Una reflexión del Prof. Dr. Alcides Greca | 07 JUL 24

¿Qué es eso que llaman vocación?

¿Hay algo de creencia metafísica en ese sentirse llamado por un “ser superior” para realizar una misión que se nos figura trascendente?
Autor/a: Alcides A. Greca 

Es frecuente que cuando nos preguntan el motivo de la elección de nuestra profesión o actividad, hagamos alusión a la vocación. Aparentemente, la concebimos como una predestinación para hacer aquello que elegimos y la confundimos o superponemos su definición con la de nuestra preferencia, nuestras habilidades o nuestros intereses. El verbo latino vocare significa llamar. La vocación entonces, es un llamado. Igual origen e iguales implicaciones tienen las voces convocar (llamar a una tarea o empresa), provocar (llamar a alguna suerte de confrontación) u otras que aluden a llamados de la imaginación o la memoria como invocar o evocar.

¿Quién nos llama a través de la vocación? Seguramente, hay algo de creencia metafísica en ese sentirse llamado (convocado) acaso por un “ser superior” para realizar una misión que se nos figura trascendente.

Es muy común que sean médicos los hijos de médicos, que se sientan inclinados por la matemática y la física los hijos de ingenieros y que quieran dedicarse a la actuación los hijos de actores. ¿Existe acaso un gen de la vocación? ¿Los llamados superiores tienen agregación familiar? Cuesta aceptarlo, a menos que tengamos alguna tendencia muy pronunciada al pensamiento mágico o místico.

Es difícil que sienta vocación por la música aquél que no ha tenido contacto con ella desde pequeño o que no es capaz de acertar una simple nota con sus cuerdas vocales. No es común que creamos tener vocación para lo que no somos hábiles o lo que logramos solamente tras duros esfuerzos.

Los médicos, siempre con una inclinación, muy marcada en algunos, a la omnipotencia o la megalomanía (que nos hace enfrentarnos casi de continuo, nada menos que con la enfermedad y con la muerte), hablamos frecuentemente de nuestra vocación, de nuestra misión y de nuestro apostolado. Si fuéramos un poco más humildes y analizáramos las verdaderas motivaciones por las que elegimos la medicina, reconoceríamos que hubo alguna figura idealizada de nuestra niñez (nuestro padre o algún otro ser significativo para nosotros) al que nos quisimos parecer o nos hicieron amar la atención de enfermos porque alguien nos mostró su significación con alguna connotación de trascendencia. Es casi imposible amar lo que no se conoce; va de suyo que no podemos desarrollar interés o afición por actividades que nos han sido del todo ajenas.

Un prestigioso colega suele relatar su elección de la medicina en sus años de infancia, con una buena dosis de humor pero dejando entrever un mecanismo de pensamiento complejo e interesante. Su padre resultó una figura revestida de una imagen de gran autoridad y severidad. Era habitual que todos lo consultasen y que su palabra fuera ley no solamente para sus familiares directos sino también para otros que tenían con él una relación de subordinación laboral, intelectual o psicológica. Cierto día, ante una leve enfermedad, un médico acudió al domicilio a atender a este padre de perfiles majestuosos en la imaginación infantil de su hijo. El niño no tardó en percibir que el médico daba indicaciones y recomendaciones, e incluso reconvenía al paciente por su falta de disciplina en el cuidado de su salud. El padre asentía en silencio ante el discurso del médico, con verdadera sumisión. Ese día – nos decía hace un tiempo, entre risas, el colega mencionado – me dije a mí mismo: Yo quiero ser médico.

 

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