La verdad y otras mentiras | 30 SEP 13

Elogio de la lumbalgia

Acerca del dolor de espalda, el peso del mundo y el agobio de la existencia.
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Fuente: IntraMed 

Si el planeta tuviese la gentileza de inclinarse unos treinta grados a estribor yo volvería a ver las cosas en su lugar. La lumbalgia te cambia la perspectiva del mundo. Te rescata de la dictadura de lo vertical. El dolor te humaniza. Todo se vuelve estúpido, insignificante. Comprendés, a fuerza de latigazos en el lomo, que tenés un cuerpo. Que no gobernás su caprichosa fisiología. Que estás a su merced. Te come la voluntad. Te tirás en la cama evitando el más mínimo desplazamiento. El aleteo de las alas de una mariposa desencadena una tempestad de rayos que te atraviesan la espalda. Advertís la contundencia de lo sutil, la furia desatada por lo minúsculo. El movimiento es tu enemigo. Sos un primate pagando la deuda milenaria de la bipedestación. Deseás que el homínido nunca se hubiera puesto de pie. Aunque eso te privara de la idea de horizonte y del sexo frontal, de los besos mirándose a los ojos. Quisieras caminar en cuatro patas.

El esfuerzo por disimular tu inclinación de Torre de Pisa es agotador. Apoyás una mano sobre el muslo y empujás hacia arriba. Pero tu cuerpo se resiste. Se rinde a la gravedad. Te condena al ridículo. Al dolor incesante y a la curiosidad ajena. La gente hace muecas de dolor cuando te mira. Fruncen la boquita, elevan las comisuras de los labios. Entrecierran los ojos y dicen ¡ayyyy!.  Todos tienen un remedio para ofrecerte: calor, frío, elongación, reposo, kinesiología, tapping, masoterapia, osteopatía, baños termales, colchones ergonómicos, reflexología, acupuntura. Te ofrecen una interpretación al paso: ansiedad, falta de descanso, angustia existencial, conflictos no verbalizados, alexitimia, adicción al trabajo, sentimientos no confesados, amores no correspondidos, acrobacias sexuales o abstinencia forzada, culpas, deudas, remordimientos. A mis vértebras les importa un carajo lo que digan acerca de ellas. Me clavan su puñal. Me ponen un límite. Me recuerdan que el peso del mundo es más de lo que puedo cargar sobre los hombros.

Has leído durante décadas todo lo que se publica acerca de este tormento. Sabés que no tiene sentido hacerte estudios de imágenes a menos que aparezcan signos de alarma: dolor radicular, duración mayor a seis semanas, antecedentes de cáncer, fiebre. No querés consultar a nadie. Cada vez que lo comentás con un colega: médico, kinesiólogo o masajista te repiten la misma cantinela: “¿cómo que no te hiciste una resonancia?” Entonces preferís el encierro y el silencio. El sufrimiento autista, el calvario callado de los estoicos, el disciplinamiento bárbaro de los flagelantes. Aguantás. Apretás los dientes y seguís adelante.

Sabés que es inútil pero te intoxicás de analgésicos, de antiinflamatorios, de corticoides, de benzodiazepinas. De fajas de potro, de colchones duros o siestas sobre el piso. Te escondés bajo llave en el cuarto para aplicarte una inyección de Duo Decadrón. Llevar tu mano con la jeringa hasta una de tus nalgas es una operación de alta ingeniería. Clavás la aguja como si fuera un Tramontina en la garganta de un criminal. Te acordás de Los Redondos: “Tarde en la noche…Plaza Constitución / hay sangre rancia de Tramontina tajeador” .Querés sentir un dolor distinto. Uno que humille a tu lumbalgia. Pero no sentís nada, nada. Apurás el émbolo hasta que líquido ingresa en vos. Querés que sea un bálsamo o un veneno. Que te alivie o que te mate. Te da igual.

Sabés que, tarde o temprano, el tiempo disolverá la vara que te atraviesa la espalda. Que al cuarto o quinto día te levantarás erguido. Como si nunca hubiera pasado nada. Que conservarás la memoria del dolor durante un tiempo aunque ya no te duela más que el recuerdo. Estarás al acecho. En un alerta tensa de presa que espera al predador. Aterrorizado. Moviéndote como si pisaras cristales de Bohemia. Como si caminaras sobre nubes de algodón. Más tarde vendrá el olvido, o la espera resignada del próximo episodio.

Cada mañana te levantás de la cama apoyando un pie sobre la alfombra. Vas subiendo despacito. Trepás como un andinista sobre tu propio cuerpo. Medís cada milímetro. Sabés que hay un punto crítico. Una marca sobre el nivel del mar. Cuando la alcances se te abrirá el camino del infiero o del paraíso. Tenés una esperanza vaga y desangelada. Seguís subiendo. Entonces una lanza se te clava entre la cuarta y la quinta lumbar. Te sale un grito sordo, ahogado, mudo. Un alarido íntimo y secreto. Sólo para vos. Sudás. Buscás la posición que neutralice el rayo. Tu cuerpo se acomoda en una pose ridícula. Es un autómata que no responde a tu voluntad. Vos agradecés su sabiduría de animal prehistórico. Respirás.

 

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