Delirios y dolores de una madre | 20 OCT 12

¿Qué pasa en una familia cuando hay problemas mentales?

Muchas veces me pregunté si existía un día en que alguien enloquece, pierde la cabeza, se trastorna.
INDICE:  1.  | 2. Perder el código en común
Perder el código en común

Por Daniel Ulanovsky Sack

La locura (nos) da miedo. No por lo que pueda hacer la persona en trance de delirio sino porque obliga a pensarnos, a evaluarnos. Las familias y las rutinas se mecen en un equilibrio sensible y el impacto de alguien que actúa como no debiera, resulta devastador. Porque pone en juego la relación entre afecto y libertad: ¿hasta dónde cuidar al otro y entender que tiene problemas? ¿Cuándo la persona que cuida empieza a descuidarse a sí misma , hecho que implica también una injusticia?

Y están las creencias sociales. ¿El loco está loco o tiene apenas incapacidad para aceptar convenciones que nos molestan y paga más por su discurso de quiebre de lo cotidiano que por su intrínseco trastorno?

Ningún caso es igual pero sí es cierto que el desorden mental avergüenza. Esa sensación no la provoca el cáncer o la diabetes, sí a lo mejor la esquizofrenia. ¿Cuál es la diferencia? ¿Será que la falta de certeza sobre el origen de la enfermedad mental tiende a generar culpa?

A menudo se supone tácitamente que una persona es loca por su falta de voluntad porque, ¿qué le cuesta darse cuenta de lo obvio? Es curiosa esta manera de pensar: en otros casos –con mucha más seguridad sobre la causa de la enfermedad– el perdón social parece mayor.

Si alguien padece cáncer de pulmón por haber fumado descomunalmente, es percibido como una persona adicta a la nicotina y no se lo llega a ver tan responsable como al loco.

Una vez más, ¿cuál es la diferencia? ¿Será que el delirante perdió el código común ? La idea de que uno habla y el otro comprende es la base de la convivencia. Cuando no hay capacidad de ingresar al mundo del que está al lado, conversar en profundidad con la persona querida, la relación pasa a ser un recuerdo sustentado en el amor, ya sin capacidad de crecer. Cabe el contacto, la piel, la nostalgia pero la emoción de escuchar y ser escuchado desaparece. Y vaya que es difícil acostumbrarse a esa sensación: lo que fue, ya no es.

 

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