La profesión y la vulnerabilidad | 12 JUL 20

Ya que estamos, podríamos demandar al médico

¿Qué otros profesionales son tan vulnerables como los médicos?
Autor/a: Carlos Horacio Spector 

La sensación de desvalimiento y desolación que lo invadía se asemejaba a un duelo. Sufría la paralizante impotencia de no poder hacer nada para afrontar una situación que consideraba injusta e inmerecida. Sabía que en algún momento ella podría ocurrirle por ser médico, por tratar pacientes graves a veces mediante los insuficientes recursos disponibles y aplicar tratamientos de resultados con frecuencia inciertos. Pero a pesar de ello, cuando se produjo en la realidad, en el momento en que el oficial de justicia se presentó en su consultorio con un expediente cuya recepción debió firmar antes de leerlo, la ansiedad le generó un malestar que le obligó a sentarse para no perder la estabilidad.

Firmó un recibo, despidió al funcionario y leyó la carátula. Vio el nombre del paciente más difícil que tuvo que operar durante toda su carrera, por quien más se preocupó, el que lo mantuvo más horas desvelado, cuya familia fue la más agradecida de cuantas conoció a lo largo de su prologada e intensa trayectoria profesional. Todo le parecía irreal. El resultado adverso que generó la demanda fue el efecto indeseado de una eventualidad imprevisible, no de su esmerada aunque parcialmente infructuosa intervención. Sin embargo parecía que se lo hacía responsable de un fracaso de la biología. Aun así, conservaba la esperanza de que se lo citara como testigo, hasta que la lectura de las primeras páginas le confirmó sus peores sospechas: se lo demandaba por haber hecho supuestamente un daño o no haber hecho lo suficiente; no sabía qué más, porque se le nublaron la vista y el entendimiento, y ya no comprendía las crípticas palabras acusadoras.

En esfumados recuerdos del tratamiento realizado al paciente, evocó situaciones agudas, urgencias, órdenes, corridas, puertas vaivén del quirófano batiendo hacia adentro y afuera con gente apurada, frascos de sangre y suero, alarmas de monitores y finalmente para alivio de todos, el rítmico pitar de la pantalla con el trazado de un corazón que afortunadamente había recuperado el ritmo. El paciente despertó, pero la recuperación fue lenta e incompleta. Nunca pudo pronunciar frases enteras en forma perfecta aunque se comunicaba lo suficientemente bien como para que se le entendiera aquello que pretendía expresar. Egresó del hospital con un leve defecto en la marcha que superó merced a un tratamiento de rehabilitación. Pero el habla permaneció temblorosa, y ese era el motivo de la demanda judicial.

Durante la operación, el anestesista había identificado la aparición un importante trastorno cardíaco en su inicio, y en consecuencia pudo corregir la alteración bioquímica causante y de ese modo logró revertir el problema, aunque al precio de una secuela que al equipo tratante le pareció de poca magnitud en relación a la crítica situación trascurrida, pero  que el paciente y la familia después de un tiempo dijeron percibirla como gravísima, invalidante y suficiente para entablar demanda al cirujano, aunque el tratamiento de la enfermedad que motivara la operación hubiera sido exitoso.

El cirujano llamó al paciente, con quien mantenía una relación afectuosa hasta entonces, para manifestarle su sorpresa por el cambio de actitud, pero recibió una fría explicación expresada en términos propios de la jerga legal, muy diferente del lenguaje coloquial y amable que hasta entonces empleaban para comunicarse. Le dijo que la pronunciación imperfecta perjudicaba sus negocios y que la merma de sus ingresos debía compensarse con el dinero proveniente de quien él consideraba responsable, es decir el cirujano que lo había operado de la vértebra que se había lesionado mientras practicaba deporte de riesgo.

No quiso escuchar explicaciones, ni entender que la pérdida del ritmo cardíaco durante la intervención podría haber obedecido a varias causas, entre otras a la magnitud y duración de las maniobras, pero que ellas habían sido imprescindibles para liberar las estructuras nerviosas vitales de la compresión generada por el traumatismo. Interrumpió la conversación con evidencias de hostilidad. La autoestima del cirujano se derrumbó. Toda su trayectoria y prestigio parecieron reducirse a la nada. No comprendía la realidad, ni siquiera después que su amigo abogado le dijera que hacerlo responsable no significaba que fuera culpable.

Lo citaron a un juzgado, lo interrogaron con la severidad con que se trata a un delincuente y cuando rogó que le dieran alguna razón plausible que justificara el por qué lo demandaban, le dijeron que como hubo daño alguien debía ser el responsable para repararlo o compensarlo de algún modo y cuando preguntó por qué él había sido el elegido, le respondieron que si no se hubiera practicado la operación, el trastorno cardíaco y la secuela en el habla no se habrían producido. Cada vez entendía menos. Perdió el apetito, interrumpió por el momento su ejercicio profesional, tuvo pesadillas cotidianas durante las pocas horas en que conciliaba el sueño, se cerró en un mutismo absoluto y se fue a vivir lejos de su familia.

En varias oportunidades previas había sido testigo de otros profesionales de la salud que participaron en actos con epílogos desafortunados en los cuales los eventos adversos ocurrieron como consecuencia de accionar defectuoso, incorrecto o insuficiente. Muchos honestos colegas se habían sentido con la responsabilidad o la culpa por los efectos de haber diagnosticado, tratado o prevenido del modo en que lo hicieron. También conoció otros que reconocieron fracasos aunque no se podría haber actuado en forma diferente debido a las circunstancias. Pero en esta situación por la que estaba pasando se sentía injustamente implicado. Buscó artículos científicos que hicieran referencia a casos parecidos, sus causas y la manera de tratarlos. Indagó sobre la frecuencia con que ocurren eventualidades similares cuando se practican intervenciones de gran complejidad, consultó a colegas y contrató un abogado que lo defendiera.

Debió someterse a interrogatorios incisivos que por momentos le hacían dudar de sus buenas intenciones, de su habitual celo profesional, así como de su apego irrenunciable a los valores encomiables que hasta el momento signaron su vida personal, familiar y profesional. Pero enseguida recuperaba la memoria de su historia intachable y se indagaba sobre quién o quienes podrían buscar un beneficio espurio a expensas de su patrimonio y su sufrimiento.

No dejaba de reconocer la indeseable secuela de su paciente, pero después que éste comprendiera la causa y la aceptara, no entendía las razones de su cambio de conducta, como si le hubiera surgido de pronto un ánimo de venganza y un deseo de colocar su infortunio en un supuesto culpable. Creía que con él, por su condición de médico tratante, se había ensañado la mala suerte. Una cierta lógica, sin embargo, le hacía sospechar que el cambio de conducta del paciente había sido inducido. Tal vez fuera la misma persona que lo patrocinaba y que se apoyaba en argumentos que parecían inverosímiles por más que se expresaran en el expediente mediante una redacción pulida y en términos barrocos y académicos, pero que a él no convencían.

Finalmente, después de un prolongadísimo juicio, fue exculpado al cabo de la apelación, pero a un precio muy alto, no sólo por el elevado costo dinerario de los gastos que debió afrontar y la sensible merma de su salud física y mental, sino también por el abandono que hizo de la especialidad. Al principio quiso dejar de ser médico, pero ya se sabe que son pocos los casos en que se puede hacerlo porque la vocación manda. En cambio optó por dejar de atender enfermos, no porque no le apasionara la medicina asistencial sino para evitar comprometerse con enfermedades de difícil solución y afrontar el consiguiente riesgo de eventualidades adversas que pudieran ocurrir en el curso del tratamiento a su cargo.

Se recluyó en una oficina para realizar tareas administrativas vinculadas con la profesión en las que debía producir dictámenes mediante la aplicación de su amplia experiencia. En esta tarea no tuvo buen desempeño, debido a un excesivo temor a que sus conclusiones pudieran incriminar a colegas involucrados en actuaciones médicas complejas: un exceso de escrúpulos le hizo confundir honesto control de gestión con propensión a la venganza tan alejada de su espíritu y sus valores.

El epílogo de esta historia es muy desafortunado. Familia destruida y salud mental afectada. Todos nos preguntamos: ¿qué otros profesionales son tan vulnerables como los médicos? ¿merece la pena tomar tantos riesgos? Si los médicos competentes no aceptaran los casos difíciles, ¿quién entonces debería ocuparse de estos pacientes? Si un médico, un abogado, un fiscal o un juez se enfermaran y por la magnitud de sus dolencias requirieran tratamientos complejos y arriesgados ¿no desearían acaso que los mejores profesionales de la salud se ocuparan de atenderlos aunque ello les significara enfrentar probables fracasos a pesar del mejor empeño y de la más esmerada dedicación? Si fuera cierto que la mayor parte de las demandas a médicos no prosperan: ¿qué significa esta evidencia? ¿alivia acaso el terrible padecimiento que se infringe al injustamente enjuiciado? ¿cómo se compensan los perjuicios a los absueltos por falta de culpa? Finalmente, ¿cómo se hace para desalentar a quienes inician demandas sin verdadero sustento y a los inescrupulosos que las promueven?


El autor
  • Profesor Dr. Carlos Spector
  • Cirujano torácico
  • Decano de la Facultad de Ciencias de la Salud de UCES
  • Profesor Consulto Titular de UBA
  • Emérito de la Academia Argentina de Cirugía
 

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