La verdad y otras mentiras | 03 JUN 09

La muerte y otros silencios II

Nosotros en los ojos de los muertos.
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Antes de las siete y treinta del lunes Sebastián ingresó como todos los días a la casa de sus padres. Abrió con su propia llave. Encontró a la enfermera de la noche dormida sobre la mesa. La cabeza apoyada sobre un brazo con el cabello ocultándole la cara. Abandonada sobre su falda estaba la revista que acompañaba la edición dominical del diario abierta en la sección de recetas de cocina. Cerró la puerta intentando no hacer ruido e ingresó en la habitación de Valentina. La encontró acostada, inmóvil, pero con los ojos inusualmente abiertos. Los párpados estirados y los globos oculares fijos. Nada denotaba que su presencia fuese percibida por su madre. Se ubicó frente a ella y la miró a los ojos. Sostuvo esa posición durante un tiempo que le pareció demasiado prolongado sin obtener ninguna respuesta. Sintió algo extraño, fuera de lugar. Una percepción que lo atravesó como un rayo a una velocidad tal que le impidió entender de qué se trataba. Algo pasó a través de él y lo dejó alterado, inquieto, confundido.

Fernando, su padre, dormía sobre el sillón descalzo y con la camisa desabrochada. El abdomen flaco subía y bajaba con los movimientos respiratorios. Pensó cuanto había adelgazado y lo agotado e indefenso que lucía en esa posición. Lo cubrió con una manta que levantó del suelo y bajó la persiana. Recordó la transformación que ese hombre había experimentado a partir de la enfermedad de Valentina. Tuvo ganas de abrazarlo y besarlo en la frente pero toda una vida de afecto mudo y gestos austeros le impidieron romper con esa rara forma de cariño que ambos se profesaban mutuamente. Una ternura vieja que siempre había sentido por su padre se le encendió en ese momento. Volvió a sentir en alguna parte del cuerpo el estremecimiento atroz de las tardes de domingo de su infancia. Un dolor sin nombre sobre el fondo del sonido insoportable del relato de un partido de fútbol que llegaba desde la casa de algún vecino. Recordó la mirada furtiva de su padre -escondido detrás del diario- que le aseguraba que también él sentía algo parecido. Entonces Sebastián se sentaba en el piso y apoyaba su cabeza sobre el brazo del sillón. Fernando deslizaba con timidez los dedos por su cabello. Así, la atmósfera de desamparo de ese momento se disolvía de inmediato para él. Nunca supo, y jamás se lo preguntó, si a Fernando le ocurría algo semejante. Cada domingo, cuando el veneno del crepúsculo lo intoxicaba, buscaba la mirada de su padre y la tímida presión de sus dedos sobre su cabeza como un antídoto infalible que lo rescataba de la muerte. Desde niño había sentido que él era un hombre derrotado aunque sólo en los últimos años había logrado ponerle un nombre a esa sensación. Un repertorio de caricias furtivas y miradas clandestinas los había hecho solidarios en el reino absoluto de Valentina que dominaba el territorio familiar sin violencia, pero sin fisuras.

 

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