Producto de la experiencia personal y de la educación recibida | 25 NOV 18

La belleza es un prodigio del cerebro

Lo bello no existe en el mundo que vemos, oímos o tocamos. No reside en nada de lo que nos rodea. Solo está en la mente de los seres humanos
Autor/a: Francisco Mora El País, Madrid

Cuando escucho en un gran auditorio el último movimiento de la Novena sinfonía de Beethoven interpretado por una gran orquesta y una amplia masa coral, experimento “algo” que me transporta. Es algo sublime, algo que me embarga, me sobrecoge, me hace pequeño. Tampoco puedo evitar ese otro sentimiento, diferente, que me deja la mirada pegada a esos soles flameantes, a esos cielos azules retorcidos por la tormenta que pintó Van ­Gogh. Mirar esas pinturas me subyuga. Sin duda, todos saben que hablo de belleza. Al hablar de este modo pareciera evidente que contemplamos una belleza que es inherente a lo que se oye o se ve, pero no es así. La belleza no existe en el mundo que vemos, oímos o tocamos. No existe en nada de lo que nos rodea. El mundo no posee ninguna belleza; no es, en nada, una propiedad consustancial a él. La belleza es creada por el cerebro humano. Solo existe en la mente de los seres humanos. Es un prodigio del cerebro.

Antes, es cierto, se pensaba que la belleza era un atributo inmanente a las cosas del mundo o constitutivo de la obra artística creada. La belleza tenía su existencia en sí misma, en el objeto, o en los estímulos sensoriales externos, y la persona era solo un sujeto pasivo, contemplador de esta. En otras palabras, la belleza era objetiva, con una presencia externa y eterna en el mundo. Hoy sabemos, por el contrario, que la belleza es algo subjetivo, creado por el ser humano y que no está fuera, en el mundo sensorial.

Hoy entendemos que la belleza la crea el ser humano tras observar y percibir ciertas características del objeto que contempla. La belleza es, de hecho, una construcción mental hecha de percepciones, emociones, sentimientos y conocimiento.Central a nuestra vivencia de belleza se encuentra ese plus emocional que nace de aquello que percibimos. Un plus emocional evocado, como hilo invisible, por las palabras al leer un poema, o la visión de una pintura o una escultura, o el sonido sublime de una sinfonía, de un paisaje de verdes con múltiples matices, de un amanecer de colores sin formas o de una cara de proporciones perfectas. Pero, precisamente porque es una emoción producida en ese cerebro profundo donde se depositan las memorias más íntimas y personales en cada ser humano, no todo el mundo percibe belleza del mismo modo ni en las mismas cosas. Es más, es esa emoción la que, cuando bañada de conciencia se torna sentimiento, hace que cada uno, cada ser humano, experimente su propia belleza, única y distinta a la de cualquier otro.

  

¿Qué hace que las esculturas de Chillida sean “piedras sin arte” para algunos que admiran las esculturas de Rodin?

 

De hecho, la apreciación de la belleza es, en buena medida, producto de la experiencia personal y de la propia educación recibida. Todo esto hace que unos perciban de un modo especial la belleza en la pintura, pero no en la música (Sigmund Freud sería un buen ejemplo de ello), o que incluso en la pintura algunos valoren los colores, pero no tanto las formas o los rasgos difuminados del movimiento o lo figurativo estático. O, desde luego, que la música (de tan polifacética apreciación estética —sostenidos armónicos, contrapuntos, acordes, ritmos y las infinitas combinaciones de graves, agudos y silencios—) sea percibida de modo tan diverso por tanta gente diferente. (…) ¿Qué tiene la novela El nombre de la rosa, de Umberto Eco, que de principio a fin ha cautivado a tantos cientos de miles de personas y agotado, sin embargo, el interés de tantas otras antes de poder acabar su lectura? ¿Qué aleja a tanta gente de Stravinski y, sin embargo, la acerca a Mozart o Beethoven? ¿Qué admiran tan profundamente tantas gentes en el arte de Velázquez que rechazan las pinturas de Picasso? ¿Qué hace que las esculturas de Chillida sean para muchos “piedras sin arte” y sin embargo les parezcan tan evocadoras de belleza las esculturas de Rodin? ¿Qué provoca el calor y sobrecogimiento del Duomo de Milán que no produce en muchos el Guggenheim de Bilbao?

 

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