La verdad y otras mentiras | 15 SEP 13

Mi consultorio es un “lloratorio”

Acerca de la necesidad de un lugar donde llorar.
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Si les das el tiempo suficiente todos te cuentan un secreto. Te quedás callado mirándolos a los ojos. Primero hablan de sus molestias físicas, las describen con detalle. Después no saben qué decir. A veces repiten lo que te acaban de contar pero con mayor intensidad. Aplican hipérboles y pelonasmos. Hacen gestos grandilocuentes. Después se produce un silencio incómodo. Una tensión muda pero palpable. Entonces bajan la mirada. Vos te quedás callado. Buscan algún objeto para tocar. Acomodan el florero o enderezan el calendario. Las manos ensayan su lenguaje. Hablan con gestos y movimientos porque no hacerlo les resulta insoportable. Pero vos te quedás callado.

Los mirás directo a los ojos. Se inflan como si el aire se negara a salir de sus pulmones. El pecho se les dilata. La cara adquiere la forma de un globo de cumpleaños. Las mejillas enrojecen, los labios se adelgazan. Se quedan duros como si fueran de piedra. Algo que les sube desde el pecho les busca la boca. Ellos la clausuran como una muralla inútil. Como una compuerta de cartón que quisiera detener a un maremoto. Vos te quedás callado. Mueven las piernas. Escuchás el taconeo nervioso de los zapatos contra el piso. Es un redoble de tambor. Lo que busca salirse los va tomando por completo. Como el movimiento de la tierra que antecede a la erupción. Prueban tragarse las palabras. Pero vuelven y vuelven. Regurgitan como si fueran rumiantes. La boca se les hincha. Pero vos te quedás callado.

 

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