La verdad y otras mentiras | 14 JUL 09

Escenas de un hombre agotado

El fluir de la conciencia.
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Fuente: IntraMed 

Son la 1.45 de la madrugada y acabo de subir al auto en el estacionamiento del hospital. Apoyo la cabeza sobre el respaldo del asiento. Siento un colapso total de la energía. Una luz se ha apagado en mi interior. Quiero quedarme en este lugar, en esta misma posición. Estoy exhausto. Disfruto de la huida de mi cuerpo. La tensión de mis músculos se niega a regresar desde el abismo hacia el que se ha precipitado. Fluyo en una deriva de sensaciones del momento y de recuerdos del día que termina. Estoy a merced de mí mismo pero sin que exista un “yo” que me gobierne. Las imágenes llegan sin filtros, crudas, sin un sentido que me permita comprenderlas. Entran y salen como en una pantalla enloquecida sobre la que se proyectan al azar retazos de distintas películas. Un caleidoscopio. Un caos de la razón. El devenir insensato de fragmentos dispersos sin nada que los vincule. Veo y recuerdo sucesos aislados. Un enorme cartel anaranjado con letras negras se destaca en la oscuridad del parque. Leo : “Gripe A: si usted tiene fiebre o dificultad para respirar siga el camino señalado por las flechas”. Las escenas me llegan desdibujadas como si las viera a través de un líquido. Como alguien que observara el mundo desde el interior amniótico y feliz del vientre de su madre. Me lo permito. Me abandono al fluir de la conciencia. La oscuridad de la noche, la soledad del encierro y la huida de mi voluntad lo hacen posible.


 

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