Por el Dr. Alejandro A. Bevaqua | 21 NOV 11

Biología, filosofía y conducta criminal

La sociedad actual esboza una conducta esquizofrénica respecto a la tecnología: por un lado la requiere, la adora, la idolatra, la exige y, por otro, la denuesta pues nos aleja del trato interhumano y pesonal.
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Autor/a: Dr. Alejandro A. Bevaqua Fuente: IntraMed 

Puede afirmarse sin temor a yerro que en los últimos años, el conocimiento en general, y el saber médico en particular, han avanzado a pasos agigantados, particularmente en lo que hace al empleo de nuevas técnicas de investigación biológica y comportamental.

Últimamente el área de la neurociencia y la imagenología neurológica -de la mano de la Medicina Basada en la Evidencia- está al tope de la moda (casi como los cirujanos plásticos) en lo que hace a tratar de explicar todas las conductas humanas, aberrantes o no y, a partir de exponerlas, a intentar comprenderlas e incluso -según algunas corrientes de pensamiento- hasta llegar a perdonarlas si se trata de comportamientos desviados o criminales que asientan sobre una mínima alteración morfológica o funcional cerebral.

Los fantásticos y novedosos hallazgos anátomo-funcionales a nivel cerebral, divulgados tan acertadamente de la mano del Dr. Facundo Manes (de cuyas columnas y programas me declaro seguidor incondicional); la mayor comprensión de los procesos bioquímicos cerebrales; el excepcional desarrollo de la industria farmacéutica y la inagotable provisión de nuevas drogas con acción a nivel del sistema nervioso nos llevan por un camino que tiende inevitablemente, como bien señala el sociólogo británico Nikolas Rose (véase Revista ADN – La Nación, 07/10/11),  a reducirnos a “seres neuroquímicos” con prescindencia de cualesquiera otra de nuestras facetas que nos convierten justamente en humanos, diferenciándonos de otros seres vivos.

Hace un tiempo ya -cuando estas corrientes filosóficas sustentadas principalmente en lo biológico empezaban a tomar auge- el Prof. Dr. Humberto Lucero enseñaba, anticipándose a un nefasto futuro y acertadamente a mi modo de ver, que no se puede conceptualizar la conducta humana sólo, o principalmente, a partir de “pinchar cerebros”; nos recordaba así este verdadero Maestro de la Medicina Legal y la Psiquiatría Forense que existe un trasfondo que escapa a la pura biología, que trasciende la estructura celular más íntima para asentar en cuestiones filosóficas, culturales, éticas, morales, medio ambientales, educacionales, etc.

Las enseñanzas del Prof. Dr. Humberto Lucero revalorizan la esencia misma de la Medicina, pues radican precisamente en no reducir la tarea médica, el verdadero arte de la Medicina, a una mera cuestión técnica: en definitiva, pretendía inculcarnos este sabio docente en nuestra conciencia la importancia del trabajo personal del especialista en Medicina Legal y/o en Psiquiatría Forense; o, inversamente, la estúpida futilidad de basar la tarea pericial solamente en tablas de diagnóstico predeterminadas, o en estudios de neuro-imágenes o de mediadores neuroquímicos.

Pero cuidado: No se trata de despreciar estos conocimientos -sólo un necio lo haría- sino apenas de ponerlos en su justo lugar; todo nuevo saber, aunque parcial, contribuye a construir el edificio del conocimiento del sujeto criminal y, consecuentemente, brinda herramientas para enfrentar esta amenaza ya no latente sino real y concreta.

Alteraciones mínimas funcionales o anatómicas del cerebro, a veces sólo evidentes luego de largas investigaciones o con el paso del tiempo, pueden dar sustento bio-funcional a la presencia de conductas inapropiadas en los individuos humanos devenidos, a su vez, seres sociales. Las modificaciones -a veces imperceptibles- del lóbulo frontal del cerebro pueden, por ejemplo, dar lugar a comportamientos con connotación sexual reputados de aberrantes, nocivos. La biología y la bioquímica cerebral, en última instancia, explican parcialmente, pero no justifican en absoluto.

No todos los sujetos con similares anomalías anátomo funcionales desarrollarán las mismas conductas patológicas, antisociales, criminales; la existencia de modificaciones anatómicas, o alteraciones funcionales cerebrales, pueden explicar una conducta desviada, pero no es la única explicación y, por cierto, no es una condición que exculpe al desviado -imputable o no- al punto de permitirle circular libremente entre el resto de sus congéneres.

La sociedad actual esboza una conducta esquizofrénica respecto a la tecnología aplicada a cuestiones médicas: por un lado la requiere, la adora, la idolatra, la exige y, por otro, la denuesta pues nos aleja del trato interhumano, personal -que tanto se reclama- con el médico; igual situación se da con la ciencia y la tecnología aplicadas al método médico legal de Investigación Criminal.

Se pretende pues -equivocadamente a mi entender- reducirnos, en más de un sentido, a una mera secuencia de interrelaciones neuroanatómicas y ecuaciones neuroquímicas y, lo que parece peor, se intenta explicar todo nuestro comportamiento, aún el desviado o criminal, sobre esta base, si no endeble al menos estrecha.

De consolidarse esta pretensión de explicar, justificar y hasta perdonar buena parte de las conductas desviadas por la existencia de mínimas alteraciones anatómicas o bioquímicas cerebrales, se conformaría un escenario de inequidad para todos aquellos que, con iguales o similares variaciones, no hubieran delinquido.

Y se minimizaría el trabajo del especialista en Medicina Legal y/o en Psiquiatría Forense -del verdadero especialista y no del que sólo aparenta serlo- pudiendo abandonarse entonces la tarea pericial en manos de técnicos entrenados en obtener imágenes cerebrales o completar casilleros en cuestionarios preestablecidos.

El ser humano no puede ser reducido, por más que se lo intente, a términos meramente estructurales anatómicos o a ecuaciones neuro-bioquímicas; el trabajo médico en general, y la tarea pericial en particular, no puede asentar, bajo ningún punto de vista, sólo o principalmente en estas razones.

Una cosa es, pues, disponer de los conocimientos y la técnica para investigar, sobre bases científicas, la cuestión criminal, y otra muy distinta cosa es qué se hace luego con ese saber, cómo se lo aplica. De allí la importancia capital que debe atribuirse a la adecuada e integral formación del recurso humano en cuestiones que hacen a toda la ciencia médica en general y, en especial, a la tarea médico legal.

Alejandro A. Bevaqua
Especialista Jerarquizado en Medicina Legal
M.P.: 220167

 

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