Nuevas formas de esclavitud | 31 OCT 10

La dictadura de la imagen y sus sumisas esclavas de la delgadez

Los dispositivos de sujeción -¿represión?- son, básicamente, tres: la dieta, el gimnasio y la cirugía .

Por Marcelo A. Moreno

Las mujeres han recorrido un prolongadísimo y ríspido camino para llegar a ocupar posiciones -al menos en Occidente- más o menos igualitarias con los hombres en ciertos campos. Luego de siglos y siglos de estar esclavizadas por las rígidas estructuras del machismo patriarcal, avanzaron en el siglo XX a una velocidad inusitada, ritmo que sin embargo parece haberse amesetado -hay siete primeras ministras y diez jefas de Estado en todo el mundo, el mismo número que en 1995-.

Pero, a cambio de muchas libertades, como la sexual, se les impone, incluso más opresivamente que en otras épocas , ser objetos de deseo. La nueva esclavitud se llama delgadez -aunque, eso sí, con formas- y resulta poco menos que obligatoria.

Se podría pensar que lo de ser esbeltas se relaciona con mantener un buen estado de salud. O, como pensaba Georg Lichtenberg, por la facilidad que otorga para la práctica del sexo. Pero no. Es la condición necesaria para habitar el mercado del deseo. Del deseo masculino, por supuesto.

Una reciente encuesta hecha sobre 6.800 argentinas reveló que el 42% se encuentra encuentran insatisfechas con su cuerpo y que el 60% considera “muy importante” ser atractivas a sus parejas.

Si desde el aparato publicitario global se nos exige a todos, a través de las y los modelos jóvenes, lindos e hipervitales, seguir el ejemplo corporal de estos ejemplares modélicos, sobre las mujeres la presión es arrolladora. Y no es moda. Es un patrón de belleza tiránico, que no admite desviaciones, aunque el costo suponga diversos tormentos y variadas privaciones.

Los dispositivos de sujeción -¿represión?- son, básicamente, tres: la dieta, el gimnasio y la cirugía . A través de ellos, muchas veces combinados, la mujer no sólo podrá ofertarse en el mercado del deseo sino también tendrá el pasaporte adecuado para ingresar en otros mercados, como el social o el laboral.

En una sociedad planetaria abarrotada de imágenes, que todo lo convierte en espectáculo, el aspecto personal pasa a ocupar un espacio clave, tanto o más que la personalidad misma.

El anacrónico pecado de la gula resucitó , sólo que en vez de referirse a banquetes maratónicos o a atracones memorables, puede aludir a un chocolatín, una porción de torta, una media luna o un especial de jamón y queso.

La culpa descomunal que semejantes inocentadas provocan pueden terminar en algo grave, como la bulimia o la anorexia. Y hasta fatal.

Como se ve, no se trata de ninguna frivolidad . Poco antes de abandonar, con altos índices de popularidad, la presidencia de Chile, Michelle Bachelet le confesó a un periodista que una de las cosas que más la había mortificado durante su gestión era que sus compatriotas la llamaran “La gorda”.

Parece una ironía, pero esa breve luminosidad que fue Marilyn Monroe, célebre por su belleza, cuando era la amante del desamorado John Kennedy y l e sobraban encantadoramente unos kilos, hoy acaso no encontraría talle en una boutique.

Alessandra Rampolla resulta transgresora no porque dicte clases de sexo por TV con estimulante liberalidad sino porque lleva ser gordita con felicidad y simpatía.

Y eso hoy suena casi a subversivo.

Hubo una época, hace mucho, en que algunos, como Paul Valery, entre tantos, hablaban con tranquila certeza de la existencia del mundo del espíritu.

 

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