Escepticemia, por Gonzalo Casino | 03 ENE 11

Placebos sin engaño

Sobre el emergente campo de estudio de las terapias con sustancias inertes.

El que un médico recete explícitamente un placebo tiene a todas luces un punto de provocación o de ingenuidad. El conocido efecto terapéutico del placebo se fundamenta esencialmente en que el enfermo no sabe que lo que está tomando es una sustancia inerte. Si llega a conocer que la píldora que le dan es simplemente un comprimido de azúcar, el efecto placebo se disolvería como el azucarillo que ha ingerido. Sin sugestión, desaparece la magia del placebo. O eso es al menos lo que se creía. Pero las cosas quizá no son así.

Un intrigante ensayo clínico publicado el 22 de diciembre de 2010 en PLoS One ha venido a sugerir algo tan antidogmático como que los placebos funcionan incluso cuando los pacientes saben que son placebos. El estudio en cuestión se centró en pacientes con síndrome del intestino irritable, un trastorno funcional (el diagnóstico se hace tras descartar problemas orgánicos) que es uno de los 10 primeros motivos de consulta médica en todo el mundo. Los voluntarios fueron divididos en dos ramas, para comparar los que no recibieron ningún tratamiento frente a los que tomaron un placebo, con la peculiaridad de que a estos últimos se les informó de que lo que se les daba era una sustancia inerte (incluso en el bote de pastillas ponía “placebo”). Y los resultados no dejaron lugar a dudas: quienes tomaron placebo mostraron una mejoría de sus síntomas muy superior a quienes no recibieron tratamiento.

Aunque se trata de un estudio preliminar, realizado con sólo 80 pacientes, en su mayoría mujeres, entre otras limitaciones, los resultados plantean un nuevo enfoque para el estudio de las posibilidades de los placebos en el tratamiento de diferentes trastornos. Además del síndrome del intestino irritable, las principales dolencias para estudiar la eficacia del tratamiento con “placebos sin engaño” son la depresión, el trastorno de ansiedad y el dolor, además de una larga lista de enfermedades con un cierto componente subjetivo que se intensifica con el estrés. Pero todo esto, de momento, no son más que sugerentes posibilidades derivadas de un estudio piloto y pendientes de estudio.

Si los placebos realmente funcionan aun si el paciente sabe que lo son, se abriría un nuevo e interesante campo en la terapéutica. De entrada, desaparecería el actual dilema ético del engaño al paciente, pues ya no se le ocultaría que se le está recetando un placebo. Ahora son pocos los médicos que administran auténticos placebos, aunque muchos reconocen haber recetado medicamentos a sabiendas de que no tendrán un efecto apreciable sobre el paciente. El ritual de la consulta médica y del tratamiento tiene sin duda algún efecto curativo, pero está lejos de ser cuantificado y debidamente entendido.

 

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