La apasionante historia del Dr. Rodolfo A. Arribalzaga y el virus Junín | 07 ENE 18

Rodolfo y su ruptura capital

Sea en el hospital o en las viviendas rurales, independientemente de las condiciones climáticas, Rodolfo visitaba a los enfermos para administrar alguna forma de tratamiento, alentarlos y tomar debida nota de la evolución del proceso nosológico
Autor/a: Dr. Oscar Bottasso 

Los científicos cuentan historias que están escrupulosamente probadas para determinar si son historias de la vida real. Peter Medawar

Si la valoración más apreciada es aquella conferida por los pares, la labor del protagonista que hoy nos ocupa fue ponderada en su justa dimensión. Una editorial de la Revista Medicina lo señala con toda claridad “Es interesante hacer resaltar que la Fiebre Hemorrágica Argentina o “mal de los rastrojos” fue descripta por primera vez en 1955 por el Dr. Rodolfo A. Arribalzaga, médico de Bragado, quien fue objeto de un homenaje durante el seminario en cuestión, reconociéndole el mérito de una descripción de la enfermedad que todavía hoy es válida[1].

Nació en Bragado el 18 de mayo de 1913, en el seno de una familia de raigambre vasca afincada en nuestras pampas. Su padre se desempeñaba como director de la Orquesta Municipal de Bragado y profesor en el Colegio Nacional. Allí cursó los estudios secundarios para luego trasladarse a Buenos Aires en 1932, donde estudiaría Medicina.

Datos muy fehacientes hablan de años económicamente difíciles, que, si bien implicaron ajustarse muy fuerte el cinturón, no le impidieron llegar a ser un alumno ejemplar a punto tal de llegar a graduarse en 1938 con 6 meses de anticipación a lo esperable. Por esa época había contraído matrimonio con Carmen Gevodan quien gracias a sus ingresos como docente pudo ayudarlo a finalizar los estudios y afrontar los gastos para armar el consultorio a su regreso en Bragado.

Un hombre a la altura de las circunstancias que se suscitarían posteriormente se hallaba en el lugar preciso. Corrían los años 50, cuando se produce lo que epistemológicamente designamos como hechos apartados de lo esperable. Esencialmente se trataba de una extraña dolencia que algunos denominaban “Gripe Italiana” de curso bastante sombrío, la cual se daba fundamentalmente en habitantes de áreas rurales, con un incremento notorio en el número de afectados.

Por esa época, vecinos de la localidad de 9 de Julio también experimentaron procesos infecciosos con fiebre elevada de muy mala evolución y una mortalidad que traspasaba el 50% de los casos. El común de la gente hablaba de “la fiebre”; mientras que los médicos de la zona pensaban que se trataría de estados gripales, fiebre tifoidea, hepatitis, fiebre amarilla, leptospirosis o bien una encefalitis post-gripal. Todo muy entendible porque en definitiva el hombre conoce y piensa los problemas gracias a lo que ya viene sabiendo.

La información recolectada se procesa interiormente a la luz de los conocimientos previos para así elaborar una estructura interpretativa del fenómeno en cuestión. Este ejercicio intelectual es la materia prima conque el médico enuncia el diagnóstico probable, lo cual no implica que siempre sea sencillo y cuando de incertezas se trata la mirada del otro es bienvenida. El anecdotario de posibilidades arrojadas al rodeo de las dudas, donde algunas terminan siendo las correctas es un hecho corriente de la Medicina y no es necesario insistir sobre el tema.

Para el colega Rodolfo el cuadro clínico que presentaban los pacientes no le parecía encajar con una funesta gripe u otra patología infecciosa de las ya conocidas. Y como buen husmeador tenía clara conciencia sobre la necesidad de obtener más datos para ver si el fenómeno se seguía dando, para lo cual decidió abocarse al estudio clínico pormenorizado de esta dolencia. Aquí seguramente entró a jugar un elemento que siempre se hace presente en el “investigium” y que podríamos denominar apasionamiento.

Sea en el hospital o en las viviendas rurales, independientemente de las condiciones climáticas, Rodolfo visitaba a los enfermos para administrar alguna forma de tratamiento, alentarlos y tomar debida nota de la evolución del proceso nosológico. Se cuenta que lo hacía acompañado de su hijo Oscar quien tomaba fotografías y seguramente consignaba la información indicada por su padre. Según lo referido por el joven, también llevó a cabo una autopsia en un enfermo sin familiares internado en el Hospital Municipal de Bragado, donde pudo constatar que el paciente presentaba múltiples hemorragias internas. Las llamadas eran constantes y pasaba muchas horas del día visitando a los enfermos en sus domicilios.

En ese contexto los clásicos interrogantes sobre quién, qué, dónde y cuándo fueron cobrando una silueta bien definida. Una descripción absolutamente necesaria, pero con un tinte experimental y por momentos hasta fisiopatológica a la luz de los interrogantes que planteaba la enfermedad. En posesión de los rasgos distintivos del mismo y dado que las investigaciones por profesionales de centros muy calificados como el Instituto Microbiológico Malbrán no pudieron hallar leptospiras, virus o bacterias patógenas específicas, llega a formular el nuevo problema que posteriormente sería presentado a la comunidad médica[2]. Una serie de razonamientos lógicos rigurosos y perfectamente concatenados que constituyen rasgos inconfundibles de la labor científica.

Posicionados desde el método y a partir de operaciones fundantes como describir, registrar, enumerar, e ir atribuyendo propiedades y relaciones el investigador se va adentrando en el terreno de las clasificaciones, correlaciones y generalizaciones para finalmente arriesgar una sistematización y de ser posible un entendimiento del fenómeno bajo análisis.

Elaborar o, si se quiere, ascender a una teorización viene a ser, algo así como arroparse de términos, conceptos y estructuras por las cuales uno llega a representar, comunicar y en alguna medida construir realidades. Una suerte de invención, propulsada por lo observable, y asistida por una concepción racional que intenta echar anclas en el mundo real. El armado de ese andamiaje teórico seguramente requirió que este Magister in Artibus haya debido ordenar e integrar los conocimientos surgidos, resolver contradicciones como así también plantear nuevos problemas y las probables vías de exploración. Y si la supervivencia de la teoría está dada por el éxito que exhibe en cuanto a su potencialidad explicativa y predictiva; las elucubraciones de este eximio hijo de Bragado dieron en el blanco.

 

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