La soledad no es una variable que pueda ser representada en un par de ejes cartesianos | 01 FEB 16

La soledad como objeto de estudio científico

Nuestra era tecnológica no tolera excusas para la soledad. Ha incluso redefinido la soledad como falta de visibilidad y exposición. No ser visito es ahora estar solo
Autor/a: Dr. Rubén Mayer Fuente: IntraMed 

"No nos podemos quedar solos, nosotros y la soledad de nuestros pacientes"

La soledad, al igual que otras experiencias centrales de la vida, es un estado subjetivo complejo; sus formas son múltiples y las circunstancias en que se hace presente en extremo variadas.

Hablar de soledad es como hablar de muchas cosas diferentes: existe una soledad esperada, necesaria y otra no deseada, inoportuna, evitada pero finalmente ineludible. Una soledad a veces impaciente, otras tranquila, relajada. La del que está solo y la del que vive rodeado, habitando un espacio de soledades compartidas. La de aquel que se ha separado y la del que no soporta imaginarse solo. Una soledad que permite encontrarnos y otra que nos retiene indefinidamente perdidos. En ocasiones una experiencia productiva, en otras  inexpresiva e inútil.

También existe la soledad a la que nos encierra el no saber o no poder expresarnos. La de padecer la incomprensión y la injusticia. La soledad a la que nos condena el error y el ridículo; la de la vergüenza y la humillación. La de vivir en las grandes ciudades y la de la casa sola que vio León Gieco desde un avión. La soledad orgullosa del narcisismo y la soledad del poder. La soledad de la impotencia del que se tiene que ir viendo que los demás se quedan y la del que se queda cuando los demás se han ido. La soledad de la despedida y la de las pérdidas. También aquella a que nos arroja la enfermedad y la desfiguración del cuerpo. La soledad existencial que nos invade después de perder a nuestros padres. La soledad última de entrar completamente solo a la recta final e inexorable de la vida.

Borges dijo que la ceguera era una forma de soledad. Galeano soñó con la posibilidad de que “tengamos el coraje de estar solos y la valentía de arriesgarnos a estar juntos”. Para Vinicius de Moraes “es mejor sufrir juntos que ser feliz solo”. Y Chico Buarque imaginó la saudade como la sensación de entrar al cuarto de un hijo que ya no está. Miles de madres en nuestro país han sabido de la soledad de estos cuartos, llenos de ausencia.

En algunos y especiales momentos, la soledad es absolutamente indispensable e irremplazable, muchas veces hasta insospechadamente placentera; y muchas otras penosa, lenta e interminable, en particular durante las espesas noches de insomnio. En casi todos los casos, es la soledad un estado incómodo, nunca neutral o indiferente. Un estado que requiere de una aceptación, una comprensión y un aprendizaje nunca del todo completado.

La soledad engendra más soledad y el aislamiento, reservado a las formas más oscuras, es su rostro más temido y más conmovedor. Por vergüenza o pudor, por agotamiento de la tolerancia a la frustración o por claudicación, se elige evitar toda forma de contacto: no hablar, no escuchar ni escucharse, no explicar ni ser aconsejado, no mostrarse ni mostrar aquello que es necesario resguardar. El aislamiento es, en algún sentido, un desesperado pedido de tregua a todos y al mundo, a veces casi un ruego sólo pocas veces entendido y respetado.

“Cada uno de nosotros es una península, con una mitad unida a tierra firme y la otra mirando al océano. Una mitad conectada a la familia, a los amigos, a la cultura, a la tradición, al país, a la nación, al sexo y al lenguaje; y a muchos otros vínculos. Y la otra mitad deseando que la dejen sola contemplando al océano” (Amos Oz).

El monitor reemplazó al diario íntimo, y la exhibición a la introspección

Aún aislados por decisión propia, necesitamos asegurarnos que sigue existiendo ese istmo, ese puente siempre abierto para cuando nos sea urgente regresar a tierra firme; porque cuando ese puente delgado y frágil se hace imperceptible y por último cae, con él también nos derrumbamos nosotros.

Hubo un tiempo en que la soledad y el silencio eran condiciones necesarias para conectarse con la interioridad de la que solía dejarse testimonio en un diario íntimo. Nuestra era tecnológica, por el contrario, no tolera excusas para la soledad. Ha incluso redefinido la soledad como falta de visibilidad y exposición. No ser visito es ahora estar solo. El monitor reemplazó al diario íntimo, y la exhibición a la introspección. Hay, en estos tiempos de comunicación digital, una conexión con lo exterior a tiempo completo y al mismo tiempo una forma de aislamiento táctil y corporal.

¿deberíamos además determinar los niveles de soledad como hacemos con la tensión arterial o con el colesterol en sangre?

Todo esto, entre muchas otras cosas, puede ser y es la soledad. Pero, al parecer, también motivo de investigación científica. Recientemente, ha sido publicada en la sección puntos de vista de Intramed, la interesante y disparadora nota “Ciencia y praxis de la soledad” de Gonzalo Casino, en la que se hace referencia a la evidencia que demuestra que la soledad y el aislamiento acortan la vida de las personas al punto de poder ser considerados como un factor de riesgo de impacto similar al tabaquismo. Las personas afectadas, según las últimas investigaciones, parecen tener un tono simpático aumentado lo que podría aproximarnos al conocimiento del nexo fisiopatológico entre soledad y mortalidad.

Esto bien pudiera ser incorporado como un motivo más de preocupación e intervención médicas desde que existen relevamientos estadísticos, en casi todo el mundo y en todas las edades, que demuestran un crecimiento sostenido del número de personas que viven solas.

 

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