Tomar decisiones en escenarios de alta volatilidad | 10 ENE 22

Las doce leyes del Karma y el trauma

¿Se puede establecer una conexión entre el mundo de la filosofía budista y el mundo de la asistencia médica de los traumatizados?
Autor/a: Guillermo Barillaro Fuente: IntraMed 
¿Se puede establecer una conexión entre el mundo de la filosofía budista y el mundo de la asistencia médica de los traumatizados?

Si, y quizás esa conexión simplemente se explique desde una  afirmación que proviene del  Budismo:  todo está interconectado, todas las cosas están unidas y condicionadas por un origen interdependiente. Y apenas nos sumergimos en esos conceptos, no tardamos en recordar la frase de algún viejo maestro que nos decía que la cirugía era una sumatoria de pequeños detalles donde todo era importante.

Si el Karma, con sus leyes de causa y efecto, es un principio inquebrantable del universo que llega a todo  y a todos, no debe sorprendernos que eso también suceda cuando asistimos como médicos a un traumatizado, es decir a alguien que sufrió un trauma cerrado por una colisión vehicular o un trauma penetrante a raíz de un arma de fuego o un cuchillo. Ahí, dentro de esa área reducida donde  nuestras acciones pueden influir en un futuro a muy corto plazo, transcurre nuestro pensamiento acerca de cada una de las  doce  leyes del Karma y  su influencia sobre nuestra realidad cotidiana.

Y sucede en esa zona limitada que de pronto todo lo que está a nuestro alcance se expande y se transforma en nuestro universo.

La primera gran ley hace referencia a que aquello que pongamos en el universo, la energía que emitamos, volverá a nosotros, en un ambiente donde no hay efecto alguno sin una causa, donde todo lo que le sucede al traumatizado  luego de nuestra asistencia tiene una razón. Si bien sabemos que no siempre podemos dominar por completo a la naturaleza devastadora que rige a los seres vivos golpeados y que al menos hasta hoy no podemos salvar a todos ellos, existe una zona de influencia donde nuestras acciones sí pueden  tener  efecto sobre lo que le sucede al herido.  Esa área reducida encierra el efecto favorable o desfavorable de lo que hagamos. Pero allí hay mapas que pueden ayudarnos, en esas travesías peligrosas que emprendemos de un momento a otro y donde no podemos detenernos. Esos mapas son las guías de acción que vienen a aliviar la carga pesada de nuestra memoria de trabajo, a darnos atajos heurísticos que ahorren tiempo y mejoren lo que podamos hacer por esos pacientes. Cuando el tiempo es escaso para tomar decisiones cruciales, cuando el destino de los traumatizados empieza a jugarse desde la recepción inicial, es necesario disponer de un set de respuestas automatizadas para intentar la supervivencia, y allí esos cuadros con flechas pueden orientarnos para prevenir errores.

Lo que poníamos en nuestro  trabajo comenzó así, siguiendo las indicaciones de quienes tenían mayor experiencia y comunicaban sus resultados.  Apreciamos el valor incalculable que entregaban esos  maestros generosos y como el hecho de prestarles atención nos allanaba buena parte del camino. Pero pronto descubrimos también que eso no era absolutamente suficiente y que nuestra formación como cirujanos de urgencias debía continuar con una construcción permanente,  donde se iban sumando modificaciones que partían de nuestros propios resultados y de las limitaciones de recursos materiales que sufríamos.

Un día, después de un ateneo, me di cuenta que habíamos tenido el privilegio de pasar a otra fase, aquella a la que acceden  solo quienes deben enfrentar a un volumen importante de traumatizados y en ese camino cada tanto se detienen a reflexionar y a reordenar su marcha y sus fuerzas. Habíamos pasado a ser aquellos que aplicaban guías de trabajo institucionales, propias, nacidas de la necesidad de obtener mejores resultados con lo mucho que les caía entre manos. Lo que poníamos en nuestra área de influencia  iba moldeando su personalidad  y eso nos traía nuevas y más grandes responsabilidades.

Fueron apareciendo lesiones a las cuales nunca antes habíamos visto en vivo y surgió un número creciente de pacientes complicados o fallecidos. Comenzaron a pasar, uno detrás de otro y sin solución de continuidad, días de angustia con pensamientos recurrentes y obsesivos acerca de cierto caso difícil, de cierta lesión compleja o de cierto fallecimiento inesperado. Instantes en que reconocimos que el dolor y el Karma se habían transformado en nuevos maestros para nosotros. Momentos de revelaciones a la hora de hacer un trabajo retrospectivo  y descubrir como había sucedido nuestra asistencia. Minutos de clics reveladores donde la meta cognición surgía como una señal del camino e iba esculpiendo de modo casi artesanal a nuestros algoritmos de trabajo.

Y en medio de todo eso, un pensamiento siempre volvía, a veces  parecido a una plegaria.

Si seguimos por este camino,
vendrán mejores resultados.
Si resistimos desde esta posición,
vendrán más sobrevivientes.

Y de tanto poner en ese discreto universo nuestra mejor versión posible, eso finalmente sucede.

Lo que damos, recibimos.

Y si a veces no podemos salvar la vida de un herido, recibimos al menos la discreta satisfacción de haberlo dado todo.

Pero luego también  comprendemos algo más, el plus de un tesoro escondido: esos aportes a nuestro mundo  de trabajo deben incluir además a las habilidades que muchos llaman «blandas». La potente revelación de otro tipo de destrezas, menos visibles para algunos o directamente invisibles para otros. Otro tipo de aptitudes, más volátiles y cambiantes y por eso más difíciles de aprender. El objetivo de dominar estas capacidades constituye para nosotros el otro desafío, el otro combate. En ese otro plano, uno que transcurre de modo paralelo al plano de las técnicas y de los conocimientos secos, un sentimiento se abre paso entre las dificultades: ese que nos muestra, con un alto nivel de evidencia, que la compasión puede mejorar nuestras vidas laborales de un modo decisivo. Una sensación pacificadora, que de pronto ofrece su ayuda justo antes de que atravesemos la puerta de cierto sector del hospital, antes de que volvamos a encontrarnos con gente a la que vemos todos los días pero que en esa jornada vemos de un modo distinto. Entonces, algo cambia para siempre en la otra mitad de nuestro trabajo, en la faz “humana”, y eso crea nuevos flujogramas que también procuran mejores resultados. Nadie trabaja solo en nuestro ambiente, y trabajar en comunión dentro de un equipo que sea sano parece ser la mejor medicina contra el desgaste profesional. Hemos aprendido eso  y muchas cosas más de los conceptos relacionados con el trabajo en equipo, a través de una mirada  diferente hacia nuestros compañeros que nos hace verlos como los recursos más valiosos que nos rodean, como los recursos que más nos potencian.

La presencia de los otros es mi oportunidad para mejorar.
Cada uno de los otros posee aspectos positivos.
Cada uno de los otros posee algo de valor para mí.

La segunda ley es la ley de la creación. Ella nos habla acerca de que la vida no sucede por sí misma: necesitamos hacer que suceda. En la asistencia del Trauma es frecuente que veamos con nuestros propios ojos que suele haber más problemas por “no hacer” que por “hacer”, concepto que tiene un valor más crucial aun cuando se asiste a un grave traumatizado.  En esas circunstancias, dentro de un espacio y tiempo minimizados, nuestras decisiones primero y nuestras acciones después pueden definir en buena parte el destino de ese paciente. En esos momentos álgidos  no se debe pensar en el potencial lado negativo de los hechos, que exista una lesión irreparable o que el pronóstico ya sea ominoso o irreversible. En esas instancias se debe pensar en la potencial cara positiva de la situación: en todo lo que nosotros podamos  hacer para revertir un curso que pudiera ser mortal para esa persona.     

Solo nosotros podemos actuar  en  un intento  de modificar las consecuencias más graves del Trauma. Y en ese terreno hostil y vertiginoso a veces la terapéutica de necesidad debe anteceder a un diagnóstico más preciso porque el tiempo apremia.  Como un escudo que siempre llevamos para proteger al paciente, aparecen respuestas automatizadas y veloces que responden a un bajo umbral para realizar procedimientos  invasivos  en circunstancias críticas: una intubación orotraqueal, un drenaje pleural, una toracotomía de reanimación, una laparotomía de emergencia….Y cuando hay un poco más de tiempo disponible, ese pensamiento no cambia y buscamos afinar el diagnostico con el uso liberal de la tomografía, el método complementario madre, para detectar más precozmente a todos los peligros que amenazan al traumatizado.

Piense fatalmente acerca de ese traumatizado que acaba de ingresar, piense que está sangrando o en estado de shock hasta que se demuestre lo contrario, y luego si es posible descienda a situaciones de menor gravedad. Ese pensamiento inicial, en el momento del choque entre el herido y nosotros, nos pondrá a resguardo de sorpresas desfavorables o de decisiones tardías que perjudiquen aún más al traumatizado. Nada debe sorprender al médico que asiste a un herido de esta naturaleza.

Tome acción. Solo con nuestra participación activa las oportunidades de sobrevida aparecerán. Pero esas oportunidades solo favorecerán a quienes estén preparados para actuar.

La tercera ley es la de la humildad y nos lleva a entender que uno debe aceptar algo para poder cambiarlo. De nuevo, este postulado no se agota en cuestiones  meramente técnicas que podemos analizar de los hechos, ya sea apenas sucedidos con un debriefing (análisis agudo) o bien tiempo después con un ateneo de morbimortalidad o de  fallas y errores (análisis subagudo). Nosotros  podemos analizar en ese terreno que quizás no estuviéramos en lo correcto y que en realidad era nuestro compañero quien tenía la razón. Una autocrítica saludable y un debate respetuoso son las acciones iniciales e imprescindibles para tomar ese camino. Y de pronto uno advierte el sentimiento que emerge por detrás de ese cambio: los egos de  antes dan  paso a la satisfacción  fresca  de formar parte de un equipo, a la alegría silenciosa de ser un integrante más de ese equipo que  le resuelve problemas a los pacientes. A cualquier hora, de cualquier modo, hablando con los compañeros con los que hubiera que hablar, fundiéndonos por completo con los demás para una asistencia integral del paciente, la cual va  desde empujar su camilla hasta  realizarle maniobras quirúrgicas complejas durante una operación.

  Cuando acepto que todos los que me rodean son importantes y merecen respeto, cuando entiendo que no soy mejor que nadie y puedo aprender de todos, puedo cambiar y mejorar.

Luego, solo el cambio de todos puede modificar nuestro ambiente, ese mismo que siempre anhelamos modificar para bien.

La cuarta ley                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               del El crecimiento nos conduce a la idea de que cuando nos cambiamos  a nosotros mismos, nuestras vidas siguen a eso y también cambian. Pero el cambio posible que alguna vez percibiéramos en nuestros días de médicos residentes es mucho más amplio de lo que imaginábamos, es mucho más que esa excelencia de la cual nos hablaban nuestros superiores. No incluye solo aspectos técnicos o tácticos a los cuales acceder estudiando, ayudando a operar u operando bajo la supervisión de mentores, entrenándonos constantemente. Ese cambio debe incluir también (es otro de nuestros objetivos que eso suceda) la aparición de una nueva actitud: aquella portadora de la conciencia del valor del trabajo en equipo y  de la conciencia de la imposibilidad de obtener los mejores resultados actuando en soledad.   

 

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