La apasionante historia de uno de los "padres" de la medicina | 01 ABR 14

Aquella vieja tentación Galénica

Según Galeno, el buen médico debía ser un maestro en tres ramas de la filosofía: lógica o sobre la ciencia de cómo pensar; física como ciencia de la naturaleza; y la ética para un correcto proceder.
Autor/a: Dr. Oscar Bottasso Fuente: IntraMed 

Tras la destrucción de Corinto en el año 146 antes de Cristo, Roma se convirtió en el norte de la medicina griega. El primero en establecerse fue Asclepíades de Bitinia quien discrepaba con la teoría hipocrática de los humores. También se destacaron Dioscórides, Sorano de Efeso, y Antilo, entre otros. Pero la figura descollante fue sin duda Claudio Galeno. Nació en Pérgamo en Asia Menor (129 o 130) hijo de Aelius Nikon, un próspero arquitecto; el cual había sido visitado en sueños por Asclepio quien le profirió un destino médico para el muchacho.

Atento al mandato, el joven Claudio, apenas adolescente pero ya poseedor de un amplio dominio de las matemáticas y la filosofía, inició sus estudios en Pérgamo para luego proseguirlos en Esmirna, Corinto y Alejandría. Tras el regreso a  su ciudad natal fue designado médico de los gladiadores. También trabajó en el templo de Asclepio y así fue estableciendo una floreciente práctica privada. Un buen día decidió probar suerte en Roma, donde arribó en el 161.

Gracias a su buena estrella, diagnósticos brillantes y curas maravillosas atrajo admiradores y pacientes con gran influencia en los círculos de poder. Casi sorpresivamente, al cabo de cinco años retornó a Pérgamo, alegando que la hostilidad de sus colegas lo había llevado a tomar tal decisión. Aunque otra versión señalaba que su abrupta partida había coincidido con un brote epidémico instalado en la capital imperial. Poco después y a raíz de un requerimiento muy encomiástico de Marco Aurelio, Galeno regresó. El mismo emperador sostenía que era el primero entre los médicos y filósofos.

¿Cuáles fueron las razones para tamaño encumbramiento y dilatada perdurabilidad?

En Galeno confluye la escuela de Alejandría y la filosofía Aristotélica. Según él, el buen medico debía ser un maestro en 3 ramas de la filosofía: lógica o sobre la ciencia de cómo pensar; física como ciencia de la naturaleza; y la ética para un correcto proceder. De lograrlo, podía ganarse el acatamiento del paciente y la admiración tributada a un Dios. Entroncado con esta condición de quasi Deidad, la práctica médica tenía que regirse por el amor a la humanidad y no por lo pecuniario.

Desde su posición, la investigación anatómica frisaba lo excelso. El anatomista debía ser reverente con el Creador puesto que su trabajo en definitiva revelaba la sabiduría del Gran Hacedor. En este contexto, la disección llegaba a ser una experiencia si se quiere religiosa. La anatomía le sirvió incluso para reconciliar debates filosóficos, como la controversia acerca del asiento de la razón en el cuerpo. Los Aristotélicos lo ubicaban en el corazón puesto que la voz, como instrumento de la razón, provenía del pecho; mientras que los no enrolados en esta perspectiva lo situaban en la cabeza. Su demostración que el nervio recurrente laríngeo controla la voz reivindicaba esta última postura. Si bien sus investigaciones se llevaron a cabo en animales, sobre todo monos y cerdos, algunos estudiosos de sus textos suponen que también efectuó disecciones en seres humanos, por ejemplo criminales que no habían sido enterrados. Hizo descripciones del aparato locomotor como así también de los nervios craneales y el sistema simpático.

Nunca satisfecho con la representación anatómica, igualmente procuró entender la relación estructura-función enriquecida con un importante ingrediente especulativo. De alguna manera estableció los cimientos para lo que mucho después llegaría a ser una ciencia de la medicina. Según su visión, la sangre era continuamente sintetizada a partir de los alimentos ingeridos. La fracción aprovechable de los mismos se transportaba desde los intestinos vía de la vena porta al hígado, donde gracias a la capacidad innata de la víscera se transformaba en sangre venosa. Los tejidos sorbían los nutrientes requeridos en virtud de una suerte de selección específica. La parte inutilizable se convertía en bilis negra por el bazo. Tras el arribo al corazón la sangre debía pasar desde el ventrículo derecho al izquierdo, por varios caminos. Entre ellos, poros en el tabique, no visibles a la inspección.

 

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