Un libro del Dr. Ricardo Aranovich | 03 FEB 10

¿Quién se robó mi entusiasmo?

"Usted no se siente bien, no está como en otros momentos de su vida, algo se le perdió en el camino. Las ganas de vivir y el entusiasmo lo abandonaron; se encuentra sin fuerzas, de muy mal humor e irritable..." ¿Hablará este libro de nosotros?
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Fuente: IntraMed 

Un psiquiatra escucha historias en su consultorio durante muchos años. ¿De qué hablan sus pacientes? La capacidad de disfrutar de la vida ensombrecida por el modo en que la vivimos. La sombría tela de araña que nos separa de nuestros auténticos deseos. A medio camino entre la patología cultural y la clínica vivimos una época de entusiasmos flacos y obligaciones obesas. ¿Podremos encontrar el "remedio"? Para responder a éstas y otras preguntas IntraMed conversó con el Dr. Ricardo Aranovich. 

En ¿Quién se robó mi entusiasmo? el doctor Ricardo Aranovich, médico psiquiatra, analiza en profundidad las principales características de una nueva forma de malestar causado por la crisis de valores y la forma de vida actuales. La denomina depresión sociocultural, aunque considera que no debe rotularse como enfermo a quien la padece. Para ello, señala las diferencias y similitudes con las otras formas de depresión, analiza numerosos casos clínicos y ofrece las claves para superar este cuadro cada vez más difundido.

¿Quién se robó mi entusiasmo? busca ayudar al lector a entender lo que le sucede (a él o a sus seres queridos) en tiempos de crisis, y brinda los conocimientos y recursos vitales para que logren reintegrarse a la corriente de la vida y, por fin, recuperar las ganas de vivir.

Fragmentos del libro
Autor:  ARANOVICH, RICARDO  Nacionalidad de la Edición:  
Editorial:  ATLANTIDA 
ISBN:  978-950083687-6

Ganas de vivir

Usted no se siente bien, no está como en otros momentos de su vida, algo se le perdió en el camino. Las ganas de vivir y el entusiasmo lo abandonaron; se encuentra sin fuerzas, de muy mal humor e irritable. Nada parece valer la pena y usted vive como un condenado a seguir y seguir con algo que cada vez le cuesta más, sin nada en su futuro que le resulte atractivo. Usted cree ser quien era, pero no, ya no lo es aunque conserve su aspecto habitual y responda al mismo nombre; llevaba en su interior una llamita que daba luz, calor y vida y  que ahora ya no está. Esa pequeña llama tenía un nombre: entusiasmo.

Antes de continuar, sepa usted que puede recuperar el entusiasmo y, aun más, a medida que su recuperación sea el resultado de su acción, aprenderá a controlar sus estados de ánimo y no estará expuesto, como hasta ahora, al azar incontrolable que lo zarandeó entre los escasos momentos de bienestar y los abundantes de malestar, con la consiguiente dificultad para darle un rumbo definido a su vida.

Por supuesto, es habitual atribuir este estado de situación a las diversas dificultades por las que atraviesa su existencia –¿económicas, familiares, sociales (inseguridad, corrupción)?– y está resignado a soportarlas estoicamente, aunque cada vez con menos esperanzas, hasta que suceda algo, lo que fuere, que reencauce su vida (cambiar de trabajo, de país, conocer a alguien). Es probable que haya tomado alguna decisión drástica para salir de este estado: un cambio de trabajo, la ruptura de una relación, una mudanza, verdaderos manotazos de ahogado que, como no nacieron de la reflexión, acarrearon más dificultades que soluciones.

Ahora bien, si mira a su alrededor verá que usted no es el único que ha experimentado ese cambio de humor: las salidas con los amigos ya no son lo que eran, ni los fines de semana tienen el mismo sabor. Esto no sucede sólo por usted ya que observa que los demás tampoco mantienen el espíritu de otros tiempos, al punto de preguntarse si tiene sentido continuar con ese tipo de programas o frecuentar a esas personas.
Ni qué decir sobre el ambiente en su casa que ha sufrido una modificación similar. Las conversaciones, ya sea con interlocutores habituales o circunstanciales, después de la segunda o tercera frase, derivan indefectiblemente hacia lo mal que está todo, el no saber adónde vamos a parar y el sinsentido incluso de la vida misma. En el trabajo, a veces sin relación con el rendimiento económico, experimenta una pérdida de la motivación, que otrora lo condujera a progresos que ahora siente que se le escapan de entre los dedos, y se pregunta si no será un caso de burnout o “quemado”.

Aun cuando, afortunadamente, usted no ha perdido el afecto por sus seres queridos, nota que en contra de sus más profundos deseos ha disminuido su capacidad de disfrutar de ellos, se angustia y tiene sentimientos de culpa cuando experimenta, en ocasiones, un cierto fastidio ante ellos.

Lo más extraño es que usted no es la excepción o, al menos, no lo siente así. Pareciera que la vida no va para mejor, a pesar de los impresionantes adelantos tecnológicos que anuncian que en cualquier momento llegaremos a Marte, que los nuevos aparatos científicos ya exploran con deslumbrante nitidez cualquier rincón de nuestro organismo o que, con un aparatito que cabe en la palma de nuestra mano, podemos comunicarnos con un residente en Japón, para sólo mencionar algunas de las numerosas maravillas que se nos ofrecen. Hay una expresión, dicha con creciente frecuencia, que da cuenta de este estado: “hoy en día…”, seguida de una lamentación o, simplemente, de un suspiro.

Si usted vive en Argentina, por ejemplo, encontrará servida la explicación y justificación de este estado. No le faltará razón pero, como se suele decir, ésta no le servirá de mucho. Cualquiera fuera la circunstancia en que aparece, lo imperioso es salir de ese estado. Por el contrario, recostarse en hechos desfavorables sólo acrecienta el fatalismo y la inacción. Además, como veremos más adelante, este estado es epidémico en lugares y países en los que la vida se desarrolla sin los contratiempos que enfrentamos por estas tierras.

Atención: Es probable que a usted no le suceda nada de esto. En ese caso sólo me cabe alegrarme por usted, felicitarlo calurosamente y decirle que, al menos por ahora, este libro no le atañe. No obstante puede ser útil la continuación de la lectura porque le permitirá conocer los factores que llevan a la depresión sociocultural y cómo prevenirla. Además, si en su entorno hay alguien en la situación que se describe, estará en condiciones de detectarlo y orientarlo. Desde ya que el cuadro que antecede y que continuaremos analizando comprende sólo a un creciente grupo de nuestra sociedad (por fortuna no a toda), porque el malestar es epidémico. Esta obra intenta llegar a los miembros de ese grupo creciente para ayudarlos a entender qué les sucede y ofrecerles conocimientos y recursos para que logren reintegrarse a la corriente de la vida y recuperar el entusiasmo.

Si usted se encuentra en la situación que se describe más arriba, alguien bien intencionado le dirá, con aire de revelación: “Vos estás deprimido, tenés una depresión, eso es una enfermedad que se cura, tenés que ir a ver a un psi(quiatra/cólogo). Mi (hermana, tío, socia, jefe) estaba peor que vos y ahora está fenómena(o)”.
Y allí parte usted, rumbo al consultorio más cercano. ¡Y lo bien que hace!, porque es probable que la medicina o la psicología lo ayuden ¡pero a qué precio! (No me refiero a la consulta ni a los medicamentos, aunque también pesan.) Pagará el precio del rótulo de depresivo, no por el prejuicio, hoy casi inexistente, sino porque cambia el modo como usted se piensa a sí mismo y eso conspira contra su total recuperación: usted pasará a pensarse como enfermo.

Si bien ya hemos dado a entender que se trata de un estado de desaliento que afecta a crecientes sectores de la población, en este caso ¿qué es? ¿Se trata de una epidemia o de otra cosa? En una palabra, ¿es un hecho del que tiene que ocuparse sólo la medicina o esta manifestación de desaliento generalizado se origina en un modo de vida inadecuado, en un fracaso de la cultura en su misión de sustentar la vida humana en condiciones satisfactorias? El resto de esta obra intentará responder a este interrogante y aportar orientación acerca de esta acuciante cuestión, cómo sobreponerse a ella y recuperar la iniciativa en esta verdadera lucha por la supervivencia.

“¡Usted exagera!”, me dirá el lector, “¡Supervivencia! De ‘mufa’ no se muera nadie”. Así es, sus pulmones seguirán respirando, su corazón seguirá latiendo, seguirá viviendo biológicamente. Pero la vida no es sólo biología, es también biografía. Y de una vida que se arrastra sin interés ni ganas, que es pura duración y malestar, no puede decirse con propiedad que sea vida humana. Para ser más gráfico, si se me permite, completaré la expresión: se trata de luchar por la supervivencia emocional o espiritual, la más crítica en estos tiempos.

Si usted se ve reflejado en las líneas que anteceden, puede estar cursando un estado depresivo de los que la medicina se ocupa y conoce, pero también es probable que esté sufriendo un estado muy parecido a una depresión, el cual difiere de los estados depresivos en su causa, tratamiento y prevención: se trata del estado de desaliento, efecto de un modo de vida cada vez más alejado de sus verdaderas necesidades. No obstante, ¡no se desanime!, no es necesario que cambie el mundo para sentirse mejor. Esta obra es un intento de mostrar una salida a esa situación, una salida que no es difícil de lograr.

Clásicamente la depresión es un estado anormal que presenta diferentes grados de intensidad y responde a más de una causa. Las intensidades varían desde una sensación de tristeza y falta de energía, acompañada de pérdida del disfrute y sentido de la acción, hasta un desesperante estado de postración total, en la que el deprimido no puede levantarse de la cama, inundado de angustia y desesperanza. En cuanto a la causa, digamos que no existe sólo una a la cual achacarle el trastorno, sino la posibilidad de clasificarla según las circunstancias de su aparición. En este sentido, hasta ahora se encuentran dos tipos de depresión: una se desencadena a partir de un acontecimiento penoso en la vida del sujeto, viene de afuera como reacción ante una pérdida o un fracaso, y recibe el nombre de reactiva; la otra surge sin motivo aparente, de golpe, de adentro, en ésta inciden más los factores biológicos del sujeto y recibe, en consecuencia, el nombre de endógena. En este último tipo se encuentran las de mayor gravedad. Sin embargo, también puede suceder, y es lo más probable, que no pueda reconocer ninguna de esas causas en su malestar. Esto nos ha llevado a postular un tercer tipo de estado depresivo, que suponemos el responsable de la actual “epidemia” depresiva y, por ende, el más numeroso: el malestar que nace de factores socioculturales.


Hipótesis de salida

Éste es el caldo de cultivo de la “epidemia”: una vida cada vez más insegura e incierta, con falta de reaseguros emocionales y sociales, donde el único salvavidas es el dinero y el éxito pero que, para lograrlos, hay que disponerse a luchar de un modo absolutamente individualista que, a su vez, agrava la inseguridad, el aislamiento y la carencia afectiva. La situación se parece a una trampa sin salida. La falta de éxito es la extinción y el éxito es la soledad. En reiteradas ocasiones he escuchado a algunas personas, que deberían de desbordar satisfacción y alegría por el modo como las trató la vida, decir una frase que también habrá oído alguno de los que leen estas líneas, frase dicha con expresión de extrema amargura: “Yo soy para mi familia solamente una libreta de cheques”. ¿Qué queda para quiénes no tienen siquiera esa posibilidad?

La salida reside en la afirmación de lo que verdaderamente somos y tenemos: nuestra propia vida. Lo más importante, entonces, es volcarnos hacia adentro de nosotros mismos y, buceando en nuestro interior, encontrar en nuestro fondo las fuerzas necesarias para la supervivencia. Esto señala un camino opuesto al que nos induce la situación de crisis. En el trans­curso de las crisis, se tiende a esperar que ocurra algo,
el milagro o la catástrofe, cualquier cosa que aclare la situación. Esto conduce a trivializar la vida, alejarse de lo que uno mismo en el fondo es y quiere y a aumentar la confusión general. La desorientación trae cada vez más desorientación. El que logra ponerse de acuerdo consigo mismo es quien puede volver a orientarse, separándose del barullo general y estableciendo con claridad y precisión sus auténticas metas, aquello que de verdad quiere, prefiere, le gusta y le parece que vale la pena. Con este simple recurso queda afuera del torbellino de la ambición sin sentido y el exitismo a cualquier precio y, por supuesto y “como si esto fuera poco”, se salva de la epidemia depresiva. Paradójicamente, la salida no es hacia afuera sino hacia adentro.

En ese vuelco hacia adentro se produce el encuentro con la verdadera, la única fuente de energía y entusiasmo, la propia fuerza de vida. Es necesario volver con todas las fuerzas a sentirse vivo, viviendo y viviente, sin condiciones ni metas impuestas. El propio deseo de vivir no es solamente la salida del problema sino la mejor manera de vivir, aunque no haya ningún problema.

Hasta aquí corremos el peligro de que nos tachen de caer en la misma insuficiencia de algunos textos del nuevo género literario: la autoayuda. Consistiría en ofrecer recetas ciertas, pero de cumplimiento casi imposible. Aliento la esperanza de que estas líneas sirvan por sí mismas, pero lo que más quiero transmitir es cuánto depende de comenzar una búsqueda personal. ¡Por favor, haga algo! ¡Acción! ¡Intente! Retome el hilo de algo que le hubiera despertado interés en algún momento; eso que dejó de lado pensando que había cosas más importantes que resolver primero. Confíe ciega y fanáticamente en usted, pues en la medida en que está vivo, y eso es indudable, en usted reside intacta la posibilidad de experimentar entusiasmo. Esta posibilidad está debajo de una pila de escombros que hay que remover, sin apuro. Usted ya sabe adónde va: a recuperar sus ganas de vivir. Ya tiene un Norte, ya está orientado (a). No se deje distraer por consideraciones del fatalismo biológico ni por el nihilismo racionalista. Siga el hilo de aquello que lo haga sentir vivo sin concesiones. No se deje apartar por ningún argumento, puesto que no hay argumento superior a la Vida misma, y para argumentar primero hay que estar vivo. Busque aquello que lo haga sentir vivo y piense a partir de eso y no antes.
No está en mi intención autoindicarme, sólo le aconsejo que recurra a las ayudas que sienta afines con las razones de esta obra: todos los recursos que favorezcan el contacto consigo mismo, la meditación, el yoga, la pintura, abordar algún estudio aunque no parezca rentable, retomar el contacto con su religión o con la oración en la forma que fuera.

Todas estas posibilidades no se oponen al éxito y al bienestar económico, por el contrario, la introspección es el camino al aumento de la eficiencia, mientras que perderse en lo de afuera lleva al agotamiento y la confusión.

 

 La vida: un hecho irrefutable

Usted podrá creer en algo o en nada, podrá ser teísta, agnóstico o ateo. La teoría del Big Bang y Darwin resolverán todas sus inquietudes o se pensará como criatura de Dios. Estará esperando el Apocalipsis o confiará en que la ciencia, finalmente, traerá la solución a los problemas del hombre sobre la Tierra. Sea cual fuere su postura, hay un hecho indudable en el que ninguno puede dejar de creer: el hecho de que vive. Mejor dicho, es algo en lo que no necesita creer porque lo siente todo el tiempo, lo vive. Es un hecho tan simple y elemental que pasa desapercibido, como el oxígeno que nos rodea, en el que no pensamos nunca pero sin el que no existiríamos. Repitamos que se trata del hecho simple y elemental pero fundamental, universal e indudable de que estamos vivos, que estamos en el mundo y tenemos una vida personal y concreta, la de cada uno, y que debemos llevarla a cabo. No sólo debemos llevarla a cabo sino que, además, tenemos un irrefrenable deseo de hacerlo del modo más grato posible, o sea que estamos vivos y buscamos la felicidad.
El lector ya tiene algo en lo que creer, donde poner toda su fe, más aún, algo que no puede negar porque le sucede. Este hecho, personal e intransferible, de estar cada cual viviendo y teniendo que hacer su propia vida, es previo a cualquier razonamiento, ideología, religión o filosofía, porque para adscribir a cualquiera de esas formas de sentir pensar o creer, previamente debemos estar vivos. La vida es previa, es anterior, preexiste a cualquier pensamiento que tengamos en ella y sobre ella.

En consecuencia, la vida tiene preeminencia e implica entonces una jerarquía superior. La vida es vivida antes que pensada, razonada o explicada. Ella es la que contiene los pensamientos, las explicaciones; no puede ser pensada desde afuera de ella, como lo suelen intentar el frío racionalismo, el nihilismo y otras filosofías negativas, porque para ser racionalista o nihilista, primero hay que estar vivo.
 

Médico, UBA. 1966. Esp Psiq. 1974
Residencia en Psiquiatría Policlínico Araoz Alfaro, Lanús.
Miembro titular del capítulo de integración del conocimiento de la Asociación de Psiquiatras de América Latina.
Miembro del Comité de Redacción de la Revista Acta Psiquiátrica y Psicológica de América Latina. 
Dicta seminarios universitarios y conferencias y ha publicado artículos en revistas nacionales y extranjeras.
Libros publicados: Estrés, depresión, fatiga, Buenos Aires 2000, Psicoterapia y Razón vital, Buenos Aires 2000, Autenticidad y vida, Buenos Aires 2002 y Ortega y Gasset, orientador. En: Entre historia y orientación filosófica, T. II, Sevilla: 2006. ¿Quién se robó mi entusiasmo?, Ed. Atlántida, Buenos aires, 2009.

 

Dr. Aranovich, Ricardo  

 

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