Historias de un cirujano de trauma | 24 JUL 22

La noche bajo agua

El hospital inundado pero el trabajo continúa
Autor/a: Guillermo Barillaro Fuente: Historias de un cirujano de trauma 

La misión: llevar al paciente de regreso a su casa, sano y salvo.

La cámara que introdujimos en el abdomen por un pequeño orificio nos mostró lo que aquel paciente realmente tenía: una severa peritonitis, un mar de pus en su interior. Celebré en ese momento que la intervención se realizara antes de la medianoche, que no se hubiera pospuesto para el día siguiente. Igual a como sucedía con el Trauma, en los procesos infecciosos el tiempo también era un enemigo del paciente. Y cuanta más ventaja le sacáramos al tiempo, mejor podría ser el resultado final.

En el inicio de esa cirugía experimentamos alivio. Primero, al comenzar con la aspiración de pus; luego, al confirmar que el origen de la infección era una apendicitis perforada.  Afortunadamente la implantación de ese apéndice en el resto del intestino estaba en buen estado y eso nos permitió un cierre seguro del muñón apendicular. Con esa cuestión allanada y con el lavado peritoneal en progreso, el procedimiento quirúrgico se tornó más fluido y hasta placentero. De tantas oportunidades en que habíamos operado peritonitis, conocíamos de memoria el camino para llegar a cada uno de esos sitios en los que se acumulaba pus. Y ese tour lo hacíamos siempre por la misma ruta, de modo que ninguna colección de pus quedara sin drenar. Procedíamos como si estuviéramos recorriendo todas las habitaciones de una casa para realizar una buena limpieza hogareña. Aspirábamos el pus, irrigábamos con suero tibio y volvíamos a aspirar hasta que el líquido recogido fuera claro y cada espacio quedara seco y limpio. Desde hacía muchos años el advenimiento de la cirugía laparoscópica había tornado muy prácticos y efectivos a esos lavados de las peritonitis, a la vez que menos mórbidos al compararlos con su práctica a través de una cirugía abierta. Sin embargo, a pesar que el abordaje hubiera pasado a ser mucho menos invasivo, una frase de viejos maestros seguía resonando en nuestras cabezas al intervenir sobre esas infecciones abdominales.

Usted lave…Hasta que se pueda tomar esa agua.

La dilución es la solución para la contaminación.

El aseo de la cavidad nos llevó mucho más tiempo que la apendicectomía. Terminamos con la cirugía pasada la medianoche. Mientras mi compañera Sandra escribía el parte operatorio, me quedé junto al anestesiólogo Fredo Mediana para ver la recuperación del paciente.

— ¿Qué te parece a las 6 para hacer la otra cirugía? —me preguntó Fredo en ese momento, mientras observaba como el paciente comenzaba a reaccionar.  

Poco antes de ingresar al quirófano habíamos evaluado a otro paciente que acababa de ingresar por la sala de guardia de esa institución privada. Era también joven y presentaba un cuadro similar de abdomen agudo inflamatorio. El diagnóstico presuntivo volvía a repetirse: peritonitis apendicular. Pero observé el reloj y vi que ya era la 1.00 a.m. Había sido un largo día quirúrgico, con muchas cirugías programadas y de urgencias. Pensé en todo el personal de quirófano y en nosotros e imaginé un cansancio uniforme en todos. El horario para nuestra segunda cirugía me pareció adecuado. Esas pocas horas vendrían muy bien para hidratar al paciente, infundirle antibióticos endovenosos y descomprimirle su estómago con una sonda nasogástrica. Por otro lado, parte del personal sería reemplazado por un equipo más fresco y nosotros podríamos descansar al menos unas horas. La experiencia con cuadros inflamatorios como aquellos nos había demostrado que esas decisiones eran acertadas y que luego los resultados eran mejores para el enfermo. En cambio, cuando ese tipo de pacientes era llevado al quirófano de un modo demasiado apresurado, sin la preparación adecuada o asistido por un equipo cansado, aumentaba la posibilidad de eventos adversos.

Acordamos con Fredo el horario de las 6.00 a.m. para la siguiente cirugía. El paciente que acabábamos de intervenir se había recuperado de la anestesia general y dimos el parte a sus familiares. En el momento en que hablábamos con sus allegados en la sala de espera me percaté que llovía torrencialmente. Era febrero y supuse una tormenta pasajera de verano. Esa noche Sandra y yo habíamos llegado por separado, cada uno en su auto, y así retornamos a casa. Las calles estaban cubiertas por agua que oscilaba de vereda a vereda, cuando poco antes de llegar recibí una llamada de Sandra a mi teléfono móvil. Su auto estaba inundado casi hasta el nivel de las ventanillas y su motor había dejado de funcionar. Debió abandonarlo a 2 cuadras de casa y continuar caminando. Su aviso evitó que me sucediera lo mismo y dejé mi auto estacionado a 3 cuadras de nuestro destino. Tomé una linterna que siempre llevaba en el baúl y comencé a caminar por esa calle sin luz. Pronto el nivel del agua superó la altura de mis rodillas y se tornó más dificultoso avanzar. El silencio en la noche solo se interrumpía por voces lejanas y por el sonido del agua desplazada por mis pasos. A medida que me acercaba lo más rápido posible pensaba acerca de cómo podría estar nuestro barrio. De pronto comencé a escuchar mejor las voces de los vecinos en la oscuridad y divisé a Sandra junto a la puerta de calle de nuestra casa.

Abrimos esa puerta y la luz de la linterna nos mostró el interior de la casa como una continuación de lo que veíamos en la calle. El mismo nivel de agua, con el agregado de varios muebles flotando. Y el mismo nivel de agua hasta la pared del fondo del patio.

Nos detuvimos y nos sentamos en la mesa de la cocina. No costaba creer lo que estábamos viendo, pero nos resignamos a esperar que las aguas bajaran. Al cabo de un rato, que no se cuánto fue, ese nivel comenzó a descender como si alguien hubiera quitado el tapón de una bañera. Cuando el agua se escurrió totalmente miré el reloj: eran las 2.15 a.m. Recorrimos de nuevo todas las habitaciones para hacer un inventario de los daños y comenzamos a pasar un secador por los pisos. Pronto nos dimos cuenta que sería una tarea muy larga la limpieza de todos los compartimientos. No queríamos encender las luces eléctricas luego de esa inundación y se notaba la presencia de mucho barro. Decidimos que sería mejor aprovechar para dormir algo antes de operar de nuevo. Quitamos al colchón empapado de nuestra cama y lo cambiamos por otro que estaba guardado y se había mojado en un extremo. Le pusimos a este último una gran bolsa de nylon encima y nos acostamos ahí. Eran las 3.00 a.m. y puse la alarma a las 5.40. Lo último que pensé antes de dormirme fue acerca de la fortuna que habíamos tenido. Primero, porque era verano y no hacia frio; segundo, porque el agua ya había descendido; y tercero, porque su nivel alcanzado fuera de 80 centímetros y no de un metro con 80 centímetros.

 

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