La verdad y otras mentiras | 04 FEB 09

"Las guerras médicas V"

Acerca de lo que llena un pozo vacío.
Fuente: IntraMed 

Cuando intentaba recuperarme del impacto que la muerte de Aurelio me había producido, una llamada telefónica me devolvió al curso de los hechos que se vivían en el hospital. Hubiese querido tener tiempo para reflexionar en soledad acerca de lo que había sucedido. Sobre las imprevisibles repercusiones que su confesión final comenzaba a producirme. ¿Qué debe hacer una persona con un secreto que no le pertenece? ¿Cuáles son las obligaciones que se contraen al recibir de manos de un moribundo semejante legado? ¿Quiso Aurelio que ese dato siniestro no muriese con él? ¿O, por el contrario, fue un acto desesperado para liberarse de la insoportable opresión que suponía llevarlo sobre sus espaldas durante décadas, justo antes de morir? No lo sabía. No pude detenerme a pensar en ello. Aún hoy lo ignoro.

La llamada provenía del improvisado comité organizador de emergencia. Se habían distribuido las tareas y nos pedían a los responsables de cada área que tomásemos conocimiento del cronograma de actividades que estaba expuesto en el auditorio. En el camino pasé a ver a María Sol a quien habíamos instalado en una pequeña oficina actualmente en desuso. Dormía profundamente con su cuerpo enorme sobrepasando los límites de la cama. El brazo derecho colgaba de modo que sus dedos rozaban el piso. Cada vez que respiraba la sábana que la cubría hacía un movimiento lento y ascendente acompañado de un soplido prolongado que salía por su boca ahora pintada de color rojo oscuro. Colgado del respaldo de la silla, un bolso viejo y gastado con el cierre completamente abierto dejaba ver algunos papeles arrugados, envases de cosméticos, una agenda diminuta y una foto en blanco y negro que tomé entre mis dedos y saqué para mirarla. La imagen mostraba a un niño de unos 7 u 8 años en brazos de un hombre joven de cabello negro muy corto. Parecían estar en un parque o una plaza. Detrás de ellos se veían varios árboles y la mitad posterior de un camión que transitaba por una avenida por lo demás vacía. El niño vestía un jardinero corto con dos tiras que ascendían hacia sus hombros y desaparecían en dirección a la espalda. El hombre miraba a la cámara con un gesto enérgico pero amable. El niño lo miraba a él. Directo a los ojos. Hipnotizado por esa actitud tan definida y segura. Es muy fácil hacer interpretaciones retrospectivas y sin más fundamento que encontrar las supuestas huellas que anticipaban el presente en los testimonios del pasado. Es tan sencillo como falso. Tan tentador como insensato. No quise caer en esa trivialidad y guardé la foto en el bolso. Mientras salía de la habitación pensé que el pasado explicaba al presente sólo a la luz de alguna teoría que los vincule. Que esas teorías son siempre ilusorias pero que por algún motivo nos seducían y nos hacían creer en ellas. La cadena de las causas y los efectos en la historia de una persona es mucho menos tonta que quienes se dedican a analizarlas. Cualquier hipótesis construida desde las consecuencias hacia los orígenes, y sin someterla a la prueba de la anticipación, no es más que una impostura. Pero, sustrayéndose al requerimiento de ofrecer pruebas de lo que se afirma, vivíamos una época en la que esas teorías se aplicaban a las personas con la mayor impunidad.

 

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