La verdad y otras mentiras | 07 ENE 09

"Las Guerras Médicas I"

Gulliver en Lilliput
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Recordar es sólo una ilusión. La memoria evoca recuerdos y no hechos. Pero yo aún puedo ver con todo detalle –como si estuviese allí - aquellos lugares, aquella noche. Cualquier sala de hospital parece igual a otra excepto para quienes habitan en ellas. Ninguna persona que no haya vivido experiencias fuertes en su interior podría percibir el espíritu secreto que las individualiza y las hace diferentes. Un inmenso rectángulo con paredes revestidas por azulejos blancos, techos altos con manchas de humedad colonizadas por un musgo verdoso o marrón que parecía llegar desde la noche de los tiempos. De  forma simétrica, a ambos lados y opuestas por los pies, se alienaban dieciséis camas altas de hierro forjado ubicadas en dos hileras de ocho cada una dejando un amplio espacio central ocupado por tres escritorios de madera muy viejos y algunas sillas destartaladas. Dos curiosos carritos metálicos con subdivisiones identificadas por letras guardaban las historias clínicas, radiografías, planillas. Y la impresión general de que una mugre sólida yacía enquistada en el propio corazón de las cosas. Suspendido a gran altura en la pared, un televisor encendido mostraba escenas de un partido de fútbol de la liga española ensombrecido por una lluvia de partículas diminutas y el sonido de una fritura insoportable. Tras los vidrios, las últimas luces del día se filtraban atenuadas por el polvo y las copas de los árboles. Médicos y enfermeras se movían con la energía enfática de quienes llegan dispuestos a cumplir con su tarea. La mayoría de los enfermos, sin embargo, se preparaban para ingresar en el subsuelo de otra noche de soledad y desconsuelo. Algunos de sus familiares estaban ocupados en acondicionar unos bancos de madera que un rato más tarde funcionarían como precarias camas transitorias. Por la noche todo es peor. La enfermedad es más dolorosa, la soledad más intensa, el futuro más sombrío. Para unos la jornada comenzaba, para los otros, el calvario de otra noche apenas se insinuaba. 

Goldenstein se inclinó sobre la cama hasta que su cabeza quedó a la altura de la de María Sol. Aclaró la voz. Hizo una pausa. Su actitud anunciaba que diría algo importante. Creó un escenario, aunque su único espectador fuese él mismo. Entonces habló con el tono paternal y comprensivo con que casi siempre lo hacía:

- Hola..., me alegro que estés mejor.

- ¡No estoy mejor!

- Puedo asegurarte que sí.

- Depende con qué lo compares.

- Hace un rato estabas inconsciente. Ahora no.

- ¡Sáquenme ahora mismo de aquí!

- Vos estás confundido, tratamos de ayudarte.

María Sol dejó ver un ojo asomando detrás de la sábana con la que ocultaba su cabeza.  Era enorme, negro. Cargado de pintura transformada en grumos dispersos desde los que partían largos trayectos oscuros dibujados por lágrimas secas sobre sus pómulos. Con ese ojo deformado por el maquillaje lo enfocó, lo apuntó, disparó...

- Yo no estoy confundida. ¡Vos estás confundido! Pero estás tan ciego que no podés advertir la diferencia.

María Sol tenía 26 años, más de 1,80 m de estatura, era robusta y con manos tan grandes que resultaba imposible no detenerse en ellas . Los pies sobresalían de la cama, flotaban suspendidos en el aire. Su cuerpo resultaba tan desmesurado como el de un Guilliver atrapado en las playas de Lilliput. Imposibilitada de escapar y observada por decenas de ojos que la analizaban como a un verdadero fenómeno curioso. Había ingresado a Emergencias en coma la noche anterior intoxicada con alcohol y psicofármacos y con signos haber sido salvajemente golpeada. Llevaba menos de una hora desde el momento en que había recobrado la conciencia. Entonces se encontró en un lugar extraño. Sus ropas amontonadas sobre la silla. Desnuda. Inerme. Atrapada en una sala masculina del hospital. Pidió un espejo y lo que vio en él la enfureció. Una mano anónima había lavado torpemente su cara de manera que sólo quedaban rastros de rímel barato debajo de los ojos y un residuo rojizo en las comisuras de los labios. Dos tetas deformes -fabricadas a fuerza de inyecciones de aceite industrial- caían marchitas sobre el pecho. Sobre uno de los barrotes metálicos de la cama colgaba una peluca rubia, larga, grotesca. No encontró otra manera de expresar lo que sentía más que gritar con alaridos disfónicos. Una serie de sonidos previos al lenguaje. Largos aullidos de lobo que sobre el final se disgregaban en tonos sostenidos a veces graves y otras agudos. Le siguieron insultos y objetos arrojados en todas direcciones. Luego se volvió a tapar y se enroscó sobre sí misma debajo de las sábanas. Las enfermeras debieron atarle las manos al elástico de la cama para que no se dañe hasta que se calmara.

 

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