la nutrigenómica, ciencia que estudia las relaciones entre alimentación y genética
Autor/a: José Luis Barbería  El País Semanal

Combatir las modernas pandemias de las patologías cardiovasculares, el cáncer y la diabetes exige reconciliarnos con nuestro cuerpo y comer según nos mandan los genes, sostiene el investigador José María Ordovás (Zaragoza, 1956).

El científico plantea que la Administración sanitaria asuma la prescripción de dietas personalizadas adaptadas al genoma. Con la autoridad que le concede su conocimiento de los factores genéticos y ambientales, que predisponen a las enfermedades contemporáneas, Ordovás se ha erigido en un gran defensor del aceite de oliva y de la idea del equilibrio en la alimentación. Enemigo declarado de los regímenes de adelgazamiento y de los listados de buenos y malos alimentos que circulan profusamente, detecta histeria ambiental y mala información en lo relativo a la nutrición. Dice que el viejo refrán “desayunar como un rey, comer como un príncipe y cenar como un mendigo” tiene fundamento.

Las patologías cardiovasculares, el cáncer y la diabetes han reemplazado a las enfermedades infecciosas como causa principal de mortalidad en las sociedades desarrolladas. ¿Es la alimentación inapropiada lo que explica el avance de estas patologías?

Nuestro estilo de vida ha acabado por despertar a genes que llevaban miles de años calladitos y que ahora se expresan de forma negativa. Esas patologías modernas son fruto de la alimentación inadecuada, del estrés creciente, del sedentarismo y también de la reducción de las horas de sueño, porque desde que inventamos la electricidad dormimos cada vez menos. Además, la nutrición y los fármacos están alterando la composición de nuestra flora bacteriana, esos viajeros interiores de nuestro cuerpo con los que tenemos una permanente relación simbiótica.

¿Cómo es eso de que los genes despiertan después de miles de años?

En cada generación se producen nuevas mutaciones de manera espontánea en el genoma. La mayor parte de ellas son lo que llamamos silenciosas, es decir, no causan ningún efecto, pero a veces, cuando las condiciones ambientales cambian, rompen su silencio. Esto es evidente en las migraciones humanas en el espacio y en el tiempo. Por ejemplo, cuando los habitantes de países no occidentalizados, digamos de India, migran a países occidentales con estilos de vida diferentes, desarrollan más obesidad, más diabetes, porque en su genoma llevan mutaciones que les predisponen a estas enfermedades pero que en su ambiente ancestral no se han expresado. Es decir, han permanecido silenciosas hasta que les han pisado con estilos de vida diferentes y entonces han gritado y se han quejado expresando la enfermedad.

¿Estamos ante una pandemia global de nutrición desequilibrada que ataca particularmente a las capas más bajas de la población en los países desarrollados?

Así es. Esa misma pandemia empieza a verse también en los países en vías de desarrollo, pero, sí, se han invertido las pautas, y si antes la obesidad se daba más en las clases pudientes, ahora es al revés. La gente con mayor poder adquisitivo tiene acceso a más educación e información y dispone de medios para mantenerse en forma y alimentarse mejor. En paralelo, hay una oferta de alimentación menos saludable y más barata.

“Nuestro estilo de vida ha despertado a genes callados miles de años”

¿Las autoridades deberían intervenir de manera más determinante en el mercado industrial de la alimentación penalizando fiscalmente las bebidas y alimentos con exceso de azúcares y grasas?

Al fin y al cabo, son las arcas públicas las que terminan cargando con el tratamiento de esas patologías. En algunos países se han hecho experimentos en esa dirección, pero la cosa no ha funcionado demasiado. Me parece más efectivo educar a la sociedad en estas materias aunque a menudo sean sometidas a polémica. De hecho, en EE UU se ha abierto una gran controversia sobre las guías dietéticas que el Gobierno acaba de publicar y en las que recomienda un consumo diario de azúcar y grasas saturadas inferior al 10% y poca carne roja. Particularmente, no creo en las recomendaciones genéricas. Lo que les va bien a unas personas no tiene por qué irles bien a otras.

Sus investigaciones discurren en el triángulo de relación que forman la genética, la dieta alimenticia y las patologías. ¿Hasta qué punto la nutrición incide en las enfermedades?

La gestación de casi todas las enfermedades que nos preocupan hoy día se produce con contribuciones similares de nuestra genética y de los factores ambientales, entre los que destaca la nutrición. Podemos intervenir en ese y en otros factores modificables, pero hoy por hoy no podemos ni debemos modificar el genoma de las personas para prevenir las enfermedades porque son muy complejas genéticamente.

¿Cómo se determina la dieta adecuada a cada genoma?

Hoy podemos investigar con facilidad hasta un millón de variantes genéticas, pero en el futuro será el genoma entero. De esta información se determina qué mutaciones predisponen o causan el espectro de enfermedades que nos afligen y qué dieta es la mejor para cada individuo, si debe ser baja en grasas, alta en proteínas o en hidratos de carbono…, si habría que reforzarla con suplementos vitamínicos o minerales… Ahora todo eso se hace probando una dieta u otra y viendo lo que funciona y lo que no. En un futuro muy próximo eso se hará de una manera precisa y personalizada gracias al genoma, y la pregunta es si nosotros y nuestro sistema de salud estamos preparados.

¿El concepto de alimentación como medicina queda limitado al campo de la prevención o se podrán combatir desde la dieta afecciones específicas como, por ejemplo, el cáncer de pulmón?

[Larga pausa reflexiva]. No creo que desde la dieta se pueda combatir el cáncer de pulmón. En las plantas hay compuestos con esas propiedades, pero no proporcionan la dosis necesaria para cumplir esa función farmacológica dentro del consumo humano normal. Eso sí, esos compuestos pueden ser extraídos, concentrados y convertidos en fármacos convencionales. Por lo demás, la nutrición es clave en el mantenimiento de la salud, y el hecho de usar un fármaco terapéutico no nos exime de seguir una dieta sana y alimentarnos de acuerdo con lo que nos demanda nuestra genética. Deberíamos hacer el seguimiento nutricional a los enfermos dados de alta.

¿Pero una alimentación personalizada puede neutralizar nuestra predisposición genética a padecer diabetes, cáncer…?

Puede cancelar el efecto dañino de determinadas variantes genéticas, de la misma manera que una alimentación disonante con el genoma puede exacerbar la enfermedad. Eso está probado. El estudio Predimed ha sido el primero en demostrar que, efectivamente, la dieta mediterránea previene el riesgo cardiovascular. A un grupo de gente se le dio aceite de oliva y nueces para que lo consumieran regularmente y a otro se le recomendó una dieta saludable, baja en grasas. Se les hizo un seguimiento durante cinco años y al cabo de ese periodo se comprobó que los que habían consumido esos productos de la dieta mediterránea habían padecido un número de eventos cardiovasculares significativamente inferior al del otro grupo. Al analizar las características genéticas de los participantes comprobamos que la dieta mediterránea había beneficiado especialmente a aquellos que tenían predisposición genética a la diabetes y al ictus.
José María Ordovás: “La dieta puede cancelar los efectos dañinos de la genética”
Jordi Socías

Entonces, ¿se diseñarán dietas personalizadas para la prevención y el tratamiento de las enfermedades más comunes?

Sí, y nos ilusiona saber que vamos a contribuir a que la gente viva mejor. A partir del conocimiento de nuestro genoma, podremos establecer las recomendaciones nutricionales más adecuadas para cada individuo, pero además, y esto es evidentemente muy novedoso, podríamos llegar a recomendar el tiempo más apropiado para su ingesta. Las investigaciones en cronobiología han demostrado que en cada momento del día somos personas metabólicamente diferentes. Eso se evidencia incluso en los momentos en que se desencadenan las crisis patológicas. Las cardiovasculares, por ejemplo, se manifiestan sobre todo en las primeras horas de la mañana, que es cuando tenemos que poner en marcha el motor del cuerpo. Es un lapso de tiempo delicado porque activamos la presión arterial cuando nuestras arterias vienen del modo descanso.

¿Cómo se sabe que a primera hora de la mañana, a mediodía, por la tarde o por la noche nos conviene ingerir esto o lo otro?

Genéticamente somos diferentes en nuestra cronobiología, en nuestros ritmos. Digamos que unos somos alondras y otros búhos, y que conocernos a nosotros mismos nos ayuda a llevar una vida más de acuerdo con lo que nos piden nuestros genes. Independientemente de esto, todos los seres vivos somos metabólicamente diferentes por la mañana, a mediodía, por la tarde o por la noche. Nuestro cuerpo tiene distintas temperaturas, nuestra presión arterial es diferente durante el día; también lo que circula en nuestra sangre, nuestras hormonas… Como la manera en la que asimilamos los alimentos varía según los momentos del día, lo mejor es bailar a la música que nos va mejor.

¿Un simple análisis de sangre permite establecer la dieta personal más adecuada?

Basta, incluso, con un poco de saliva. Una compañía norteamericana empezó a informar a sus clientes sobre los riesgos potenciales de contraer las patologías, pero la FDA [siglas en inglés de la Administración de Alimentos y Medicamentos estadounidense] le prohibió hacerlo. Pensaron, entre otras razones, que la gente no está lo suficientemente formada para entender y reaccionar adecuadamente ante esa información.

¿Cada uno de nosotros tendrá un ­pendrive con su genoma y su predisposición genética a las enfermedades? Las compañías de seguros y las empresas querrán disponer de esos datos y podemos imaginar escenas como esta: una chica les comunica a sus padres que ha conocido a un muchacho majísimo, de grandes cualidades, pero con una carta genética que le pronostica alzhéimer a edad temprana. La parte buena es que, si conoces los riesgos, puedes tratar de evitarlos, pero es cierto que las reacciones individuales pueden ser muy diferentes. Una persona con un 30% de riesgo de cáncer de próstata puede reaccionar diciendo que tampoco es para tanto y otra hundirse en la depresión porque siente que su vida está arruinada. Antes de comunicar esos datos a la gente habría que educarla, y el problema es que no tenemos todavía profesionales de la salud capaces de cumplir esa tarea en la magnitud que será necesaria.

 

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