"La verdad y otras mentiras" | 05 ENE 15

Los condones del abuelo Nino

Cuando resulta más tolerable una enfermedad que el sano deseo de un hombre mayor.
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Fuente: IntraMed 

"Vas a vivir calavera, siempre de la mano de tu amigo el doctor" La Mancha de Rolando

Hace ocho años murió la abuela Ana. Una tarde lluviosa de Abril cerró los ojos y dejó de respirar. Con la misma naturalidad con la que alguna vez parió a sus hijas o acunó a sus nietos. De ese modo tan sencillo le apagó la luz a un interminable período de postración y de servidumbre. Una enfermedad neurológica la recorrió sin apuro desde sus piernas hasta el cuello. Lentamente. Los demás nos limitamos a contemplar el ascenso de aquella parálisis que la conquistó como un ejército fantasma sobre un territorio desolado que no le opuso resistencia. Nino jamás se movió de su lado. Al cabo de una vida entera compartida con esa mujer encontró la serenidad para sentarse al costado de la cama y cantarle morriñas mientras sostenía su mano quieta como a un niño muerto sobre sus rodillas.

Aún no tenían diez años cuando sus padres -vecinos de aldea de Oliva de la Frontera, al Este de Badajoz- los arrancaron del huerto y del arado para subirlos a la bodega de un barco con rumbo incierto al sur. Crecieron juntos -ellos y sus dos familias- hasta que durante una fiesta de carnaval se encontraron besándose en la boca detrás de los sauces. Se casaron sin hacerse preguntas y sin haberse tocado más que mediante ese beso fugaz e insensato. Las tres hijas llegaron como un rayo y la vida se hizo una lucha despiadada para darles todo lo que ellos no tuvieron. No hubo quejas, ni lamentos. Apenas una existencia austera aceptada como algo que no tenían derecho a rechazar. Se entregaron al trabajo y a garantizarles a sus niñas unos estudios que consideraban la llave del futuro. Las tres se graduaron en la universidad. En las tres ocasiones Ana y Nino lloraron escondiéndose mutuamente unas lágrimas que no se podían permitir. Llegaron los nietos. El retiro feliz hacia el cultivo de hortalizas en el patio trasero de la casa y los aromas verdes de la cocina familiar. Más tarde, la enfermedad y la muerte. Y el silencio de Nino que duró un par de años. Un tiempo mudo que sus palabras invirtieron para recuperarse del estremecimiento brutal de la ausencia.

 

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