Un libro que renueva la felicidad de la lectura | 19 DIC 16

"Tres hermanos", nueva novela de Esther Cross

Otro libro apasionante de una de las mejores narradoras argentinas

En IntraMed le asignamos un alto valor a la literatura, ya sea como instrumento de la superación profesional del médico o como recurso de la terapéutica. Leer es un signo y un promotor de la salud. Desde hace muchos años seguimos la obra de Esther Cross con admiración y placer. Ella también ha participado como narradora de algunos de nuestros libros con textos inolvidables. Ahora leímos su nueva obra: "Tres hermanos" que otra vez nos hizo felices. Salimos de esas páginas fascinantes siendo mejores personas. Le recomendamos mucho que lea este libro, que lo comente y lo "recete" a sus propios pacientes. La medicina es biología y biografía, sus herramientas están dentro del botiquín y fuera de él. Hace mucho tiempo que lo sabemos, es hora de ponerlo en práctica.


Sinopsis

Tres hermanos andan solos por el campo. Descubren secretos y aprenden a callarse. Van de la casa grande al monte, rondan por los galpones. Hay demasiado para ver. El lugar no es un retiro tranquilo. Es un campo en los años sesenta, habitado por mucha gente y sus animales. A la violencia de la naturaleza se suman la carga histórica de la zona y el acecho de la policía en la ruta. Los autos pasan y parece que no hay nada a los costados, pero siempre hay algo. Las historias de cada día se entrelazan y forman, de a poco, una historia más grande. Tres hermanos revela el pulso de esa vida inquietante, que late a pocos metros del camino, oculta tras los árboles.

Ficha técnica
Editorial Tusquets
Colección:ANDANZAS
Número de páginas:136
Edición:2016
ISBN:9789876704069


Fragmento del libro

LOS QUE VOLVIERON
a Nuria Kojusner

Fueron cuatro y volvieron tres. Entonces la casa entró en funciones. Papá y el padre del chico, el mayordomo, el capataz, los mensuales, hasta un croto que había llegado el día anterior, cruzaron la tranquera que daba al monte. Furman, el padre del chico, parecía menos apurado. Como si Papá estuviera seguro de que había pasado algo muy malo y el padre del chico, no. O como si Papá pensara que estaban a tiempo y el padre del chico supiese, en cambio, que era demasiado tarde.

Mis hermanos y el hermano mayor del chico Furman habían vuelto corriendo. Entraron en la casa pegados, todos en uno, y se atoraron en la puerta. Entonces Mamá preguntó por el chico: «¿Y Martín?». Los tres miraron al piso. Papá sacudió a mi hermano mayor por los hombros.Mi hermanito dio un paso a un costado, con las manos en los bolsillos. El hermano de Martín Furman no largó ni una palabra. Papá le dijo un secreto a Mamá, después se arrodilló frente al mayor de los Furman. Le habló buscando que el chico lo mirara a los ojos. Mamá corrió al teléfono, a llamar al padre de los hermanos Furman. Cuando Furman llegó, Papá terminaba de darle instrucciones al mayordomo.

Los hermanos Furman y mis hermanos no eran muy amigos, pero igual jugaban juntos cada tanto. Los Furman eran vecinos y las familias se cruzaban siempre sin querer —en el camino, en el pueblo, en el restaurante La Rodada algunos domingos a la noche—, y un día empezaron a encontrarse más seguido. Por eso mis padres nos llevaban a jugar algunas tardes y los Furman traían por unas horas a sus hijos. A veces, Furman pasaba —lo decía así: pasaba— para saludar. Venía en su pick up, después de recorrer, con los dos hijos y su perro. Tenía cara de señor y manos curtidas. Él era esa combinación.

Los chicos Furman y mis hermanos eran parecidos, como todos los hijos de madres que compran el mismo tipo de ropa. Mamá vestía a mis hermanos con ropa que imitaba la ropa de los chicos ingleses. La madre de los Furman compraba en el pueblo ropa que imitaba la ropa que Mamá le compraba a mis hermanos. Los chicos se llevaban bastante bien. Se movían con gestos parecidos, que el hecho de andar por el campo —saltar alambres, pisar fuerte y con cuidado, pararse a oír— había calcado en sus cabezas. Pero había diferencias. La principal era que los Furman vivían en el campo y mis hermanos, no.

Mis hermanos sabían de jets, ladrillos de encastre y figuritas.

Pero cuando querían saber qué gusto tenía la carne de mulita, por qué cada tanto aparecía una lechuza colgada de la veleta del molino, dónde quemaban la basura, cómo era la vida sexual de las ovejas, consultaban la enciclopedia viviente Furman. La otra diferencia era que entre ellos no había una hermana. Yo no tenía doble en ese espejo. Entre el Furman mayor y Martín sólo había tiempo. Esa tarde, cuando encontraron el cuerpo de Martín Furman en el monte, los parecidos se perdieron.

Lo encontraron tirado bajo un árbol. Eran tan chico que ni sabía leer. Le salía un hilo de sangre por la nariz. Estaba boca arriba. La piel blanca, manchada de tierra. La cabeza inclinada hacia un lado. Parecía dormido. Pero había algo raro. Como si durmiera un sueño de alteración sutil. Un sueño imposible, de otro mundo, quizá de un mundo en donde nadie estuviera despierto. Se había torcido el cuello. Y tenía la boca abierta, como si no hubiera terminado de decir lo que estaba por decir, o como si la sorpresa hubiera sido la última palabra de su vida.


Esther Cross (Buenos Aires, 1961). Es escritora y traductora. Publicó Bioy Casares a la hora de escribir y Jorge Luis Borges, sobre la escritura, libros de entrevistas con los autores, escritos en colaboración con Félix della Paolera. Es autora de Crónica de alados y aprendices, La inundación, La divina proporción, El banquete de la araña, Kavanagh, Radiana, La señorita Porcel y La mujer que escribió Frankenstein. Sus libros recibieron, entre otros, el Premio Internacional de Narrativa Siglo XXI (México) y el Primer Premio Regional de Novela. Recibió la beca Fulbright-Fondo Nacional de las Artes y la beca Civitella Ranieri.


 

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