La verdad y otras mentiras | 08 DIC 09

Viajar a ninguna parte

"Riders on the storm"
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Fuente: IntraMed 

¿Era todo?, pregunté
(siempre un iluso)
no nos dimos nada más
sólo un buen gesto
Patricio Rey


1. ¿Qué Córdoba? ¿Mendoza?

6.45 hs. Una empleada recibe mi identificación, me entrega un ticket y me desea buen viaje. Todo ello sin dejar de mirar la pantalla de su computadora. Es una pena, me hubiese gustado verle los ojos. La mañana es oscura, gris y calurosa. Una sopa de humedad y sueño insatisfecho se deja ver en las caras de cientos de personas que circulan alrededor. El avión despega a horario y sin contratiempos. Ahora el día es soleado y las nubes quedan como un suelo ingrávido debajo de nosotros.  La azafata me entrega un bloque de chocolate amargo y un café frío y desabrido. Me prometo no tocar el chocolate y beber el café, incluso con ese horrible sabor a sótano y dinosaurio. Le he prometido a mi mujer no hacer ninguna de las dos cosas, pero nuestra larga vida en común me indica que se sentirá feliz y sorprendida si alguna vez cumplo aunque sea el cincuenta por ciento de una promesa. Devuelvo el chocolate para no incrementar la larga historia de defraudaciones que me unen a esa mujer. El piloto habla a través de los altavoces. Dice que se llama Aguirre y que se siente muy halagado por el hecho de que hayamos elegido su compañía para volar. Lamenta tener que informarnos que el aeropuerto de la ciudad de Córdoba se encuentra inoperable por razones meteorológicas. Será necesario desviar nuestro vuelo hacia Mendoza donde esperaremos hasta que el clima se serene para intentar arribar a nuestro destino original. Mis circunstanciales compañeros murmuran, se quejan, algunos parecen opinar que el piloto debería intentar un aterrizaje forzoso y turbulento sólo para que ellos puedan cumplir con sus compromisos. Yo no. Mendoza se anuncia a través de las primeras estribaciones de la cordillera. El clima es espléndido y el aterrizaje magnífico, sólo que en el sitio al que ninguno de nosotros pretendía viajar. Nos esperan tres horas de aeropuerto. No está tan mal, pienso. Leo, escucho música, miro la sombra irregular de las montañas insinuándose a través de las ventanas. Ellos caminan con paso acelerado administrándose el más potente sedante nervioso que conocen. Entran y salen de cada uno de los comercios con bolsas, botellas, alfajores, artesanías hasta que  alcanzan la dosis efectiva y luego vuelven a hablar por teléfono, a  insultar, a hacer cada 60 segundos la misma pregunta a la misma persona y a obtener la misma respuesta. Hasta que, no tres, sino cuatro horas y media más tarde nos anuncian el reembarque con destino a la ciudad de Córdoba.


2. Un sitio sin tiempo y sin lugar.

Córdoba, no salgo del aeropuerto. Ya es tarde para hacer lo que tenía previsto. Llego en el horario preciso para tomar mi vuelo de regreso a Buenos Aires. Una empleada me advierte que hay una demora de al menos otras cuatro horas. Mido el tiempo que tengo por delante. Es un tiempo vacío, en un lugar impersonal y aséptico. Algunas horas más de un día repleto de vueltas en círculos sin llegar a ninguna parte. El aeropuerto es enorme, saturado de vidrio y transparencias. Creo que todos los que estamos aquí adentro flotamos en esa atmósfera líquida como peces en una inmensa pecera. Permanecemos suspendidos en un instante donde los relojes se detienen y el tiempo fluye espeso, hecho de barro y gelatina. Este sitio podría estar en cualquier parte. No hay señas particulares. Para saber donde estás tenés que mirar las pantallas o los carteles indicadores en español e inglés: “Pajas Blancas, Cordoba Airport”. No logro sentirme molesto. Hay algo que disfruto, una extraña sensación de placer y perplejidad. Pienso que así, obligado por circunstancias que me son ajenas, es la única manera en que puedo permitirme no hacer nada. Es curioso pero siento una liberación, un extraño gozo. Me abandono al placer de no depender de mi propia voluntad ni del juicio de otros. Me esperan algunas horas donde nada será mi responsabilidad y nadie podrá decir que no hago lo que se espera que haga. Soy libre, de mí mismo y de mis fantasmas. Una libertad paradójica y perversa que sólo me es permitida por este involuntario cautiverio al que me entrego sin resistencias como a una bendición.

Suena en mis oídos “Esa estrella era mi lujo”, esa música salvaje llega directo a mi cerebro como un  narcótico. Me rodean una serie de personas que actúan como si estuviesen perdiendo un tiempo irrecuperable con esta demora imprevista. Hablan por teléfono sin parar con extraños aparatos que adoran como a mujeres, están orgullosos de ellos, escuchan sus exóticos ringtones como a una voz sensual que les susurrara al oído cuanto los admiran, o cuan enormes son los genitales que llevan suspendidos entre sus piernas. Sufren porque pierden un tiempo que no se factura y se les crispan las comisuras de los labios como si en ello les fuera la razón misma de sus existencias. Sus nenas caminan en círculos concéntricos sobre el piso de porccelanato y se miran la cola sobre las paredes espejadas. Se han operado hasta el ridículo. Son muñecas quirúrgicas, cyborgs protésicos sin edad y sin destino, hembras replicantes que oscilan entre el desecho biológico y el grotesco futurista. Están achicharradas de cama solar y los pechos les desbordan las blusas como inútiles airbags de silicona. Son excesivas y patéticas. Han momificado a la joven Barbie que nunca fueron sobre el cuerpo mudo del cadáver que ahora son. Huelen a Kenzo y a sudores premenopáusicos hasta la náusea.


3.  Hola y adiós.

Llega un pequeño grupo de mujeres, apenas cinco o seis. Son médicas. Al parecer vuelven de una jornada de pediatría en la Universidad de Córdoba. Lucen jóvenes pero con el inconfundible aspecto de quienes son madres de hijos aún pequeños. Un brillo acuoso apenas perceptible sobre los ojos, una sombra tenue debajo de los párpados que delata la fatiga de los días, el insomnio de sus noches y el agobio de una demanda que no reconoce límites. Son bellas y están empecinadas en no resignar nada de lo que la vida les ofrece, incluso cuando eso resulte imposible. Se ríen, gritan y disfrutan del momento con esa alegría estridente de niña con que las mujeres se divierten cuando escapan del agobio de sus hogares y sus familias. Se sienten libres pero saben que se trata de un juego fugaz y provisorio. Una de ellas se sienta alejada del grupo, sola y pensativa, en el asiento ubicado justo detrás de mí. Percibo el roce de sus cabellos sobre mi cuello y el peso sutil de su cuerpo que presiona el respaldo que compartimos. La recorro sin mirarla mientras escucho música con los ojos cerrados. Se mueve, gira su cuerpo en dirección a mí:

-¿Es Steve Ray Vaughan? ¿Tim Pan Alley?

La miro y recibo el impacto brutal que una mujer a menos de veinte centímetros le produce a cualquier hombre. La huelo, me detengo en los detalles, en la boca semiabierta, en el surco que corre entre sus ojos como un pliegue de piel dibujado a mano, en su cuello largo y delgado.

–Si lo que querías decirme era que el volumen de mi reproductor está muy alto, ya te entendí y me disculpo.

Me mira sorprendida, avergonzada.

–No, por favor, no se trata de eso. Es que esa música fue muy importante para mí en otra época de mi vida y me emocionó mucho volver a escucharla precisamente ahora.

-          No te creo nada.

-          ¿Por qué?

-          Porque a nadie para quien esta música haya sido importante alguna vez deja de sentirla así jamás.

-          Explicate mejor, no te entiendo.

-          Si ahora no te importa, entonces antes tampoco. Si de verdad te importaba antes, entonces te importa también ahora. Vos decidís.

Se queda callada. Se pone de pie y da la vuelta a la hilera de sillones para sentarse a mi lado.

-          Puede ser, es posible que vos tengas razón y yo esté confundida.

 

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