Escepticemia por Gonzalo Casino | 07 AGO 21

Bulos y desmentidos

Sobre el estudio de las formas de la falsedad y el servicio de los verificadores
Autor/a: Gonzalo Casino Fuente: IntraMed / Fundación Esteve 

En respuesta a la avalancha de desinformación sobre la pandemia, las verificaciones de plataformas independientes aumentaron un 900% entre enero y marzo de 2020, según un informe del Reuters Institute for the Study of Journalism. En la muestra de 225 piezas de desinformación, el 59% implica alguna forma de reelaboración o recontextualización de la información existente, a menudo verdadera; el 38% es información inventada, y el 3%, bromas; en las redes sociales, los porcentajes son 87%, 12% y 1%, respectivamente. En la muestra no se encontraron ejemplos de falsificaciones profundas. El informe habla solo de desinformación y evita términos tan populares como fake news (noticias falsas) y hoax (bulos). Pero ¿hay que dar por buena esta categorización? ¿Cómo clasificar la desinformación en español?

En español, la palabra bulo se ha hecho un hueco en el discurso público y tiene el viento de cara para hacer fortuna, por su brevedad (las palabras cortas se usan más), el consenso que suscita y la preocupación creciente sobre la desinformación.  Aunque la primera aparición registrada en las bases de datos de la Real Academia Española (RAE) es de 1481 (“El que de Medina arranca/aunque lleve bulo y bula/si se le manca la mula/no dexara de ser manca”), no entró en su diccionario hasta 1992. Su popularidad ha crecido en los últimos años, especialmente con la pandemia de covid-19, como muestra la herramienta Google Trends, que registra la frecuencia de las búsquedas de Google y marca el apogeo para “bulo” en abril de 2020.

El término parece estar cuajando gracias el respaldo de las organizaciones de verificación y los medios de comunicación, que nunca se sintieron muy a gusto con el término fake news, e incluso de los investigadores en comunicación. La definición común de bulo como “noticia falsa propalada con algún fin” (RAE) ha sido precisada en un artículo del grupo de Ramón Salaverría, de la Universidad de Navarra como “todo contenido intencionadamente falso y de apariencia verdadera, concebido con el fin de engañar a la ciudadanía, y difundido públicamente por cualquier plataforma o medio de comunicación social”. Ambas definiciones tienen un claro matiz finalista en la difusión de la falsedad, y esto hace que el concepto tenga unos límites difusos.

 

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