Un anticipo del encuentro del 6 de Diciembre en IntraMed | 13 NOV 12

Conversaciones con Mario Bunge

El encuentro con un verdadero sabio multifacético a raíz de la publicación de su nuevo libro: "Filosofía para médicos" y del próximo encuentro público al que usted queda invitado.
Fuente: IntraMed 
INDICE:  1.  | 2. Fragmento del libro
Fragmento del libro

Contra el nihilismo
De qué hablamos cuando hablamos de enfermedad

En Filosofía para médicos (Gedisa), del que anticipamos un fragmento, el epistemólogo argentino Mario Bunge analiza en detalle ideas clave del conocimiento terapéutico y muestra hasta qué punto los especialistas de la salud, aún sin saberlo, especulan teóricamente

Por Mario Bunge  | Para LA NACION

Si hubiéramos sido bien diseñados, o sea, con conocimiento e inteligencia, y si nuestro cuerpo fuese tan sabio como se ha dicho que lo es, no nos enfermaríamos. Pero de hecho todos nos enfermamos de algo alguna vez, y nuestros antepasados de hace sólo un par de siglos se enfermaban con mayor gravedad y mayor frecuencia que nosotros, unos por infecciones, otros por mala nutrición o mala higiene o mal estilo de vida, y otros más por guerras u otras violencias. Los paleoantropólogos nos informan que nuestros antepasados primitivos solían sufrir enfermedades crónicas, como la artrosis. Esto cambió con la revolución neolítica, ocurrida hace unos 15.000 años y señalada por la emergencia de la agricultura.

Los arquéologos y demógrafos nos informan que la revolución neolítica fue acompañada de la urbanización y, con ella, el hacinamiento y la acumulación de desperdicios, los que a su vez favorecieron la propagación de enfermedades contagiosas, las que desde entonces y hasta hace poco predominaron sobre las crónicas. Al mismo tiempo, al consumirse muchos más cereales que plantas silvestres, la dieta se empobreció notablemente, con el consiguiente deterioro de la salud. En resumen, el gran progreso social del Neolítico no acarreó un avance sanitario: los agricultores tenían enfermedades distintas de las que aquejaban a los recolectores y pastores. En todo caso, nuestro sistema inmune actual es producto de dos evoluciones que se han entrelazado: la biológica y la social. De modo que el concepto mismo de una medicina evolutiva, puramente biológica, es doblemente absurdo: porque somos animales gregarios y porque la medicina es parte de la cultura, no de la naturaleza.

A nadie en su sano juicio le gusta sentirse mal ni depender de otros, por lo cual casi todos procuramos sanar. Hubo una excepción notable: el gran matemático y físico Blaise Pascal escribió que Dios nos enferma para corregirnos, de modo que el buen cristiano se resigna, e incluso se regocija cuando enferma, porque "la salud del cuerpo hace peligrar la del alma". Cuatro siglos después se habla de teología del dolor, y hay enfermos graves que "dedican su dolor a Dios", como si ellos mismos hubiesen creado su enfermedad.

El cuerpo ignora estas creencias y tiende a curarse espontáneamente. Por ejemplo, se enyesa el miembro fracturado, confiando en que la vis medicatrix naturae (fuerza medicinal de la naturaleza) una las partes separadas; cuando nos invade algún germen nocivo, el sistema inmune produce anticuerpos que lo combaten; y cuando el dolor aprieta, el cerebro segrega endorfinas (opiáceos endógenos) que alivian.

Cuando una persona goza sufriendo, su psiquiatra suele diagnosticarle depresión e intenta curarla. Pero cuando una mujer rechaza una inyección epidural durante el parto, por creer en la maldición bíblica "¡Parirás con dolor!", o por preferir lo natural a lo artificial -como creen los "ecologistas profundos"- el obstetra tendrá que callarse.

Hay una versión secular de la opinión patológica de que a la larga la enfermedad hace bien. Ella es la tesis de Ness y Williams (1994), de que todas las enfermedades son adaptativas: que no hay mal que por bien no venga. Por ejemplo, la depresión sería ventajosa porque, al no ser ambicioso, el depresivo esquivaría riesgos y de esta manera tendría una ventaja sobre sus competidores normales. (El ausentismo laboral y la frecuencia de suicidios entre los depresivos no cuentan, porque arruinan el cuento.) Esta fantasía se origina en la idea finalista de que la evolución es progresiva, porque la selección natural eliminaría todo lo que obstaculice la adaptación. La demografía y la epidemiología históricas contradicen esta opinión: nos muestran que algunas plagas han eliminado a etnias enteras, con sus correspondientes genomas únicos. Lo mismo puede haber ocurrido con los genocidios que el Antiguo Testamento atribuyó a Dios.

El arte de curar existe gracias a que, hace milenios, hubo individuos que reconocieron algunas enfermedades y, en lugar de dejar que siguieran su curso natural, se propusieron curarlas. Lo primero que aprendieron fue a "leer" o "interpretar" síntomas o indicadores subjetivos, como el malestar y el desgano. Al mismo tiempo, los primeros curanderos deben haber aprendido que hay síntomas ambiguos; por ejemplo, se puede estar acalorado sin tener una infección, y triste sin estar deprimido. O sea, hay que distinguir lo que se siente o percibe de lo que ocurre realmente. Y quien haga esta distinción filosofará e incluso superará a Kant, quien, en su principal libro, afirmó que todo es subjetivo o aparente: que el universo es "una suma de apariencias".

Un conocimiento es objetivo si se refiere exclusivamente a su objeto o referente, mientras que lo subjetivo aparece cuando se da prioridad al sujeto o individuo que pretende conocer o hacer algo. Por ejemplo, la frase "hace frío" es una afirmación objetiva (aunque no necesariamente verdadera) si se refiere al ambiente. En cambio, "tengo frío" se refiere a mí tanto como a mi entorno, y puede ser verdadera aunque la temperatura del ambiente sea elevada. La biología procura exclusivamente verdades objetivas, mientras que la medicina, la psicología y las ciencias sociales se ocupan tanto de lo objetivo como de lo subjetivo, porque éste es tan real como aquél. Y las ciencias de lo subjetivo son objetivas o impersonales, en contraste con las artes.

La dicotomía objeto/sujeto induce la partición de las escuelas filosóficas en objetivistas (o realistas) y subjetivistas (o idealistas). Las primeras postulan que el sujeto es parte del universo, el que existe de por sí, y las subjetivistas afirman que el universo está total o parcialmente en mi mente. Todas las filosofías antiguas y medievales fueron objetivistas. El gran filósofo George Berkeley, quien floreció a principios del siglo XVIII, fue quizá el primero en sostener que ser, o existir, consiste en percibir o ser percibido: fue un empirista radical y coherente, a diferencia del empirista David Hume, quien no negó la existencia autónoma del mundo exterior al sujeto. Berkeley influyó fuertemente sobre Kant, quien a su vez influyó a Fichte. Los positivistas tradicionales, como Auguste Comte y John Stuart Mill, fueron fenomenistas ("Sólo podemos conocer las apariencias") pero no subjetivistas. En cambio, Ernst Mach y los positivistas lógicos llevaron el fenomenismo al extremo: fueron subjetivistas, y por tanto antropocéntricos, pese a lo cual ejercieron una fuerte influencia sobre la filosofía (no la ciencia) de los fundadores de la física atómica.

Los médicos siempre han sido objetivistas, aun cuando cometieran el error de llamar patología a la enfermedad. (En su acepción etimológica, patología es el estudio de enfermedades. Curiosamente, la palabra "patólogo" no es ambigua: nadie la confunde con "paciente".) La medicina se salvó del subjetivismo gracias al empirismo tradicional de los médicos de la escuela hipocrática y a que los trabajadores de la salud siempre dan por sentado que, si alguien va a consultarlos, es porque se siente mal, no porque crea que el médico les va a inventar el malestar. En otras palabras, todos los médicos han dado por descontada la dicotomía objeto/sujeto, que para ellos se restringe a esta otra: médico/paciente.

La dicotomía objeto/sujeto es el tema central de la teoría del conocimiento o gnoseología, llamada "epistemología" en espanglés. Quienes no la admitan no encontrarán mérito alguno en los esfuerzos de los científicos y técnicos por dar con verdades objetivas y por lo tanto universales. Sólo algunos filósofos modernos, así como los sociólogos que les han escuchado, se han permitido reemplazar el objetivismo inherente a la ciencia y a la técnica por el subjetivismo, o sea, la tesis de que el mundo existe porque hay quien lo piensa. Las teorías científicas no se refieren a sus creadores, y los diseños experimentales procuran minimizar las perturbaciones que pueda introducir el experimentador. O sea, en las ciencias tanto las teorías como los experimentos suponen el objetivismo o realismo.

Es verdad que se dice a menudo que la física cuántica pone al observador en el centro del mundo. Pero esta tesis es falsa, como se advierte al descubrir que dicha teoría se aplica con éxito a las reacciones nucleares que ocurren en el centro del Sol, lugar donde no se pueden hacer experimentos. También es cierto que la psicología se refiere a sujetos, pero no los trata subjetivamente sino objetivamente, es decir, como a objetos que existen fuera de la conciencia del psicólogo.

 

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