IntraMed y Roemmers con la Cultura | 14 ABR 10

"Manos que curan"

Se realizó en la ciudad de Rosario la primera exposición de la colección de fotografìas de IntraMed en homenaje a los maestros de la medicina argentina.
Fuente: IntraMed 

La primera muestra de la colección de fotografías "Manos que curan" de IntraMed tuvo lugar en el teatro El Círculo de la ciudad de Rosario. Allí se realizó un concierto de Jairo organizado por Roemmers con la cultura donde un imponente marco arquitectónico y una multutd de colegas que asistieron al espectáculo hicieron de esa noche un momento inolvidable para todos.
 


¿Quién es un maestro?

Los “maestros” son personas que, lejos de la erudición y la espectacularización del saber, ofrecen su tiempo para la escucha y el acompañamiento. Despojados de la arrogancia del erudito, no esperan admiración sino el establecimiento de un vínculo humano entre dos personas: uno que enseña lo que sabe y otro que aprende lo que aún ignora.

¿Por qué las “manos”?

Hay un concepto detrás de esta muestra fotográfica. El ejercicio de la medicina ha sufrido una transformación sensorial pasando de la mano al ojo como instrumento central de la exploración, el diagnóstico y la semiología. Las manos han sido durante siglos el espacio privilegiado de contacto entre el médico y el paciente más allá de la palabra. Una superficie íntima y sensible capaz tanto de recibir como de comunicar. Ha sido el tacto el sentido a través del cual un médico reconocía el cuerpo del enfermo y éste percibía la seguridad, el interés, el afecto que alguien en quien confiaba le estaba ofreciendo. La mano ha sido una herramienta exquisita a la que se la adiestraba hasta exasperar su sensibilidad y su destreza. Se la educaba como si fuese un instrumento musical. Los maestros alcanzaban notas que a los alumnos les parecían imposibles. Siempe hubo manos sublimes que todos admiraban por su habilidad para captar lo que para otros era puro silencio táctil. Una escena frecuente en las salas de hospital era ver la mano del profesor apoyada sobre la del alumno que se dejaba llevar sobre el cuerpo del enfermo. Una mano guía, cálida y generosa, que acompañaba a la del discípulo como una luz sobre la noche del cuerpo. Para los enfermos el contacto de la mano del doctor quedaba inscripto en el registro de su memoria sensitiva y emocional. En su recuerdo, la mano sobre el abdomen, el olor a alcohol y alcanfor y la mirada inquisitiva del médico de la familia se enlazan y persisten como una escena de infancia que ya nada podrá borrar. Sobre la mesa de luz la madre deajba los elementos para que el doctor se lave las manos como si afinara un instrumento. La mejor toalla, de hilo y con anagramas bordados a mano, se le ofrecía como un homenaje a esas manos sabias que tocarían a quienes más se amaba y develarían el secreto de su padecimiento. Aún hoy el lenguaje destaca el poder curativo de las manos al tocar: “mano santa”, “imposición de manos”, “tiene mucha mano”. No es raro escuchar a un enfermo al salir de la consulta con el diagnóstico más preciso y el tratamiento más oportuno, quejarse con su familia: “el doctor ni me tocó”. Nadie puede consolar si no toca. No hay acompañamiento sin abrazo, ni consuelo sin caricia. También las manos miran, dicen, cuidan y curan.

Las últimas décadas han mostrado transformaciones radicales en la práctica de la medicina. Gracias a ellas hoy se curan más enfermedades y se diagnostica con mayor precisión. Algo se ha interpuesto sin embargo entre la mano del médico y su enfermo. La tecnología produce imágenes y datos aritméticos, son más precisos, son más rigurosos, son bienvenidos. Es siempre recomendable que la fascinación por lo que se gana no oscurezca la conciencia de lo que se pierde. Es ahora el ojo profesional –otro órgano que merecería una exposición- el que gobierna el vínculo. Cuando se le pregunta a un médico cómo está su enfermo, él mira sus estudios. Pero, ¿está su enfermo allí? ¿Qué parte de la persona que padece queda fuera de lo que esas imágenes muestran? Muchos de quienes aún conservan el recuerdo de la experiencia de ser tocados por un médico, hoy –como afirma Paco Maglio- sienten "hambre de piel".

Esta muestra fotográfica se propone dejar el testimonio de una experiencia que tiende a desaparecer. Un homenaje algo nostálgico para una habilidad que ya casi nadie cultiva. Un botella al mar con una mensaje secreto para que no naufrage en el océano impersonal y anónimo que la amenaza. Un advertencia que tal vez ya nadie quiera escuchar pero que hemos sentido la necesidad de hacer.

Hace más de dos años que comenzamos con la publicación de una serie de diálogos con personalidades destacadas del mundo de la Medicina. Cada uno de ellos ha sido seleccionado por sus méritos académicos, por su trayectoria humanística y por haberse constituido en referentes éticos para sus pares y para la comunidad.

En momentos en los que asistimos a la reiterada afirmación acerca de la falta de ejemplos para las generaciones más jóvenes, cuando se señala el modo brutal en que la trivialidad y los modelos superficiales de la existencia parecen constituir la marca de una época, IntraMed se ha propuesto subrayar la presencia de médicos que contradicen esta oscura perspectiva. Ellos, como tantos otros, constituyen con sus propias vidas el contraejemplo imprescindible para que lo frecuente no desdibuje lo importante. También ellos forman parte de la sociedad en que vivimos y hemos sentido la necesidad de ofrecer un espacio para que su propia palabra se haga oír.

D.F

 

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