A los obesos se los suele considerar culpables y faltos de voluntad | 25 FEB 12

La batalla inútil de un gordo que quería ser flaco

Un testimonio da cuenta de la otra cara: el sufrimiento que le ha significado bajar de peso –depresión incluida al perder 30 kilos con ayuda de medicamentos– y explica por qué querer no siempre es poder.

Por Pablo Avelluto. Periodista. Director editorial de Random HGouse Argentina.


SURREALISMO CRIOLLO. Asado en Mendiolaza, la obra de Marcos López.

En 1972 mi madre se enamoró del Doctor Alberto Cormillot. Yo estaba en primer grado. Se enamoró, digo, como uno se enamora de su actriz o su músico favorito. Lo había escuchado en la radio. Lo había visto en el pequeño televisor a transistores. Pero lo que terminó de enamorarla fue un libro. Coma bien y adelgace, escrito por Cormillot junto a Petrona C. de Gandulfo. Un best seller de aquel año que unía a la mayor cocinera de la patria con el joven médico que había sido gordo y que empezaba a hacerse famoso por sus consejos para adelgazar.

De un día para otro el doctor Cormillot comenzó a gobernar las cosas en casa. La palabra “dieta” aún no se escuchaba con frecuencia. En todo caso, se hablaba de “estar a régimen”, algo que les ocurría a mis tías y a mi madre hasta que a los seis años, me tocó a mí. Me daba cuenta de que era gordito. No tenía las destrezas atléticas de mis compañeros de escuela. Algo pasaba. Mi cuerpo era más pesado.

En el pequeño departamento en el que vivía mi familia en la década del setenta, el olor de los bifes a la plancha era omnipresente. Las milanesas apiladas prolijamente fritas, el caramelo endurecido en las paredes de la budinera de aluminio, el dulce de leche protagonizaban el menú cotidiano. El pan llegaba cada mañana recién horneado de la panadería. La manteca, la leche y los quesos eran “enteros”, otra palabra que aún no se conocía. Las cosas eran lo que eran: nada era “parcialmente” nada. En el siglo pasado las familias porteñas de clase media comíamos sin preguntarnos por calorías e hidratos de carbono. Cormillot lo echó todo a perder.

Con él, mi madre bajó de peso. Yo no. Subir, de vez en cuando bajar, volver a subir. Intentar con esta dieta o con la otra.  Fracasar de una u otra manera con la comida. Esa es la historia de mi vida y de algunos momentos que tal vez valga la pena contar.

Mucho después de Cormillot, conocí a Jorge Braguinsky, uno de los padres fundadores de los estudios modernos en nutrición en la Argentina. Numerosos especialistas se formaron con sus libros y sus cursos. Me traté con él a los 32 y a los 38 años. En ambas oportunidades fracasamos.

De todos modos, las conversaciones con Braguinsky eran fascinantes. Cuando lo conocí en 1998 ya era un hombre mayor y algo frágil. Braguinsky conocía los avatares de la voluntad en las personas con kilos de más. Con él reflexionamos acerca del grado constitutivo que tiene para uno la comida y el modo en el que nos permite construir nuestra relación con el mundo.

Si somos lo que comemos entonces algunos somos mucho. Pero el problema es que si comemos menos, entonces seremos menos. Y nadie quiere perder su ser, ni un poquito.

Ese es mi problema. Le decía y me decía. Cantidades. Más. Cuando converso con amigos que tienen que llevar su peso con dificultades, la cuestión aparece. Es la cantidad, estúpido. Escuchando a sus innumerables pacientes, Braguinsky había descubierto que había un lugar común entre muchos de ellos. Las comidas no tenían diferentes sabores de acuerdo con la combinación de sus ingredientes. Por el contrario, para algunas personas como yo los sabores podían ser: “gusto a mucho” o “gusto a poco”. Las milanesas tienen gusto a mucho. El dulce de leche, también. La lechuga tiene gusto a poco.

En nuestro último encuentro Braguinsky fue lacónico. “Nuestra especialidad ha fracasado”, me dijo. “Las tasas de personas que quieren o necesitan bajar de peso han crecido sin parar. Las fracasos en el intento, también” me dijo, serio y, en cierto modo, triste

Ese día decidí abandonar su tratamiento que consistía básicamente en encontrar una suerte de dieta ideal que tenía en cuenta los gustos y el metabolismo de cada uno. Luego, había que llevar un registro detallado de cómo iban las cosas. Y finalmente el instante crucial de la balanza, una suerte de detector de mentiras en el confesionario. Una vez al mes me recibía Braguinsky y semanalmente, una nutricionista escandalosamente delgada llevaba adelante la entrevista.

Sin saberlo, Braguinsky me estaba preparando para la siguiente estación a la que llegaría en 2006: SR141716, más conocida como Rimonabant, el antagonista selectivo del receptor cannabinoide CB1, la droga más novedosa y revolucionaria que se había inventado hasta ese momento para combatir la obesidad.

Del mismo modo en que la industria farmacéutica nos había dado los tranquilizantes en la década del cincuenta, las píldoras anticonceptivas en los sesenta, los antidepresivos inhibidores de la recaptación de la serotonina a finales de los ochenta y el Viagra en los noventa, con el siglo XXI la ciencia cumplía con su tarea y, finalmente el laboratorio francés Sanofi-Aventis anunciaba la llegada al mercado de una pastilla capaz de solucionarle el problema a la parte de la humanidad que come mucho todos los días.

Mi médico clínico, un hombre formado en los Estados Unidos y apasionado por la actualización en su trabajo, fue la primera persona que me habló del Rimonabant y las investigaciones publicadas en el Journal of the American Medical Association sobre su éxito. Con un índice de masa corporal mayor a 30, mi cuerpo avalaba la receta.

Una pastilla diaria por las mañanas y comencé a ser otra persona. Por entonces pesaba más que nunca. Tenía que esperar unas semanas los efectos iniciales y había decidido acompañar la medicación con una dieta hipocalórica, de unas 1600 calorías diarias. El panorama parecía prometedor: descubrí que podía comer menos y aún menos  de aquellas cosas que me gustan.  Mi manera de comer estaba cambiando y el “gusto a poco” del que Braguinsky me había hablado se había instalado en mi cerebro.

 

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