Por Leonardo Strejilevich | 29 ABR 13

Las enfermedades mentales son enfermedades del cerebro

Nuestro ambiente, en Argentina, tiene una elevada densidad psicoanalítica. El mundo exterior y el mundo interior están unidos inseparablemente en nuestros cerebros.
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Fuente: El Intransigente, Salta 

La frase que encabeza estas líneas pertenece a Wilhelm Griesinger (1817 – 1868), médico psiquiatra alemán,  colocado en una fuerte corriente organicista en la medicina y especialmente en la psiquiatría de su época. Fue una de las figuras importantes de la psiquiatría universitaria positivista que se apoyó en el progreso de las ciencias fundamentales.

Nuestro ambiente, en Argentina, tiene una elevada densidad psicoanalítica. El mundo exterior y el mundo interior están unidos inseparablemente en nuestros cerebros. Por otra parte, el conocimiento práctico de los trastornos y de las enfermedades mentales orientadas a su solución no tiene nada que ver, hasta el presente, con las más variadas de las presuposiciones teóricas.

La enfermedad es un proceso real aún cuando pueda ser imaginaria, es decir, un proceso cerebral quizá anómalo pero no necesariamente enfermizo.

El substrato del pensamiento, la conciencia, la emoción es el cerebro, es la organización de su estructura en sistemas la que sostiene, procesa y conduce los contenidos y los procesos psíquicos.  El cerebro, es el substrato de nuestra vida interior.

La medicina y en especial la psiquiatría aún no han definido con precisión las coordenadas que permiten ubicar, categorizar y clasificar los estados mentales anormales. Pero sí sabemos que la mente no es el alma inmaterial sino un sistema de procesos cerebrales que pueden ser modificados por ciertos medicamentos, palabras y gestos y en todo caso aliviar al doliente, al enfermo, es decir al que sufre.

Antiguamente se creía que lo mental era inmaterial pues aún no había nacido la neurociencia. La comprensión del mecanismo de las enfermedades se produjo a partir del desarrollo de la biología celular, la bioquímica, la farmacología, la bacteriología, todas ellas nacidas en el siglo XIX y que fundamentaron los tratamientos médicos que obran sobre las fuentes de los padecimientos.

La medicina actual estudia y trata los trastornos mentales como enfermedades cerebrales y como dijimos éstas no constituyen trastornos del alma inmaterial.

Todavía la psiquiatría científica no ha podido resolver todos los problemas pero desde 1960, cuando aparecieron las primeras drogas antipsicóticas, se fueron vaciando los asilos de alienados los que, por otra parte, nunca albergaron a más del 1 por ciento de la población.

No hay enfermedades en sí que se puedan adquirir o perder, descartar o transmitir como cosas separadas de los organismos afectados por ellas.

La única especialidad médica que sigue utilizando en exclusiva el diagnóstico sintomático es la psiquiatría. La buena praxis en medicina combina hipótesis con datos, es a la vez racional y empirista. El psicoanálisis es una teoría o doctrina que no tiene base neurocientífica ni confirmaciones experimentales. El único intento de experimento serio y correcto realizado por psicoanalistas se hizo 111 años después de la aparición de esta teoría y su resultado no fue positivo (Vaughan y otros, 2000), es decir, no es distinguible de un efecto placebo (objeto placebo es una cosa o procedimiento que alivia un mal sin actuar directamente sobre el organismo; su efecto se llama respuesta placebo.

Esta respuesta es real pero no se debe al objeto placebo por sí mismo sino a la creencia o expectativas del paciente en su eficacia. Un objeto placebo activa sitios específicos del cerebro. El efecto placebo sólo ocurre en un cerebro manipulado por otra persona; su efecto es más pronunciado cuanto mayor es el prestigio del profesional; además, los placebos costosos son más eficaces que los baratos). Se sigue cometiendo la falacia del post hoc, ergo propter hoc (después de eso, por lo tanto, debido a eso). La eficacia terapéutica no es causal sino casual si son creídas por el paciente; creer es también un proceso de la corteza cerebral. Es real el control cognitivo de las vísceras y las emociones.

No hay tratamiento perfecto; ni siquiera la mejor de las terapias es adecuada para todos. Todo tratamiento consiste en manipular variables o propiedades reales y esto incluye a las terapias exclusivamente verbales como las psicoterapéuticas. Por otra parte la medicina, aún hoy, no tiene teorías lo suficientemente amplias y precisas.

Hipócrates (Cos c. 460 a. C. – Tesalia c. 370 a. C.) advertía contra los “postulados” o hipótesis no controladas y rechazaba las fantasías de los presocráticos. A la escuela hipocrática le debemos la tesis de que las enfermedades son procesos naturales que nada deben a los dioses; que cada enfermedad tiene su curso propio; que la mayoría de las enfermedades se curan solas sin intervenir sobre ellas y que para conservar la salud hay que tomar medidas preventivas y tener hábitos saludables. Esta medicina se basaba en el empirismo o apego a la experiencia y trataba al paciente en forma integral.

Alcmeón de Crotona (siglo VI a. C.) fue un filósofo Pitagórico dedicado a la medicina; fue el médico siciliano que primero afirmó que el cerebro es el órgano de la mente. Por mucho tiempo se consideró a la medicina como una artesanía pobre en ideas y por lo tanto incapaz de desafiar a la teología.

La transición de la medicina tradicional a la moderna alcanzó su madurez hacia el año 1800. Hasta ese momento, las terapias o tratamientos eran eficaces por el retorno espontáneo a la salud (vis medicatrix naturae) y por el conjunto de los efectos placebo.

Si bien no se conocían los substratos neuronales de los trastornos mentales esto se agravó por razones culturales derivadas de la concepción del dualismo psiconeural (cerebro y alma). No se conocían tampoco los circuitos nerviosos que conectan el cerebro con el sistema endocrino y la fisiología del hoy conocido sistema psiconeuroendocrinoinmunológico. Hoy en día conviene estar alerta para filtrar la sobreabundante información en medicina y estar atentos a los nuevos hallazgos biológicos, bioquímicos y farmacológicos. La investigación científica es la mejor manera de conocer los hechos rechazando las visiones e interpretaciones mágico-religiosas, la intuición dogmática, el empirismo a ultranza, el escepticismo infundado y el relativismo. Pasó mucho tiempo desde que muchos pueblos primitivos hace 10.000 años practicaban la trepanación por creer que así curaban las enfermedades mentales o al menos dejaban escapar a los espíritus malignos del interior de la cabeza.

Todavía hay escuelas de psicología clínica y de psiquiatría que persisten en ignorar el cerebro o que creen que todo lo mental es computacional. Los procesos mentales son cerebrales; la cognición es una función de la corteza cerebral; lo emocional es una función de estructuras cerebrales subcorticales conectadas con la corteza; la conducta es controlada por la cognición y la emoción. En todo caso, el estado de nuestra evolución actual es el resultado de dos evoluciones: la biológica y la social.

La medicina es parte de la cultura no de la naturaleza y se ocupa tanto de lo objetivo como de lo subjetivo y en muchísimos casos sigue vigente aquello de la vis medicatrix naturae (fuerza medicinal dada por la naturaleza).
Las disciplinas que tienen que ver con la salud mental diagnostican y tratan objetivamente a sujetos. Si bien la psiquiatría a lo largo de su historia ha identificado enfermedades mentales con sus síndromes ignora en muchos casos los mecanismos neuronales de dichos trastornos; la misma enfermedad suele diagnosticarse de maneras diferentes a medida que se toma en cuenta el desarrollo histórico de esta disciplina por ejemplo, se persistió erróneamente hasta 1974 en categorizar a la homosexualidad como un trastorno mental cuando no es más que una desviación de la norma estadística.

El célebre y tan mentado libro DSM (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders) de la American Psychiatric Association ha sufrido innumerables cambios, mutaciones y críticas entre 1952 en que salió la primera edición y la actualidad. El DSM científicamente hablando es débil y acotado; se limita a enunciar y categorizar síntomas y síndromes y llamativamente entre la primera edición y la actual se han más que triplicado la existencia de trastornos mentales. De todos modos, se está dibujando una nueva cartografía mental en el cerebro destinada a descubrir mecanismos locales en las redes neuronales y diseñar nuevas psicoterapias.

Aún no se disponen de biomarcadores fidedignos para las enfermedades mentales. En medicina la correspondencia entre síntomas y signos no es biunívoca ya que hay síntomas sin signos correspondientes. El cerebro adulto no recuerda lo que no ha aprendido a tiempo. Distintas áreas del cerebro interactúan entre sí; la cognición y la emoción se influyen recíprocamente; las estructuras cerebrales son interdependientes; las funciones están localizadas, son específicas, especializadas y se conectan y responden en forma integrada. El sistema nervioso central no es una supercomputadora con conexiones rígidas; es un sistema biológico dinámico, adaptable y dotado de plasticidad neuronal.

Actualmente se pueden visualizar los procesos mentales directamente en el cerebro por resonancia magnética funcional (fMRI) basada en que la intensidad de la actividad nerviosa es proporcional al flujo de sangre en las áreas correspondientes.

La medicina es en parte ciencia básica, parte ciencia aplicada y parte tecnología; el ejercicio de la medicina es una artesanía de alta complejidad. La neuropsicología es una disciplina fundamentalmente clínica en la que convergen la psicología y la neurología y que estudia los efectos que una lesión, daño o funcionamiento anómalo en las estructuras del sistema nervioso central como causa de los procesos cognitivos, psicológicos, emocionales y del comportamiento individual. Existen diversos enfoques de esta ciencia, de forma que cabe distinguir la neuropsicología clásica, la cognitiva y la dinámica integral.

La neuropsicología es una rama de especialización que se puede alcanzar después de los estudios universitarios de grado; así, un neuropsicólogo es un psicólogo o médico (psiquiatra o neurólogo exclusivamente), todos especializados en el área, quien se desempeña en ambientes académicos, clínicos, y de investigación, pudiendo evaluar el daño cerebral de una persona con el fin de detectar las zonas anatómicas y las funciones cognitivas afectadas para ser encauzadas en un programa de rehabilitación neuropsicológica.

Estamos asistiendo a una explosión epidemiológica de enfermedades mentales (la depresión al momento es la segunda causa de discapacidad en el mundo y se proyecta para el año 2030 que sea la primera) al tiempo que las especialidades vinculadas al cerebro (neurología, psiquiatría y psicología) se están  trasformando rápidamente  recuperando su status científico.

La psicología especulativa se está retrayendo dejando paso a la psicología neurocientífica que busca las causas de los padecimientos mentales en el cerebro y la solución o alivio de enfermedades graves como la esquizofrenia o las demencias que no responden satisfactoriamente a ella.

La psiquiatría, la psicología y la neurología se vuelven a unir en numerosos aspectos de la salud y la enfermedad mental utilizando terapéuticas actuales como la psicoterapia cognitiva comportamental. De ningún modo el llamado modelo neurobiológico de la salud o la enfermedad mental se cierra sobre sí mismo, por el contrario se abre al entorno, se ocupa de la subjetividad de las personas enfermas, reconoce los factores de riesgo ambientales y genéticos y aprovecha en todo caso los datos científicos obtenidos sobre todo en los últimos treinta años de investigación neurocientífica para encontrar y actuar en consecuencia sobre las bases neuropatológicas de las enfermedades mentales, descubrir y entender sobre la afectación de circuitos neuronales en las enfermedades mentales y ofrecer una psicoterapia más eficaz y eficiente asociada o no a la administración de psicofármacos y a la utilización de varias técnicas de tratamiento complementarias.

 

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