Por el profesor Alcides Greca (UNR) | 08 JUL 11

De Honores y Honorarios

Lo claro y lo oscuro de las actitudes de los profesionales ante el honorario que retribuye sus servicios.
Autor/a: Prof. Dr. Alcides Greca Clinica-UNR

La remuneración del trabajo tiene varias denominaciones: a) salario, para referirse a lo percibido en forma periódica por el trabajador en relación de dependencia con un empleador (voz que hace referencia a que en la antigüedad se retribuía el trabajo con sal), b) sueldo, por lo general entendido como remuneración mensual, c) jornal, para la retribución diaria o por jornada.

Curiosamente, para las profesiones liberales en las que por un determinado trabajo se pacta un cierto pago en forma libre, se utiliza la palabra “honorario”. Sin duda alguna, la remisión al honor, es inmediata. Si bien para algunos, esto hace referencia a que así se entendía la retribución en la corte de honor de los reyes, es difícil dejar de pensar en que al pagar un honorario estamos haciéndolo por el honor que el profesional en cuestión nos ha hecho al brindarnos sus servicios.

Por contrapartida, hay situaciones en donde quien trabaja se siente honrado por desempeñar la función y por ello no requiere retribución pecuniaria y lo hace ad honorem (por el honor).

Sea una u otra la situación, es indudable que el honor y el trabajo profesional están lingüísticamente relacionados y por ello vinculados profundamente en nuestro universo simbólico.

A los médicos (es bien sabido) nos cuesta hablar de dinero y abordar el tema de nuestros honorarios (que siempre nos parece espinoso) con los pacientes. Pese a que el enfermo idealiza al médico para considerarlo en condiciones de devolverle su perdida salud, y a no dudarlo para quien esto padece no hay mayor honor que permitirle volver a su estado anterior (aunque esto no sea más que una ilusión), hemos sido los propios médicos quienes instalamos la idea de que la nuestra es una misión humanitaria que no debe medirse en términos de dinero. Una sonrisa o un apretón de manos agradecido es para nosotros suficiente paga.

Esta actitud quijotesca (dirán algunos), ingenua (pensarán otros) o hipócrita (los menos condescendientes) lleva irremisiblemente a la frustración, la desazón y el encono. El médico se siente desvalorizado y reacciona inconscientemente contra su paciente. El envenenamiento de la relación entre ambos, (fácil es advertirlo), resulta inevitable.

 

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