La verdad y otras mentiras | 17 AGO 10

La verdad es hija del error

A propósito del nuevo libro de David Freedman,“Wrong”.
Fuente: IntraMed 

Resulta siempre atractivo ejercer una crítica hacia las verdades establecidas. Desmitificar es redituable y convoca la atención. Pero a menudo no se dice más que lo ya se sabía. El marketing editorial administra los rostros de la verdad hasta encontrar el que más lo acerque el éxito. David Freedman -en su nuevo libro “Wrong”- emplea datos reales y los muestra del modo que más llame la atención. 

¿Qué afirma Freedman?

Equivocados. Por qué los expertos nos siguen defraudando”. Freedman, un periodista que publicó en The New York Times y Scientific American, la emprende contra todos: desde Deepak Chopra, el médico gurú de las ciencias alternativas, hasta el CEO estrella del showbusiness Donald Trump. “Diversas encuestas revelan que el fraude, la ambición, la desmesura, la supresión de información, los análisis de baja calidad, la política, la falta de rigor científico, y muchos otros serios defectos aparecen hasta en los más respetados investigadores e instituciones”, advierte Freedman en su libro. Cita Newsweek

Es una obviedad afirmar que la ciencia comete errores. El método científico es, precisamente, un procedimiento destinado a la búsqueda sistemática del error. En particular de los propios.  Cada uno de los errores –a menudo dramáticos- que la ciencia ha cometido han sido denunciados, desarticulados y rectificados por la misma ciencia. Cualquier forma de saber que no se someta a la contrastación empírica, que no ejerza una vigilancia obsesiva ni una crítica permanente de sus propias afirmaciones, no es científica. Las verdades de la ciencia son siempre refutables y provisorias. Son estos mecanismos de autocorrección los que la distinguen de una secta incluso de aquellas que se apropian del prestigio social de la ciencia mientras rechazan su metodología. Decía Mark Twain: “Sólo la ignorancia afirma o niega rotundamente, la ciencia duda”. Y duda en primer lugar de sí misma. Es ésa su mayor ventaja respecto de otras formas de conocimiento que se resisten al veredicto de la prueba. Ni el más imbécil de los científicos cree que sus verdades resultan inapelables, irrefutables o indiscutibles.

La ciencia es un modo de pensar. Es un procedimiento mediante el cual asomarse hacia la inabordable complejidad del mundo. Hay otros, claro, pero no son mejores. Podría decirse que los científicos siempre están equivocados. Que nunca se rinden a la contundencia de sus propios descubrimientos. El error tiene un valor heurísitco en ciencias donde se lo capitaliza y se le reconvierte en estímulo para nuevas investigaciones. La palabra del experto no tiene relevancia por sí misma ya que lo que fundamenta el valor de una verdad científica no son las personas sino las pruebas. La sumisión a la autoridad -religiosa, política, académica-es precisamente algo de lo que la ciencia ha logrado emancipar a los hombres. El progreso es también la eliminación de los errores, de las falsas creencias y del despotismo de quienes se creen dueños de la verdad. Todavía hay muchas personas que suponen que la ciencia es infalible, siempre verdadera e indiscutible. Casualmente son ésos los atributos que la diferencian del dogma al que la ciencia no ha venido sólo a reemplazar sino a desplazar.

Es verdad que gran parte de lo que se publica en las revistas científicas es erróneo o irrelevante. Pero es en ese espacio donde quien tiene algo que decir y -las pruebas rigurosas para hacerlo- lo ofrece a la consideración de sus pares. La habilidad que se espera que los lectores adquieran es la que les permitiría leer esas publicaciones tomando en cuenta esa característica. Las lecturas ingenuas y el traslado automático de lo publicado a la práctica clínica no sólo resulta peligroso sino que constituye una prueba de ignorancia científica.

El fraude y la corrupción no son temas cuyo origen pueda atribuirse a la ciencia sino a la sociedad de la que forma parte. La misma en la que usted y yo –igual que miles de científicos- vivimos y cuyas miserias combatimos activamente o toleramos con el silencio cómplice que se escuda detrás de la resignación ante lo inevitable. La ambición desmesurada por el poder y el dinero no desaparecerán del estrecho mundo científico mientras sobrevivan en la cultura que lo contiene.

 

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