La verdad y otras mentiras | 21 ENE 10

"Haití, hambriento de muertos y deseos"

Otra vez médicos y enfermeras, ¿quién más?
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Fuente: IntraMed 

“Puerto Príncipe de las furias yace fatigado a mis pies (...) Hambriento de muertos y de deseos.”
De "El hilo de agua”, de la escritora haitiana Emmelie Prophète.

Pasan tantas cosas mientras escribo esta mañana...  

1. Un ciego llamado Michelle agita una lata pidiendo limosna en una esquina de Puerto Príncipe como todos los días de su vida, como si no hubiese sucedido nada. Tal vez tenga razón. La miseria y la indignidad que lo acompañan desde que nació son lo único que no se ha derrumbado con los temblores. 

2. Suena el teléfono. Una enfermera de Rosario me llama para preguntarme cómo puede viajar a Haití. Tiene 52 años y más de 30 de hospital pediátrico, tres hijos, cuatro nietos, pero está decidida a ir. –“Anoche vi en la televisión a los chicos huérfanos lastimados, muertos de miedo, solos…, yo sé que puedo ser útil allí. Hablé con mi esposo, con mis hijos. ¡Tengo que ir, ayúdame!”

3. Un rescatista mexicano se empecina en seguir una corazonada ocho días después del terremoto. Es absurdo, pero lo hace. Escucha un ruido intermitente pero él sabe que viene de una persona. Un lamento casi inaudible, un residuo de llanto que apenas puede llorarse. Empuja los escombros con las manos. Pide silencio y pega la oreja al hueco oscuro e inestable que alguna vez fue un edificio. Huele con su oído como un animal en la selva de noche. Un puño en la boca del estómago le dice que hay alguien allí. Contra toda lógica, contra toda fisiología. Entonces ve un reflejo circular que no puede no ser un ojo. Lo sabe, no por lo que él está viendo, sino porque siente que ese círculo negro lo mira a él. Introduce la mano debajo de las piedras entre una nube de polvo. Otra mano la recibe, la aprieta. Un fluido cargado de memorias los conecta como una milenaria electricidad. La mano sepultada comprende que no va a morir, la del mexicano para qué ha vivido.

 

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