Por la Dra. Mónica Katz | 12 SEP 11

Obesidad: la eterna procrastinación

Convoco a todos aquellos que deseen comenzar el debate imprescindible acerca del peligro de las dietas extremas sin mayores demoras.
Autor/a: Dra. Mónica Katz 

La obesidad sigue creciendo mientras rara vez nos dedicamos a discutir qué hacer con ella. Existe una eterna procastinación respecto de acciones concretas para combatirla. Intentaré compartir con Uds. algunas de las múltiples razones que generan este panorama.

El antiguo modelo maltusiano, que centró las estrategias alimentarias durante el siglo XX basadas en la escasez de alimentos y en aquellos que no acceden a ellos, aún está plenamente vigente. Aunque la malnutrición por exceso produce más muertes, la imagen de un hambriento en Somalia o Haití supera a la de un obeso comiendo una suculenta  porción de comida. Es que la inminencia de la muerte todavía nos conmociona, ¡por suerte!

En su libro recientemente publicado, Hamermesh postula que la belleza paga. Esto justifica en gran parte la obsesión mundial: el ideal estético se impone y uno de sus principales atributos es la delgadez. De tanta famosa hambreada, hemos instalado entre todos la imagen “anorexoide” como ideal.

Un elemento adicional es la falta de diálogo intersectorial. Existen algunos actores algo preocupados por el tema, quizás porque su negocio roza directamente el tema obesidad. Sin embargo, sus acciones se ven minimizadas, pues podrían poseer conflicto de intereses con su rentabilidad.

¿Y qué hay de los gobiernos? Sin duda, son los que más lo han intentado. De todas formas, se invierte más hora profesional y presupuesto en diagnóstico que en soluciones y, mientras, la pandemia se erige como un fenómeno indestructible. De no accionar ahora, no solo viviremos en un mundo obeso, sino que esos niños obesos vivirán menos que sus padres y abuelos.

Pero ¿qué se ha intentado en el ámbito público? En principio: educación. Para ello se ha trabajado en guías de alimentación diversas. Cada país intentó variantes algunas, por cierto, poco acertadas de la famosa pirámide alimentaria norteamericana. Gráficas no muy creativas. Múltiples versiones de lo mismo. Claro que la gente las usa poco y las comprende menos. Las escuelas creen y hasta se han quedado tranquilas y satisfechas al incluirlas en la currícula. Perciben que con eso ya cumplieron…  La última adquisición ha sido “Mi Plato”. Por lo menos, USA ha intentado volver más simple lo que gracias a todos hemos complejizado. El grado de featuritis -inclusión excesiva y exagerada de características y funcionalidades llevada a grados superlativos a un producto- ha llegado a niveles inimaginables.

A esta altura se preguntarán: ¿Por qué no funcionó? Porque educación no es cambio. Es sólo un primer paso hacia él. ¡El resto de la maratón nunca parece comenzar!

Además, la información publicada por los medios es vapuleada por cualquiera que, validado por los estos, habla en muchos casos de alimentos y nutrición sin siquiera ser especialista. Esto solo logra confundir más a un consumidor que, cuando se detiene frente a la góndola, ya no sabe bien qué es bueno para comer.

¡Y luego están las dietas! ¿Qué decir de ellas? Creo, sin equivocarme, que en un mundo con un mercado alimentario no regulado son casi absurdas. ¿Cómo comer lo que la dieta me propone mientras el mundo sigue consumiendo y disfrutando de todo lo que hay disponible?

Lo que empeora el escenario es que la gente, y con esto me refiero a los profesionales también, cree en ellas. ¡No puedo dejar de pensar en lo naif de esta creencia! 

Imagínense a un mono “completador” equipado con un genoma ahorrativo, ¡a dieta!

La filosofía básica de la dieta es el control, la prohibición, la abstinencia y las calorías. Pero las personas necesitamos, cada día, una dosis de calorías y una de placer. Las dietas, en general, no están basadas en ese ingrediente esencial. Por supuesto que las extremas en calorías -menos de 800cal/día- y en nutrientes -muy reducidas en hidratos-generan una respuesta adaptativa psiconeuroendocrina inexorable.

Es impactante observar cómo desde el ámbito profesional nadie cuestiona estas prácticas. Reina un silencio demasiado evidente. ¿Cómplice? ¿Cómo podría un agente de salud recomendarlas? ¿O avalarlas? Existe enorme evidencia acerca de sus efectos adversos y de su falta de eficacia en el mediano y largo plazo.

Convoco a todos aquellos que deseen comenzar el debate imprescindible acerca del peligro de las dietas extremas sin mayores demoras. Es mi sueño, ¿imposible? Poder formar un "observatorio ético de prácticas nutricionales" formado por sociedades científicas, universidades, colegios profesionales, gobierno y pacientes.

Solo instalando la norma de la condena moral podremos combatir una historia que no parece tener fin.

Porque no contemos con métodos mejores, no deben tornarse válidas prácticas que no están validadas. Comencemos la campaña que Hipócrates comenzó hace siglos: primum non nocere.

 

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