La salud es demasiado valiosa para entregarla a charlatanes o mercachifles. | 14 SEP 15

El arduo camino desde la ciencia a la medicina (Mario Bunge en IntraMed)

¿Por qué se aceptan con tanta facilidad ideas falsas o pseudociencias? ¿Por qué afirmamos que la medicina no es una ciencia pero sí es científica? Ninguna explicación biológica, por minuciosa que sea, puede dar cuenta de las complejidades del fenómeno de la enfermedad.
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Por Daniel Flichtentrei * / Mario Bunge** 

El ejercicio de la medicina es multifacético y complejo. Como toda acción humana, la práctica médica no es autónoma sino que está emparedada con campos muy diversos, desde el comercio y la política hasta la ciencia y la filosofía.

En efecto, baste recordar la existencia de consorcios médicos, políticas sanitarias, investigaciones biomédicas, y doctrinas médicas basadas en concepciones primitivas o modernas de la naturaleza del ser humano y sus enfermedades.

En particular, todas las llamadas medicinas  alternativas suponen ideas anticientíficas. Por ejemplo, la homeopatía descansa sobre la idea de su fundador de que lo espiritual es superior a lo material, de que la eficacia de un remedio es tanto mayor cuanta menos materia contenga. Que este principio espiritualista carezca de fundamento biológico no preocupa a los homeópatas porque no buscan la verdad sino el beneficio pecuniario.
 
Tampoco el enfermo típico se pregunta si la terapia que le recomendó un amigo tiene fundamento científico: sólo le interesa sanar lo antes posible y al menor costo. Si es pobre y carece de seguro médico, como ocurre con la enorme mayoría de la gente, el paciente con más credulidad que conocimiento tenderá a evitar los procedimientos costosos de la medicina que se practica en los hospitales modernos.

El paciente de marras olvidará el viejo dicho “lo barato sale caro” y acudirá al primer curandero que le prometa curarlo pronto, sin dolor y con poco dinero. A menudo le irá bien, ya sea debido a lo que los antiguos llamaban “la fuerza curativa de la naturaleza” –la acción del sistema inmunitario– ya al efecto placebo, o sea, la acción benéfica de la creencia sobre el cuerpo. En definitiva, cuando el curandero cura, lo logra merced a poderes naturales y pese a sus propias fantasías infundadas.

Pero la inmunidad y el efecto placebo son impotentes frente a casos agudos de infección bacteriana, como la tuberculosis avanzada, y de males autoinmunes, como la inflamación común y la artritis reumatoide. Por lo pronto, el diagnóstico de tuberculosis puede ser tardío por mera desidia del enfermo, y el de un mal autoinmune suele ser difícil. Pero cuando hay diagnóstico oportuno y certero, la medicina científica suele lograr algo, mientras que el curanderismo agrava involuntariamente el proceso patológico, por dejar que siga su curso.
 
Hasta mediados del siglo pasado, los tisiólogos no podían recomendar sino reposo, higiene y aire puro. De aquí que proliferasen los sanatorios de montaña para tuberculosos pudientes. La primera droga eficaz contra el bacilo de Koch fue el antibiótico estreptomicina, como lo mostró el ensayo aleatorizado exitoso, diseñado y ejecutado en 1946 por el equipo británico dirigido por el eminente bioestadístico Austin Bradford Hill.

Obviamente, este ensayo no se habría realizado si la droga en cuestión no hubiese sido aislada y estudiada tres años antes y si no se hubiera probado en el laboratorio que actúa matando al bacilo en cuestión. Nada de esto hubiera ocurrido sin las investigaciones previas de bioquímicos y bacteriólogos que no miraban a tuberculosos sino a microbios, valiéndose de ideas e instrumentos ajenos al hospital común, en el que no se investiga. En resumen, la quimioterapia fue hija de la investigación básica, no del tanteo a ciegas, por ensayo y error.

 

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