Horóscopos: poca astrología, mucha autoayuda | 05 MAY 14

¿Por qué tanta gente educada cree en cosas absurdas?

Si las pseudociencias son fruto de la ignorancia, ¿cómo se explica que entre los fans de los oráculos zodiacales haya muchas personas con estudios medios o superiores?

Una lectura atenta revela que el contenido de los horóscopos no tiene nada que ver con la astrología, sino con una psicología barata de apoyo que apela a la ‘inteligencia emocional’ de lectores predispuestos por los manuales de autoayuda.

Pablo Francescutti

Lo que sorprende de los horóscopos es que, excepto por su organización conforme al zodiaco, apenas hablan de astrología. / Fotolia

Lo hemos escuchado mil veces: ¡qué vergüenza la presencia de astrología en la prensa! La queja recurrente de científicos y divulgadores tiene fundamento: sacando honrosas excepciones (Público, por ejemplo), los horóscopos campan a sus anchas en las páginas de los periódicos, sea en los de referencia o en los gratuitos.

Tan firme se muestra esta apuesta editorial que, hace unos años, un amigo profetizó que, antes que suprimir los horóscopos, los editores preferirían quitar los suplementos de ciencia. Hasta el momento su profecía se viene cumpliendo a rajatabla. Si bien en algunas ediciones en papel los oráculos zodiacales han desaparecido, en conjunto han ganado espacio en los diarios digitales, como se aprecia en ABC.es, que además ofrece el horóscopo chino.

Los editores se justifican diciendo que a los lectores les gustan. Para mí lo curioso no es tanto el tirón popular de la astrología como el nivel educativo de sus fans. Ya en los años 80 una encuesta francesa advertía que aquella contaba con más seguidores entre personas con estudios medios o superiores que entre quienes tenían apenas el graduado escolar (que esa estadística no ha perdido vigencia me lo acaban de confirmar mis alumnos universitarios, forofos confesos del horóscopo de 20 Minutos). Tremenda desilusión: se pensaba que las pseudociencias eran fruto de la ignorancia, un vestigio oscurantista que la modernización tarde o temprano liquidaría como la luz barre las tinieblas; mas la educación no ha tenido el efecto esperado. ¿Cómo se explica esto?

“La astrología se proyecta como una escuela de voluntad. Prepara para un mundo competitivo donde lo único que cuenta es el éxito”

Veamos. En una primera lectura lo que sorprende de estos augurios es que, sacando su organización conforme al zodiaco, apenas hablan de astrología. Nada de casas astrales, oposiciones, alineaciones o nexos entre la posición de los planetas y los consejos que de ellos se derivan.

Por eso los astrólogos tradicionales tachan a los “horroróscopos” –así los llaman– de versiones pervertidas de su disciplina para consumo masivo; y en verdad parecen elaborados por un programa que día tras día combina los mismos signos, avisos y buenas nuevas sobre los ejes de amor, dinero y salud.

De eso sabía mucho Theodor Adorno, que en los años 50 estudió sesudamente los horóscopos de Los Angeles Times. Observaba el filósofo que estos se limitaban a dar consejos imbuidos de sentido común. El misterioso orden de las esferas celestes se veía reducido a la más prosaica cotidianidad; en su pequeño mundo astral no había catástrofes en ciernes –salvo accidentes de tráfico–, ni osadas peripecias que acometer –todo resulta practicable–; tampoco aludían a conexión cósmica alguna; de hecho, el lector interpelado aparecía escasamente conectado con el mundo, encerrado en sus microgrupos de familiares, vecinos y compañeros de trabajo.

Poco han cambiado desde entonces. Una lectura atenta revela que el cometido de los horóscopos sigue siendo el mismo: promover la ‘inteligencia emocional’ (“No juzgues a los demás en el trabajo; te supondrá una pérdida importante de energía”); ajustar al destinatario a su medio (“Tienes que encontrar la manera de compaginar de un modo lógico tu vida doméstica y familiar con la vida laboral”); y en este sentido son conformistas.

El malestar causado por el entorno es reconducido al lector: si en el trabajo nos va mal, es por no saber llevarnos con el jefe; si sufrimos, es por hipersensibles; si nos decepcionan, es por fiarnos demasiado (“Debes tener cuidado con la información que das a tus compañeros”).

Para los problemas sociales, señalaba Adorno, prescriben soluciones individuales y pragmáticas (dormir mucho, saber controlarse, conocer gente influyente...). De ahí la observación de Barthes: contra un fondo de aparente determinismo, la astrología se proyecta como una escuela de voluntad. No enseña a comprender mejor la vida y su intríngulis, sino que prepara para un mundo competitivo donde lo único que cuenta es el éxito.

De los consejos se deduce la imagen de su destinatario ideal: un adulto joven (treinta y pocos años), enamoradizo (que debe contener sus impulsos para no perjudicar su equilibrio psíquico y su carrera profesional), para quien la vida está llena de amenazas (desamor, desempleo, enfermedad); un individuo subordinado a sus superiores al que sin embargo se muestra como capaz de tomar decisiones y se le prometen desenlaces felices.

 

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