La profesión, la vida y una mujer muy particular | 15 NOV 19

¿Acoso laboral a la médica?

Una historia de vida que desnuda el conflicto entre la profesión y la existencia personal, el acoso y la discriminación de género en un personaje trazado con maestría que cierra las puertas al mundo y se encierra en la profesión
Autor/a: Profesor Dr. Carlos Spector Fuente: IntraMed 

Remedios Kurovich fue compañera de estudios de nuestra promoción en la universidad pública varias décadas atrás. Durante toda la carrera competíamos permanentemente por quién de nosotros obtenía mejores notas; lo cierto es que ella siempre ganaba. Era una época en que la proporción de varones que estudiaban en la facultad de medicina superaba ampliamente a la de mujeres. De ellas, solamente progresaban las muy inteligentes, estudiosas y sobre todo tenaces.

Era frecuente que la mayoría masculina las hiciera objeto de bromas, casi siempre de mal gusto. A Remedios por ejemplo, apenas empezamos a cursar los trabajos prácticos de anatomía le pusieron subrepticiamente en la cartera el testículo de un cadáver. Ella lo soportó estoicamente, así como también otras bromas de grueso calibre, si así se pueden calificar con benevolencia tales procederes denigrantes.

Remedios era bastante poco agraciada, no se maquillaba y las prendas que usaba eran muy descuidadas y fuera de moda; tal vez por eso más que por su escasa locuacidad, pasaba bastante desapercibida la mayor parte del tiempo que compartía con sus compañeros. Sin duda a nadie le despertaba fantasía erótica alguna. Por ese entonces, antes de las residencias y del internado anual rotatorio hoy imprescindible para graduarse, las prácticas con pacientes eran voluntarias y se llevaban a cabo en hospitales públicos. Durante el último año de la carrera, los estudiantes se ofrecían a los jefes de distintas guardias, y ellos en forma discrecional decidían si aceptaban o no la incorporación de los postulantes.

Durante las 24 horas de la guardia semanal, se participaba en la mayoría de las labores cotidianas de rutina, las urgencias y emergencias, las operaciones programadas que se hacían pasar como impostergables para “hacerse la mano”, los abortos incompletos que se debían completar mediante legrados uterinos, las salidas en ambulancias a los domicilios de pacientes o a las calles donde se producían accidentes o lesiones por armas blancas o de fuego. Había jerarquías: el practicante mayor era el de más edad y por lo general un estudiante crónico muy autoritario; el practicante menor se comportaba de modo algo más amigable y ya estaba incorporado al plantel estable con renta, y finalmente los “perros de guardia”, voluntarios con obligaciones, pero sin derechos.

Durante el primer día de trabajo, era de rigor la “manteada”, ritual de bautismo que podía variar entre bromas más o menos pesadas y agresiones crueles. Entre las primeras, era un clásico preguntar al practicante que volvía de su primer auxilio en ambulancia cuál había sido el diagnóstico del paciente asistido y qué medicación había prescripto. Se constituía un verdadero tribunal de los “viejos” para enjuiciar al recién ingresado, aduciendo que el medicamento recetado no era el que correspondía y que la dosis indicada era poco menos que mortal. Entre las más agresivas, a veces se usaba atarle hasta que le doliera una barra de hielo a la espalda o encerrarlo con cadáveres en la morgue del hospital.

Los bautismos que produjeron lesiones en ingresantes, fueron determinantes entre otras razones, para la supresión definitiva del practicantado. Remedios soportó todo estoicamente durante muchas semanas. Mejor no relatar las vicisitudes que debió sortear para ganarse su permanencia. Por esos años la habitación para mujeres estaba separada de las destinadas a varones.

Un día, un practicante muy fiestero se escondió debajo de la cama de Remedios, esperó a que ella se quitara la indumentaria de trabajo y se acostara a descansar durante el poco tiempo que se le había permitido hacerlo, para propinar fuertes golpes en la parte de abajo del colchón. Remedios se asustó mucho y salió en ropa interior despavorida al pasillo, donde la esperaban entre carcajadas los compañeros de la guardia. También esta vez, soportó pacientemente la broma, sin imaginar que su actitud tolerante y determinada le iba a generar un gran respeto de todos y que a partir de entonces no haya habido ulterior maltrato.

Se graduó con medalla de oro y se propuso dedicar toda su energía con gran vocación solamente a la medicina en todos sus aspectos: el asistencial a través del ejercicio de la clínica médica, el docente en la cátedra de la especialidad y el académico mediante su incorporación a sociedades científicas desde la categoría de miembro adherente. Varios ex compañeros de estudios mantuvimos con ella una relación casi estrictamente profesional por un tiempo breve después de la graduación, porque en lo personal el trato mutuo fue muy distante. Sólo una vez comentó a uno de nosotros que no pensaba casarse ni tener hijos. Inferimos entonces que simplemente ella no podía concretar ese propósito tan habitual en el común de la gente, y que el elogio que hacía de las bondades de dedicarse a la profesión para el progreso de la humanidad en lugar de desperdiciar el tiempo en la familia tal como declamaba, era nada más que hacer de su carencia una virtud, como una forma engañosa de autocomplacencia.

Fue muy “exitosa” en su actividad hospitalaria pero no tanto en el consultorio de la clínica donde los pacientes elegían el médico con quien atenderse. Remedios era adusta, muy formal, exigía de manera autoritaria el cumplimiento estricto de las indicaciones, reconvenía a quienes cometían desvíos aunque estuvieran justificados, hablaba poco y dejaba hablar menos aún, era muy intolerante con los atrasos sin atender razones, nunca exhibió un gesto afectuoso ni formuló preguntas que demostraran interés en la vida de los demás. No obstante, la dirección del centro la mantenía en el cargo porque resolvía con precisión los casos complejos en que los colegas inseguros y dubitativos fracasaban.

En el hospital, se destacaba por su puntualidad, rendimiento y la concurrencia fuera de horario para atender algún paciente complejo que requería visitas asiduas a cualquier hora del día y de la noche, aunque jamás se ocupó de los aspectos humanos o personales de los demás. Los pocos ratos libres que tenía, los usaba para concurrir a la biblioteca. Estaba siempre actualizada, no solamente sobre los temas frecuentes de la clínica médica, sino también de otras especialidades, y por esta razón podía derivar pacientes en forma oportuna a distintas áreas para mejor diagnóstico y tratamiento.

 

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