¿Cuál es el sentido de la vida? | 23 AGO 20

“Mascarita”

Un relato conmovedor que plantea algunas de las preguntas fundamentales de la existencia humana
Autor/a: Ricardo T. Ricci 

Empuñó el picaporte de la vieja puerta decorada con una estrella blanca y abriéndola ingreso a la pequeña habitación. En el escueto recinto encontró el desorden de siempre, lo invadió ese olor rancio mezcla de alcohol y sudor. Dejó a un lado su ropa de calle y se puso el overol multicolor, su atuendo de trabajo. Sosteniéndolo con un elástico bastante usado, mandó todo su cabello para atrás. Ahora había que trabajar con la cara, toda ella expuesta ante el deslumbrante espejo.

Carlitos, su bebé, el hijo de la madurez, permanece internado en la neonatología. Hace tres días en medio de la renuente euforia del papá cincuentón el parto tuvo una complicación inesperada, la cesárea finalmente se efectuó de urgencia y nació el niño con bajo peso y signos manifiestos de sufrimiento fetal severo. Desde entonces permanece internado y su pronóstico parece no ser bueno, la hipoxia ha sido prolongada.

Comienza extendiendo la base por toda la cara, es una cera blanca que se adhiere pronto a la piel, debe ser bien distribuida con una esponjita o con los dedos, a él la esponjita nunca le gustó. Son sus dedos lo que se aseguran la homogeneidad perfecta del blanco. El área maquillada describe un ovalo: toda la frente y hasta la barbilla, a lo ancho de oreja a oreja, como si fuera un plato blanco, lo demás queda sin colorear. Los pulgares casi no participan, son los otros dedos que, embadurnados de blanco, repasan una y otra vez la superficie de toda la cara en búsqueda de imperfecciones.

Acaba de dejar a Graciela, su compañera de toda la vida, su amante, su vida, al cuidado de la mamá de ella. La señora ya anciana, la mima, le da con todos los gustos y atiende solícitamente a los mellizos ya adolescentes. Estos tienen que estudiar, mañana tienen prueba de matemáticas. Uno de ellos, el Joaquín está a punto de quedar libre a mitad de año. Antes de todo esto del nacimiento la situación de Joaquín lo desvelaba, ese chico no va, el colegio no parece ser lo suyo. Es vivaz, simpático, ocurrente, amiguero. Es el animador de todas las fiestas, pero con el estudio no va. No se queda quieto, se distrae, inventa tareas extra, visitas, y no se sienta a estudiar. Es posible que su vida no pase por el estudio, el problema es que tiene 17 años y no se vislumbra por donde le pasa, está francamente descarrilado.

Una vez que el blanco ha quedado perfecto, con un pincelito untado en un gris claro, traza algunas líneas horizontales en la frente para imitar y resaltar las arrugas. Los ojos, la expresión máxima junto con la sonrisa, son a los que más tiempo les debe dedicar. Pinta unos rombos azules que los rodean por completo, rombos más largos que anchos, en el derecho, el ángulo inferior se resalta y se lo prolonga casi hasta la altura de la comisura de la boca. El azul, en un principio homogéneo, ahora va en cadencia desde un celeste muy claro en el centro hasta un azul muy oscuro en la periferia. Los rombos terminan netamente enmarcados en un negro firme, el mismo negro que diseña las anchas cejas semicirculares con la concavidad hacia abajo.

 

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