Medicina y arte | 25 MAY 05

La alergia en la literatura

La alergia, como especialidad reciente, no ha tenido la oportunidad de sufrir los embates crueles que autores como Gonzalo de Berceo, el Arcipreste de Hita o Francisco de Quevedo dedican a la Medicina en general. Y fue el francés Marcel Proust –enfermo crónico de asma– el que mejor ha descrito la angustia y el sufrimiento de estos enfermos.
Autor/a: Dr. Ángel Rodríguez Cabezas* Fuente: El Médico Interactivo 
INDICE:  1. Orígenes | 2. En nuestros días
En nuestros días

Proust y García Márquez

El asma bronquial es enfermedad que padecen, ya que la literatura es intemporal, muchos personajes de ficción. Son varios los autores modernos que utilizan esta dolencia para hacer sufrir a los protagonistas de sus novelas. En El coronel no tiene quien le escriba y en Del amor y otros demonios de García Márquez se describen bien sus síntomas. En El coronel no tiene quien le escriba la única relación del relato con la alergia es el asma que padece la mujer del coronel y que mejora a medida que la historia progresa. Puede ser, como piensa Blanco Aguinaga, que el tiempo climático de octubre a diciembre (los tres meses que dura la historia) sea simbólico. Es rotunda la afirmación del coronel y su confianza en la medicina del lugar: "-Debías darte cuenta de que me estoy muriendo, que esto que tengo no es una enfermedad, sino una agonía. -Si el doctor me garantiza que vendiendo el gallo se te quita el asma, lo vendo enseguida –dijo-. Pero si no, no. Esa tarde llevó el gallo a la gallera. De regreso encontró a su esposa al borde la crisis. Se paseaba a lo largo del corredor, el cabello suelto a la espalda, los brazos abiertos, buscando el aire por encima del silbido de sus pulmones. Allí estuvo hasta la primera noche.

Luego se acostó sin dirigirse a su marido". Queda bien precisada aquí la sintomatología alérgica de la mujer del coronel: "La pedregosa respiración de la mujer se hizo angustiosa con el aire helado de la madrugada".

En Del amor y otros demonios García Márquez nos traslada a una época en que la Iglesia era el eje alrededor del cual gira la sociedad y en que las autoridades eclesiásticas gozan de mucho poder. El obispo, don Toribio, es el personaje que nos interesa en nuestro cometido: "…condenado por su mala salud, con un cuerpo estentóreo que le impedía valerse por sí mismo y corroído por un asma maligno que ponía a prueba sus creencias, de rostro lampiño, de rasgos puntuales con unos raros ojos verdes, conservaba intacta una belleza sin edad".

No puedo abandonar las referencias bibliográficas literarias de la disnea sin citar a ese maravilloso prodigio de las letras que fue Marcel Proust, pues él mismo se nos transforma ahora en protagonista de este comentario. Sabido es que, aquejado de asma desde la infancia, a los treinta y cinco años se convirtió en un enfermo crónico y pasó el resto de su vida recluido, escribiendo su obra maestra, En busca del tiempo perdido, sin abandonar prácticamente nunca su habitación revestida de corcho.

"El ruido de mis estertores cubre el de mi pluma, estoy en una nube de humo en el que, se lo juro, usted se negaría a entrar, en el que no dejaría de llorar y de toser". El sufrimiento y la angustia del asmático raramente han sido descritos de manera tan intensa como en esta carta del 31 de agosto de 1901 de Marcel Proust a su madre, y es que el asma de Proust es ya un motivo literario que forma parte de su vida para hacerla también suya.

Muchos otros autores tuvieron que ver con los procesos alérgicos, algunos porque padeciendo algunos de ellos, los transmitían por imposición a los personajes de ficción que creaban. Es el caso, entre otros, de Olive Schreiner, escritora sudafricana nacida en 1855, reconocida como la principal escritora africana defensora del feminismo, del socialismo, del pacifismo y del pensamiento libre, a través de las páginas de su obra más conocida, Historia de una hacienda africana, que hubo de publicar bajo el seudónimo masculino de Ralph Iron. Esta autora desarrolló un asma bronquial durante su experiencia como trabajadora en los campos de diamantes de Kimberley.

La limitación prudente de esta comunicación me impide extenderme en la exposición de la obra de otros autores que padecieron proceso alérgico, concretamente asma. Considero, pues, suficiente el citar sus nombres. Son: Benjamín Disraeli (1804-1881), Charles Dickens (1812-1870), Edith Wharton (1862-1937), Heinrich Federer (1866-1928), Elisabeth Bishop (1911-1979) y Dylan Thomas (1914-1953).

La disnea está, como ya queda acreditado, sobradamente recogida en la literatura. Pocas referencias existen al prurito alérgico que generalmente, en las obras de la Edad Media y del Siglo del Oro, es síntoma confundido con el que originan determinadas enfermedades dermatológicas, sobre todo parasitaciones como la sarna.

Origen del estornudo

Sí está suficiente y literariamente acreditado el estornudo, una de las señales más llamativa y reveladora de un proceso alérgico, tanto que a un atronador estornudo se contesta cortésmente con la expresión ¡Jesús! El estornudo –"la interjección del silencio", en palabras de Gómez de la Serna– estuvo siempre muy relacionado con la salud. Por eso, en casi todos los idiomas los estornudos son correspondidos con deseos de buena salud. ¡Jesús! acostumbran o acostumbraban a contestar al estornudo alérgico los cristianos, mientras que ¡Salud! es educado vocablo que para la ocasión reservan los que no lo son. Las educadas locuciones con las que es contestado el estornudo han sufrido lógicas variantes en el transcurrir de la historia. Los antiguos intentaban neutralizar lo que de infausto creían que tenía el estornudar con expresiones como: ¡Que Júpiter te guarde! o ¡Larga vida para ti! Más tarde, San Gregorio durante una epidemia instituyó la costumbre de replicar "Dios te bendiga".

Pero fue Fray Antonio de la Encarnación en un bello libro, Vida, milagros de la esclarecida i seráfica virgen Santa Teresa (1614), quien relata una epidemia de peste que tuvo lugar en Roma en el siglo VI, y cuenta asimismo la forma súbita que los apestados romanos tenía de largarse de este mundo, "que con un estornudo, allá iba la vida", ya que el estornudo, según Blaise Pascal, absorbe todas las funciones del alma. Por aquel entonce

 

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