Un dramático testimonio personal | 13 SEP 11

¿Los médicos son los peores pacientes?

Cuando se trata de su propia salud, los médicos son tan irracionales como cualquier otra persona.
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Por Eric Manheimer, director del Bellevue Hospital Center, Nueva York

Aquella mañana, estaba adosado a una placa de metal y el técnico acababa de colocarme en la cabeza una máscara negra que se amoldaba a mi rostro. La lámina metálica y yo nos deslizaríamos arriba y luego abajo por un arco que me enviaría electrones a la cabeza y el cuello a partir de datos digitales sobre mi cáncer de garganta y su extensión a nódulos linfáticos adyacentes.

 Yo ya no era un médico. Era un paciente.

 Eso fue hace casi tres años. Esta primavera, Archives of Internal Medicine publicó un polémico estudio que indicaba que los médicos podrían recomendar a sus pacientes tratamientos diferentes si los enfermos fueran ellos mismos.

 Era mucho más probable que recomendaran a los pacientes un tratamiento que podría llegar a salvarles la vida y que tenía graves efectos colaterales, y no que eligieran ese tratamiento para sí mismos.

La gente teme, y es comprensible, que eso signifique que los médicos saben algo que no les dicen a sus pacientes. Pero mi propia experiencia con la enfermedad me enseñó una verdad más simple: cuando se trata de su propia salud, los médicos son tan irracionales como cualquier otra persona.

Tenía carcinoma de células escamosas de la garganta, algo que al principio era una lesión del tamaño de una arveja pero que luego se extendió a los nódulos linfáticos.

Sabía que era grave. Había visto la enfermedad y sus consecuencias muchas veces luciendo un guardapolvo blanco, con un estetoscopio colgando del cuello y junto a la cama de un paciente.

Había posibilidades de sobrevivir, y no pocas, 75% si completaba el tratamiento, según calculaban mis médicos. Pero pensaba cada vez más en qué pasaría si estaba en el otro 25%. Si terminaba el régimen y el tumor reaparecía, no había otras opciones de tratamiento. Sólo quedaban la morfina y los paliativos. Tenía 58 años.

Durante una internación especialmente desesperante, luego de recibir transfusiones de sangre y medicación para estimular los glóbulos blancos, decidí que ya había sido suficiente.

Me negué a más radiación y quimioterapia.

Desde la cama veía lo que pasaba a mi alrededor – la angustia de mi familia, la impotencia de los médicos- sin nerviosismo, seguro de que había tomado la decisión correcta.

Los médicos no podían ignorarla ni convencerme de que cambiara de opinión, pero por suerte mi esposa Diana sí, y lo hizo. Yo me había vuelto incapaz de tomar la decisión adecuada para mí. La enfermedad era tratable y tenía buenas posibilidades. Los médicos eran profesionales y amables, pero no podían decidir por mí.

Cuando ni el médico ni el paciente pueden tomar la decisión correcta, es vital tener una familia afectuosa, si bien hasta en ese punto los temas legales y éticos son complejos.

La semana próxima habrán pasado tres años desde que noté por primera vez la ronquera síntoma del cáncer, y me he reincorporado al trabajo y a la vida activa. Pero la enfermedad me hizo cambiar mucho como médico. Ninguna experiencia como médico puede prepararnos para ser un paciente.

En todo caso, es el reconocimiento de la vulnerabilidad, además de la idoneidad, lo que hoy me hace un médico mejor.

Copyright The New York Times, 2011. Traducción de Joaquín Ibarburu.

 

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