Por el profesor Alcides A. Greca | 16 JUN 10

El tiempo de la consulta

Para qué sirve la "historia biográfica" del paciente.
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"Hoy atenderé a cuatro pacientes. Tengo para toda la tarde".
Atribuido al Dr. Juan Manuel González, distinguido clínico de Rosario, hace unos cuantos años.

                Es frecuente escuchar referencias a las prolongadas consultas de los clínicos de antaño. La posibilidad de una entrevista distendida, con una conversación minuciosa que abarcaba aspectos que no se remitían solamente a los síntomas sino también a la manera de vivir, a los avatares, alegrías, angustias y dolores de la vida cotidiana, sin olvidar un exhaustivo examen físico, eran hace algunas décadas moneda corriente. En algunos casos existía tiempo incluso, para la realización de algunos exámenes de laboratorio en el propio consultorio o para un vistazo con radioscopia. El médico disponía de tiempo y su trabajo era reconocido y bien remunerado.

                El mundo de hoy, presa de una marcada aceleración en todos los ámbitos, que ha hecho de la inmediatez un modus vivendi generalizado, tal vez como consecuencia lógica de las comunicaciones globales e instantáneas a través de Internet, hace de estas historias, verdaderas piezas de museo. Además, ¿cómo no recordarlo?, la precarización del trabajo médico como resultante de un sistema de atención donde nuevos actores, como las empresas gerenciadoras de salud, se han interpuesto entre el médico y el enfermo, priorizando ante todo, la productividad, cada vez quita más tiempo para la consulta.

                El médico, en particular cuando es joven y recién inicia su práctica, se siente urgido por la larga lista que le espera, hace unas pocas y estereotipadas preguntas, minimiza el examen clínico (¡existen por suerte ecografías, tomografías y resonancias!), pasa rápidamente a solicitar una lista bastante extensa de exámenes de laboratorio…. Y pase el que sigue.

                Las consecuencias son fáciles de imaginar: Un paciente que se va insatisfecho, con la clara sensación de que habló lo mínimo indispensable sin poder comunicarse demasiado, y con una pregunta torturante: “¿Habrá escuchado lo que le dije?” El médico a su turno, tras repetir el proceso en forma mecánica una y otra vez, va cayendo inexorablemente en el hastío.

                “Lo que ocurre es que el enfermo viene nada más que a que le den la pastillita que le solucione el problema y no tiene ganas de contar ni de que le pregunten mucho”, dice el médico convencido y por sobre todo “¿Cómo me voy a poner a averiguar sobre su vida, si tengo que verlo en diez minutos, diagnosticar lo que le pasa y tratarlo?”

                En realidad, se trata de una verdad a medias (escasez de tiempo) y una autojustificación (el paciente no quiere otra cosa). En cuanto a la primera, en particular para los clínicos, la relación con los pacientes suele ser prolongada, a veces de muchos años y la historia de vida no necesita ser contada ni escuchada en una única consulta. Por lo general, el paciente acepta de buen grado que se le señale que determinado punto del relato requiere más indagación y que se volverá sobre él en una futura consulta. Son pocas las situaciones de urgencia que no permiten esta saludable práctica. A menudo, las verdaderas razones que han llevado a la enfermedad aparecen nítidas sólo después de unas cuantas entrevistas. Además, el examen físico no debe omitirse nunca, aun cuando no sea imprescindible para desentrañar las características del síntoma que puede mostrarse fácilmente en el relato del enfermo. Sin caer en las revisaciones agotadoras de antaño, el paciente espera ser examinado y dicho examen tiene en sí mismo una cualidad terapéutica.

                La información que nos proporciona la historia biográfica no es difícil de obtener ni es remiso el paciente a brindarla. El médico a menudo no la investiga sencillamente porque muchas veces no sabe qué hacer con ella. Pero es esencial que se prepare para escuchar relatos (una buena manera puede ser leerlos, sobre todo cuando son obra de grandes escritores) porque en esas historias suele haber claves mucho más importantes que en los datos que brinda la tecnología. El ser humano es tan complejo que carece de toda lógica reducirlo a la alteración de un simple mecanismo biológico.

                En cuanto al tiempo, multiplicar los encuentros sin renunciar a las historias es algo en lo que médico y paciente encontrarán placer y satisfacción; éste, porque se sabrá escuchado, comprendido y tenido en cuenta; aquél, porque se sentirá realizando una tarea humanizada, multifacética y enriquecedora.

*Profesor Alcides Greca, titular de la primera cátedra de Clínica Médica de la facultad de Medicina de la Universidad nacional de Rosario, Argentina.

 

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