Literatura y salud mental | 30 ENE 22

Quiroga, Forn, la selva y el hospital

Horacio Quiroga pasó sus últimos días en un hospital hasta que se suicidó. Juan Forn habló de su internación, pero también del hombre que hablaba como “si siempre hubiera tenido fiebre”. ¿Metáforas del trastorno bipolar?
Fuente: Página 12 / IntraMed 

Horacio Quiroga decidió terminar con su vida antes de que su enfermedad terminara con él. Pasó sus últimos días en el Hospital de Clínicas aquejado por un cáncer incurable, pero los médicos no se animaban a decírselo. En su lugar, lo convencieron de que lo preparaban para una operación. Así lo mantuvieron viviendo en un cuarto, aunque con salidas consentidas. La selva, que tanto amaba, no se parecía en nada a una habitación de nosocomio. Y el instinto animal con el cual eligió rodearse era poco compatible a la conducta de un paciente “obediente”.

Quien supo contar como nadie las experiencias de Quiroga internado fue el recordado escritor y periodista Juan Forn, en una de sus míticas contratapas del diario Página 12. Bajo el título de “El hombre que nos enseñó a tener frio”, escribió sobre cómo Quiroga se dio cuenta de su condición irreversible gracias a un hombre que sufría una neurofibromatosis, enfermedad más conocida como elefantiasis. A ese paciente, de nombre Batitessa, lo mantenían oculto en el sótano del hospital y cuando Quiroga lo descubrió, ordenó que lo llevaran a su habitación. Agradecido, el “hombre elefante” al que tanto escondían fue quien escuchó lo que los médicos le escondían a Quiroga… y se lo dijo. Entonces el autor de “Cuentos de la selva” avisó que salía a caminar en una de sus tantas salidas, entró a una ferretería, compró cianuro y cuando regresó, mezcló el polvo con un vaso de whisky y se lo tomó.

Tres días antes de su muerte, Quiroga había hecho otra de sus expediciones. Vestido casi como un mendigo, con el sobretodo arriba del piyama, siguió desde el parque Japonés a una mujer de una terrible belleza. Resultó ser la famosa Consuelo, viuda de Enrique Gómez Carrillo, que por entonces estaba de novia con Antoine de Saint-Exupery (con quien después se casó). Tras verlos, volvió al hospital.

Luego de narrar ese párrafo, Forn esbozó que Quiroga carecía de “lo que algunos llamaban tacto, otros hipocresía y otros relaciones públicas”. Lo tuvo todo y lo perdió todo. Desde dinero hasta a su primera esposa, quien terminó por suicidarse. La segunda, treinta años más joven que él, lo dejó “para no volverse loca”.

Para cerrar el perfil del escritor nacido en Uruguay pero argentino por adopción, Forn describió: “Hablaba como si siempre tuviera fiebre y padeció frío hasta en la selva misionera”. También citó una de las frases que Quiroga había escrito en una de las últimas cartas a sus hijos: “Busco casi lo que nunca se encuentra. Soy capaz de romper un corazón por ver lo que tiene adentro, a trueque de matarme yo mismo sobre los restos de ese corazón”.

Cabe aclarar también que las tragedias siempre formaron parte de la vida del cuentista: su padre murió en un accidente de caza, y su padrastro y posteriormente su primera esposa se suicidaron; además, Quiroga mató accidentalmente de un disparo a su amigo Federico Ferrando.

 

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