Una pionera que rompió un modelo social | 16 SEP 09
Cecilia Grierson: Mujer profana
Cecilia fue considerada una heroína no sólo por sus extraordinarios aportes a las ciencias médicas, sino por ser una pieza fundamental en la emancipación de la mujer.
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Autor: Guillermo Marín 

En la Argentina, Cecilia Grierson es prácticamente una desconocida. Sin embargo, es una de las mujeres más extraordinarias que dio la Nación. En los países sudamericanos, su inquietante figura está presente en los manuales de historia de la medicina con el mote de primera mujer en fundar una escuela de enfermería en el continente y de ser también la primera médica recibida en estas pampas.1 Semejante pergamino la proyectó, además, hacia el espacio educativo internacional; dimensión a la que dedicó en el país cuarenta y dos años de su dilatada existencia.

En Quito, Ecuador, un jardín de infantes lleva su nombre. En Argentina, la impronta de Cecilia está ligada, aparte de su escuela, a ciertos modelos de compromiso social que han tomado la forma de fundaciones no gubernamentales y que mantienen viva la memoria de la primera mujer que consiguió derrocar el patriarcado de la medicina en el país. Estamos hablando de una mujer del Siglo XIX que se atrevió a profanar el conocimiento científico custodiado hasta ese momento por varones. Romper un modelo social con más de 100 años de vigor varonil en los claustros de la Facultad de Medicina, no le fue fácil. El primer cimbronazo lo causó Elida Paso, cuando, luego de estudiar farmacia, (es nuestra primera mujer farmacéutica y universitaria) decidió seguir ciencias médicas. No la dejaron. Pero un recurso de amparo que presentó ante los tribunales superiores le abrió las puertas al conocimiento galénico. A pesar de que Elida peleaba codo a codo por su realización académica con Grierson, enfermó y murió poco antes de obtener su título. A Cecilia, en cambio, no le prohibieron la entrada a la facultad en forma tan autoritaria. Utilizaron un recurso “pedagógico” desprendido del plan de estudios vigente: le exigieron presentar junto a sus certificados académicos normales (Grierson fue una de las primeras mujeres con título docente en Argentina) cinco niveles de lengua latina que, por supuesto, Cecilia no poseía. No claudicó. Estudió la lengua de Horacio con el profesor Larsen, aquel que aparece caracterizado en Juvenilia de Miguel Cané.  Al tiempo rindió la materia como alumna libre en el hoy Colegio Nacional Buenos Aires y sin otra excusa la dejaron entrar. Así se presentó un día de abril de 1883 como quien dice agua va, en los lúgubres pabellones de la Facultad de Medicina. La habrán mirado, como era de esperar, como un bicho raro, con el mismo sarcasmo y desprecio que era observada la mujer antes de su emancipación.

Sus biógrafos mienten, o en todo caso fantasean demasiado. No es verdad que Cecilia Grierson masculinizó su figura cortando su pelo estilo varón y ocultando sus curvas con un atuendo exageradamente holgado para mimetizarse con el enemigo. No existe registro fotográfico ni declaración propia ni voz alguna que demuestre que Cecilia debió travestir su imagen para enrolarse como estudiante. En todo caso habrá desoído con angustia la crítica mordaz de sus compañeros varones. Pero es muy dudoso que haya cedido a su condición de mujer (ya que siempre la sostuvo) bajo el disfraz que la sociedad, que la excluía, quería imponerle. Transgresión femenina no es sinónimo de virilización. Quizás su carácter arrollador, aunque ella siempre se consideró a sí misma como una muchacha “tímida y algo infantil”, le haya adjudicado una imagen hombruna. Por sus venas corría sangre irlandesa y escocesa, de modo que ciertas características genéticas se manifestaron desde chica en la firmeza de su carácter. Su talla, de un metro setenta, su piel blanquísima, sus ojos azules y su frente amplia y despejada, hacían de Cecilia Grierson una mujer imposible de pasar desapercibida.

En la historia oficial del pueblo irlandés figuran las terribles hambrunas que padecieron sus habitantes en gran parte del Siglo XIX  debido al monocultivo de la papa; situación provocada por el sometimiento agrario y religioso que la Corona inglesa ejercía sobre Irlanda. Es probable que este horroroso legado transmitido por generaciones, haya fijado en Grierson el temple necesario para superarse así misma frente a la adversidad.  

Sus cronistas jamás pudieron responder esta pregunta: ¿Cómo, una mujer de aquella época pudo acceder al conocimiento sin masculinizarse? Sus biógrafos olvidan que en los destinos individuales, la influencia de una cultura que excluía no siempre es más poderosa que las voluntades psíquicas y fisiológicas de un ser inmerso en esas mismas circunstancias. Cecilia no discutió su sexo; lo elevó sobre los hombros de la exclusión.
Resulta difícil creer que una mujer de clase media baja haya podido conspirar contra el traje enjuto de la vergüenza. Pero la historia de mujeres está plagada de estos seres cuyos destinos, cimentados en ideales inconcebibles para la época en las que vivieron, lograron demoler (muchas veces arriesgando la vida) la confortable moderación en la que se hallaban las mujeres, aceptando y exhibiendo sus dotes naturales.

Había nacido en Buenos Aires bajo el signo de escorpio un 22 de noviembre de 1859. Los escorpianos se caracterizan, entre otras particularidades, por su poder hacedor y creativo. Estas peculiaridades zodiacales aparecerían en Cecilia desde muy joven. Siendo apenas una adolescente fundó en la Escuela Normal de Maestras (hoy Colegio Nacional Presidente Roque Sáenz Peña) una biblioteca con más de 300 volúmenes a la que llamó “El estímulo argentino”. Fue la mayor de cinco hermanos, de quienes tuvo que velar por su mantenimiento tras la muerte de su padre. ¿Podemos hablar de una naturaleza docente? En la provincia de Entre Ríos donde residió la mayor parte de su infancia dio, junto a su madre y aun siendo una niña, clases de lectura y matemática a un puñado de chicos analfabetos que habitaban las tierras del Delta. En esa precaria escuela rural solventada por el gobierno de turno, la pequeña Cecilia daría sus primeros pasos por los corredores de la enseñanza sistematizada. Su evolución intelectual fue rápida e intensa. Recibida de doctora cirujana en 1889, escribió obras trascendentales para la literatura médica; una de ellas, Masaje Práctico (1897), alcanzó una tirada de veinte mil ejemplares, algo excepcional para la época. Fue, junto a Julieta Lanteri y Alicia Moreau, una de las mujeres más famosas de su tiempo.

En 1892 funda la Sociedad Argentina de Primeros Auxilios, organismo al que le dedicó tanta atención como a su escuela de enfermeras. Participó del Primer Congreso Femenino Internacional realizado en la ciudad de Buenos Aires en 1910. Viajó tres veces a Europa. En uno de esos periplos al que marchó con pasaporte diplomático (pues la había enviado el gobierno de Julio Argentino Roca) logró observar una veintena de escuelas de mujeres. A su regreso elaboró un informe (1902)  que fue la piedra de toque para la creación de aquellos mismos establecimientos que en el país llamó escuelas de educación doméstica para mujeres. Al regreso de su primer viaje, funda el Consejo Nacional de Mujeres (1900) y la Asociación Obstétrica Nacional (1901). En 1903 consigue dictar en la Facultad de Medicina un curso de kinesioterapia y gimnástica médica. Fue alumna y amiga del sueco Ernesto Aberg, un aporteñado médico que trajo al país la ciencia kinesiológica como una rama importantísima de la medicina. Trabó también amistad con diversos artistas plásticos, escritores y una gama muy amplia de hombres de ciencia. Durante muchos años, Cecilia fue considerada una heroína no sólo por sus extraordinarios aportes a las ciencias médicas, sino por ser una pieza fundamental en la emancipación de la mujer. Pero la exacerbada desmemoria en que caen los héroes sin capa y espada, la han delegado hoy al arcón del olvido.2 Dijo en 1916 cuando intentó jubilarse:

“Sintiéndome decaer, pensé en acogerme a los beneficios de la jubilación ordinaria, a la cual creía tener derecho, pues había trabajado asiduamente en el magisterio durante cuarenta y dos años. Eso sí, nunca me había preocupado de que el puesto fuese rentado o no; de si era municipal, provincial o nacional la repartición en que servía. Presentados algunos documentos que conservaba, resultó que, según la ley, no pudo computárseme sino veintidós años de servicios con sueldo. ¡Había principiado demasiado joven y había trabajado demasiado ad honorem, y, por lo tanto, quedé excluida del amparo que la Nación Argentina presta a sus servidores!...”
  
Retirada de la vida profesional y de la docencia, Grierson vivió sus últimos años en la localidad de Los Cocos, Provincia de Córdoba. Al morir, Cecilia estaba trabajando en la ampliación de su obra médica más ambiciosa: Cuidado de enfermos (1912). Pero un día se metió en la cama y empezó a agonizar de un padecimiento por el que había luchado en los servicios ginecológicos de los hospitales en los que trabajó. Cecilia Grierson murió de cáncer de útero el 10 de abril de 1934. Tenía 74 años. Sus restos descansan en el Cementerio Británico de la ciudad de Buenos Aires. Allí se alza una imponente lápida donde figuran tallados los nombres de sus ancestros. Encabeza la lista William, su abuelo paterno. Aquel inmigrante escocés que un día de 1825 llegó a la Argentina acaso sin saber que su nieta entraría cien años más tarde en la historia universal de la medicina. 
  

Guillermo Flavio Marín
Periodista y biógrafo
Redactor columnista de la revista científica “Conexión Abierta” de la Universidad Abierta Interamericana
Columnista del Diario “Cultura para la salud”, publicación bimensual de la Facultad de Medicina de la UAI
Docente de nivel terciario
Secretario Técnico del Decanato de Medicina de la UAI
Mail: desechosdelcielo@gmail.com

1 El doctor Konh Loncarica, su biógrafo, le adjudica ser la primera médica recibida en Sudamérica. No es cierto. Fue la  Dra. Eloísa Díaz Insunza, la primera médica Sudamericana. Nacida en Chile el 25 de junio de 1866, se graduó el 27 de diciembre de 1886, recibiendo su título profesional el 3 de enero de 1887.
2 A setenta y tres años de su desaparición tanto la Academia como la Facultad de Medicina, carecen de un monumento a su memoria.
 

 * IntraMed agradece a Guillermo Flavio Marín la generosidad de compartir su trabajo con IntraMed.

 

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